Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, nº 19, (2026): e193. https://doi.org/10.25185/19.3 Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo
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Reseñas
Fabio
Bartoli. El “otro romanticismo” de Kierkegaard. Una lectura de sus primeros
diarios. Santa Rosa de Cabal, Colombia, Casa de Asterión Ediciones, 2025,
128 pp.
Recibido: 20/10/2025 - Aceptado: 8/12/2025
En
un estilo suelto, no academicista, pero no por ello menos riguroso, Fabio
Bartoli quiere desentrañar en este estudio ese «otro romanticismo» presente en
los diarios, obras primeras de Søren
Kierkegaard. Por «otro romanticismo» Bartoli entiende un concepto que no está
suficientemente definido por el propio filósofo danés, pero que juega, sin
embargo, un papel importante en la obra kierkegaardiana.
No solo en la primera, donde es principalmente rastreado, sino también irradia
hacia su obra madura, aunque tal vez no con la misma intensidad.
Para desentrañar, hasta donde se pueda,
este romanticismo juvenilmente considerado, Bartoli articula su estudio en
cuatro capítulos, a saber: el primero, dedicado a algunas consideraciones
preliminares sobre los diarios. El segundo, que recoge las dificultades
para definir el fenómeno del Romanticismo. El tercero, que considera el
Romanticismo y las contraposiciones antiguo-romántico y cristiano-romántico.
Finalmente, el cuarto, que hace un balance del «otro romanticismo» de
Kierkegaard en relación con los escritos posteriores.
En el capítulo primero, el autor recoge lo
que llama la heterogeneidad de los diarios primeros de Kierkegaard,
principalmente por su variedad de temas y argumentos, pero que después se va a
constituir en un estilo que, pese a su caleidoscópica profundidad,
refleja una unidad presente también en la diversidad de seudónimos y casi
heterónimos que Kierkegaard usará en sus escritos. El autor afirma que el
filósofo danés nunca cambió de idea respecto a la función de sus diarios, sino
que le agregó matices que enriquecieron, pero nunca pusieron en duda, la unidad
profunda de ellos.
Esto requiere ciertas explicaciones que
Bartoli nos entrega en el capítulo segundo. En efecto, para Kierkegaard el romanticismo es
difícil de definir por su carácter desbordante. El que sea difícil de definir
no es una limitante, pues se acerca a un conocimiento vital del mundo.
Se vive más que se conoce racionalmente. Sin embargo, por esto mismo,
Kierkegaard lo aprecia y lo combate. Como a muchas otras cosas. Lo aprecia
porque propicia una individualidad no basada en la razón geométrica. Frente a
Hegel y el sistema, lo considera muy superior. Lo combate, porque no tiene
autenticidad y a veces el hombre desaparece como en una pintura romántica donde
el paisaje «fagocita» la presencia humana de manera tal que la escisión entre
la naturaleza y el hombre alcanza la desmesura. Es por esto que el lenguaje que
más acomoda al romanticismo es la poesía, en tanto que su comprensión
no-conceptual de la realidad permitiría esta aproximación directa a las
cosas, no mediada por el sistema.
La diferencia ya señalada con Hegel es
evidente y como necesaria dentro del planteamiento del filósofo danés. Criticó
fuertemente la filosofía de Hegel por varios motivos: le parecía que era un
sistema monolítico que anulaba a las personas mediante el «necesario»
desarrollo del concepto que primero está extrañado de sí mismo, pero luego se
va auto-desplegando y auto-conociendo hasta llegar a la idea absoluta que, tal
como Hegel la desarrolla en La fenomenología del espíritu, reconcilia
finalmente los contrarios en una superación (Aufhebung).
Evidentemente, Kierkegaard no estaba de acuerdo con la superación hegeliana en
tanto dicha superación describe el proceso dialéctico en el que una idea,
concepto o estado se supera, pero no se elimina por completo, sino que se
conserva en una forma más elevada y compleja en una nueva síntesis.
Kierkegaard, por el contrario, siempre veía en primer lugar la categoría de la
posibilidad. Decía, se elige esto o lo
otro. Eso es propio del individuo. Y es lo que luego desarrollaría en su
primera gran obra: O lo uno o lo otro. Lo que hay aquí es una crítica a
la razón autofundante de la Ilustración, del
racionalismo y, por cierto, del sistema hegeliano. La fragmentación romántica
aparece como un antídoto contra el sistema, pero también como una especie de
disolución del propio ser humano. Tal vez por eso Kierkegaard quiso recuperar
lo que, siguiendo al propio Kierkegaard, Bartoli llama lo fragmentario y
caleidoscópico en su complejidad, incluso a través de sus futuros
seudónimos, incluyendo distintos y hasta contrapuestos puntos de vista en sus
escritos, pero considerando detrás de ellos una pluralidad que apunta hacia esa
unidad tal vez más grande, la del estadio religioso. Sin embargo, esto sucederá
después de que Kierkegaard haya pasado por su propia reconciliación con la
dialéctica hegeliana y particularmente con su negación (que no su superación).
Dicha negación le hace a Kierkegaard suponer que siempre habría un concepto
ante el que el Romanticismo se enfrente para tener sentido.
Esto es lo que Bartoli desarrolla en el
capítulo tercero. Aquí se muestra, en primer lugar, cómo en la díada antiguo-romántico
Kierkegaard registra un cierto acuerdo con la relevancia que Hegel le da a lo
antiguo, en el sentido de que en el mundo antiguo aparece de manera eminente
que el arte es la manifestación sensible de la idea. Este acuerdo le hace
ponerse en guardia, una vez más, contra lo romántico entendido como desmesura y
recupera esa identidad arte antiguo-belleza no conceptual, tan fecunda. Quizá
la idea más fecunda de Hegel, apuntando a una no estetización del pensamiento.
Asimismo, a propósito de la contraposición
cristiano-romántico en Kierkegaard, Bartoli entrega un pasaje de los diarios
en que el filósofo danés señala que lo romántico declina poco a poco en el
tiempo, de manera tal que tampoco el cristianismo lo retiene. Ello porque,
frente al cristianismo, los matices del mundo aparecen como irrelevantes frente
a lo necesario por antonomasia: Dios. En efecto, lo cristiano se funda en Dios,
en tanto lo romántico se funda en la individualidad (cuando no está subsumida
en la naturaleza). Bartoli señala que, para Kierkegaard, lo romántico es
proclive al fracaso. Esto puede mirarse también irónicamente, en el sentido de
que cuando el cristiano dice que su yugo es liviano, quizá lo que quedaría es
que los que están junto a él mueran de risa. Mueran de risa porque el asunto no es «racional» y el yugo, sin el salto
a la fe, aparecería como intolerable. Luego, no es la filosofía la que entrega
las respuestas propiamente religiosas, sino esa consideración vivencial de
Dios. Obviamente, esto que está como pre dibujado en los diarios
aparecerá con toda su fuerza en las últimas obras de Kierkegaard. Mas en los diarios
Kierkegaard pareciera flotar sobre los Cantos de la Noche de Novalis,
afirma Bartoli. Eso y tal vez a través de la noche obscura del alma de
San Juan de la Cruz, añado.
¿Cuál es el balance que Bartoli hace
sobre lo afirmado hasta aquí? En el capítulo cuarto, Bartoli analiza el
concepto de ironía en el filósofo danés, para quien esta es «pura negatividad», aparentemente en un sentido
hegeliano. Pero a la luz de lo analizado en los capítulos anteriores, Bartoli
señala que el joven Kierkegaard no fue tan hegeliano como muchas veces se
señala y más bien lo que correspondería es matizar estas afirmaciones.
Luego, Bartoli pasa a analizar ese «otro Romanticismo» ya no solo en los diarios, si
bien conserva lo ganado en su estudio, deteniéndose en la aseveración kierkegaardiana de la afirmación romántica de no considerar
un estudio libresco del tema, sino de la necesaria apropiación existencial del
fenómeno de la ironía y de la vida en general. Bartoli señala: «para usar un ejemplo querido a Kierkegaard, no es tan importante que yo
me sepa de memoria todas las doctrinas de los padres de la Iglesia, si estas no
se transforman en un proyecto de vida».[1] Esto se mantendría como
una constante en la obra de Kierkegaard, hasta desembocar en el Postscriptum no científico y definitivo a Migajas
Filosóficas, apostando derechamente por el Estadio religioso.
Aquí Bartoli señala, una vez más, que
el lenguaje de la poesía, con su acercamiento no conceptual a la condición
humana es el que se presta por excelencia para imaginar nuevos ideales que
conducirán al cristianismo. También aparece aquí la vida de Cristo como el
lugar apropiado para acercarse a Él.
En este camino de acenso, el compañero
evidente para Kierkegaard es Sócrates, a quien ni los bosques ni los campos le
pudieron enseñar lo que sí pudo la ciudad. Para Kierkegaard esto es el rechazo
a la naturaleza romántica y desmesurada. De manera similar a Sócrates, aunque no
condenado a muerte, Kierkegaard, señala Bartoli, terminó enemistado con parte
importante del Copenhague de la época. Es que en lo romántico hay una especie
de desprecio hacia lo real y el hombre no vive en la verdad que habita en su
interior, sino que en la autoafirmación de un yo que, paralelamente a la
naturaleza, apuntaría a no tener límites. En otras palabras, algo muy parecido
a la ya señalada razón autofundante, solo que desde
un paralelismo estético.
La forma de llegar a un auténtico
cristianismo pasa, entonces, por considerar la verdad interior a la que se
accede por un salto a la fe que no es racional «sino que debe entenderse
como alternativa a los esquemas de pensamiento y de análisis hegemónicos en la
Modernidad occidental».[2]
Mas tampoco la respuesta está en esa vacía
consideración romántica de lo cristiano alejada de toda realidad, sino que,
para estos efectos, importa considerar lo que es el hombre, una síntesis entre
finitud e infinitud, aquello que permite que la relación del yo se relacione
con sí mismo y con el absoluto.
Como conclusiones, suscribimos al menos
tres que Bartoli señala al final de su estudio. Primero, en los diarios aparece
un Kierkegaard que no comulga con el sistema hegeliano como una totalidad y, a
la vez, realiza «un diálogo personal con los textos de
los románticos asumiendo una actitud crítica que lo lleva a aceptar algunas de
sus posturas, al tiempo que lo empuja a rechazar otras».[3] En segundo lugar, la retención de la acción vivencial como forma de apropiación
del mundo y no de un mero análisis «racional-conceptual» de los mismos. Según
Bartoli, dicha apropiación existencial sería el eje de la reflexión del
filósofo danés. Así como, y por lo mismo, su predilección por el lenguaje
poético. Finalmente,
Bartoli destaca el desprecio por la realidad del Romanticismo. Este desprecio
le hace considerar al espíritu romántico un anhelo de absoluto que se revela
vacío y sin un destino claro. Por ello, la religiosidad romántica es imposible
de aceptar y seguir por parte de Kierkegaard.
Estas precisiones que nos entrega el
estudio de Fabio Bartoli pueden ayudar a quien desee aproximarse por primera
vez ya sea a los diarios de juventud o incluso a la obra de Kierkegaard en
general, obteniendo algunas líneas de pensamiento que no es común encontrar en
los estudios sobre el pensador danés.
Emilio
Morales de la Barrera
Universidad
San Sebastián, Chile
ORCID iD: https://orcid.org/0000-0002-3249-7117
[1] Fabio
Bartoli. El “otro romanticismo” de Kierkegaard. Una lectura de sus primeros
diarios, (Santa Rosa de Cabal, Colombia, Casa de Asterión Ediciones,
2025), 95.
[2] Bartoli. El “otro
romanticismo” de Kierkegaard, 103.
[3] Bartoli. El “otro
romanticismo” de Kierkegaard, 114.