Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, nº 19, (2026): e198. https://doi.org/10.25185/19.8 Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC BY 4.0.) https://creativecommons.org/licenses/by/4.0

 

https://doi.org/10.25185/19.8

Estudios

 

La crítica de Kierkegaard a la prensa liberal en 1835-1836: el debate con Ostermann, Lehmann y Hage

 

Kierkegaard's Critique of the Liberal Press in 1835–1836: The Debate with Ostermann, Lehmann, and Hage

 

A crítica de Kierkegaard à imprensa liberal em 1835-1836: o debate com Ostermann, Lehmann e Hage

 

Federico Nassim Bravo Jordán

Universidad Panamericana, México

fbravo@up.edu.mx

ORCID iD: https://orcid.org/0000-0003-1165-2496

 

Recibido: 2/10/2025 - Aceptado: 28/1/2026

 

Para citar este artículo / To reference this article / Para citar este artigo

Bravo Jordán, Federico Nassim. “La crítica de Kierkegaard a la prensa liberal en 1835-1836: el debate con Ostermann, Lehmann y Hage”. Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, nº 19, (2026): e198. https://doi.org/10.25185/19.8

 

Resumen: Este artículo explora los antecedentes de la crítica de Kierkegaard a la prensa liberal. Aunque parece que esta relación polémica comenzó en 1846, con “Reseña literaria” y el incidente de El Corsario, Kierkegaard había dedicado varios de sus escritos tempranos al debate con los liberales. Específicamente, examinaré dos grupos de textos: (1) El discurso “Nuestra literatura periodística” de 1835, y (2) los cuatro artículos publicados en 1836 en el Kjøbenhavns Flyvende Post en los que discute con los periodistas liberales Orla Lehmann y Johannes Hage. Mi propósito es demostrar que el objetivo de Kierkegaard no era sólo mostrar su talento para la polémica, sino ofrecer argumentos en contra de la forma de actuar de los periodistas liberales.

Palabras clave: Kierkegaard; Lehmann; Heiberg; liberalismo danés; libertad de prensa; Kjøbenhavns Flyvende Post;Kjøbenhavnsposten.

 

Abstract: In this article, I would like to explore the background to Kierkegaard’s criticism of the liberal press. Although it seems that this controversial relationship began in 1846, with his A Literary Review and the incident involving The Corsair, Kierkegaard actually devoted several of his early writings to the debate with the liberals. Specifically, I will examine two groups of texts: (1) the 1835 speech “Our Journalistic Literature”; and (2) the four articles published in 1836 in the Kjøbenhavns flyvende Post in which he debates with the liberal journalists Orla Lehmann and Johannes Hage. My purpose is to show that Kierkegaard’s goal was not only to display his talent for polemics, but also to offer arguments against the position of liberal journalists.

Key words: Kierkegaard; Lehmann; Heiberg; Danish liberalism; press freedom; Kjøbenhavns flyvende Post; Kjøbenhavnsposten.

 

Resumo: Neste artigo, gostaria de explorar os antecedentes da crítica de Kierkegaard à imprensa liberal. Embora pareça que essa relação controversa tenha começado em 1846, com a Reseña literaria e o incidente do El corsario, Kierkegaard dedicou, na verdade, vários dos seus primeiros escritos ao debate com os liberais. Especificamente, examinarei dois grupos de textos: (1) o discurso “Nossa literatura jornalística” de 1835; e (2) os quatro artigos publicados em 1836 no Kjøbenhavns flyvende Post, nos quais ele discute com os jornalistas liberais Orla Lehmann e Johannes Hage. O meu objetivo é demonstrar que a intenção de Kierkegaard não era apenas mostrar o seu talento para a polêmica, mas oferecer argumentos contra a forma de agir dos jornalistas liberais.

Palavras-chave: Kierkegaard; Lehmann; Heiberg; liberalismo dinamarqués; liberdade de imprensa; Kjøbenhavns flyvende Post; Kjøbenhavnsposten.

 

Introducción

No es controversial afirmar que Kierkegaard tenía poco interés en la política de su tiempo. A pesar de ser testigo de algunos de los episodios políticos más importantes en la historia de Dinamarca, como el fin de la monarquía absoluta y el estallido de la guerra de Slesvig, Kierkegaard prácticamente no se involucró en estas discusiones. En ese periodo decisivo y turbulento entre 1848 y 1850, la atención del escritor danés estaba centrada en la exposición de lo que él interpretaba como el ideal del cristianismo, el tema central de La enfermedad mortal (1849) y Ejercitación en el cristianismo (1850).

Sin embargo, también es cierto que Kierkegaard adoptó una postura crítica e incluso hostil frente a la prensa liberal, la cual desempeñó un papel fundamental en estos acontecimientos históricos. Tal vez, el incidente más conocido en este respecto es su enfrentamiento con el diario El Corsario de Meïr Aron Goldschmidt en 1846. Aunque es evidente que esta controversia no tenía un carácter político, el hecho es que una publicación satírica como El Corsario sólo podía existir en un contexto de profunda polarización política. El diario de Goldschmidt era una publicación progresista, mientras que los intelectuales de Copenhague —entre los cuales se encontraba Kierkegaard— eran un grupo en su mayoría conservador. En este contexto, el enfrentamiento entre Goldschmidt y Kierkegaard, independientemente de su relación con lo político, no era particularmente sorpresivo. Hoy en día sólo se recuerda de El corsario sus caricaturas de Kierkegaard, pero el blanco principal de este semanario político de izquierda no eran los escritores, filósofos o poetas, sino la corona y los ministros del gobierno.

A Kierkegaard no parecía interesarle la agenda política de la prensa liberal —el constitucionalismo, el sufragio universal, el nacionalismo, la liberalización de la economía, la libertad de prensa—, pero sí las consecuencias que esta agenda política podía tener sobre la cultura. Esto se puede observar en un escrito de ese mismo año de 1846, la Reseña literaria, en la cual Kierkegaard analiza la novela corta de Thomasine Gyllembourg (1773-1856), Dos épocas.[1] En esta obra, la autora presenta dos cosmovisiones diferentes. La primera, correspondiente a la época de la revolución, a saber, la última década del siglo xviii, se caracteriza por la pasión y por la entrega a ideales elevados. La época presente —los años cuarenta— en cambio, es un momento histórico de aburguesamiento, pragmatismo y frivolidad.

Gyllembourg, educada en el sentimentalismo de Rousseau, favorecía claramente el fervor y el entusiasmo romántico de la era de la Revolución francesa. Kierkegaard no deseaba discutir el aspecto político de los ideales revolucionarios, pero sí apreciaba, al igual que la autora, la disposición apasionada de ese periodo. Por el contrario, se lamentaba de la cultura de la época presente, la cual, desde su punto de vista, había olvidado la pasión de existir y la interioridad individual. Lo interesante de este diagnóstico es que Kierkegaard responsabiliza a la prensa liberal por esta crisis cultural. El anhelo de la reforma política liberal es alcanzar la igualdad humana. Pero, en vez de eso, lo que ocurre es una nivelación que borra al individuo y lo convierte en una multitud sin rostro.

Este artículo explora los antecedentes de la crítica de Kierkegaard a la prensa liberal.[2] Aunque parece que esta relación polémica comienza en 1846, con la Reseña literaria y el incidente de El Corsario, Kierkegaard de hecho dedicó varios de sus escritos tempranos al debate con los liberales. De forma específica, examinaré dos textos (o grupos de textos): (1) El discurso titulado “Nuestra literatura periodística: un estudio de la naturaleza bajo la luz del mediodía” de 1835, con el que responde al estudiante liberal Johannes Ostermann; y (2) los cuatro artículos publicados en 1836 en el Kjøbenhavns Flyvende Post en los que discute con los periodistas liberales Orla Lehmann y Johannes Hage.[3] Mi método consistirá en analizar estas fuentes primarias tomando en consideración el contexto político inmediato que las rodea, especialmente en Dinamarca, así como el pensamiento de Kierkegaard durante este período temprano en su carrera como escritor. El sentido profundo de estos textos sólo puede comprenderse de forma adecuada dentro de este contexto. En este sentido, puede decirse que el presente trabajo es una contribución a la historia del pensamiento político en la Edad de Oro danesa.

Un elemento en común en estos tres escritos es la cuestión sobre la libertad de prensa. El 14 de diciembre de 1834, el rey Federico vi propuso la reforma de un decreto de 1799 que equivalía a imponer un estado de censura. La consecuencia de este golpe reaccionario fue la movilización de los liberales, cuya fuerza en aquel periodo era muy limitada. Así, la libertad de prensa se convirtió en una prioridad dentro de la agenda política del liberalismo danés. Kierkegaard, que en 1835 era todavía un estudiante de teología desconocido, se involucró en esta discusión y empezó a desarrollar su postura frente al nuevo fenómeno de la prensa liberal.

Si bien puede parecer que el tono de Kierkegaard en estos textos es excesivamente polémico y, en ocasiones, uno tiene la impresión de que su único propósito es ridiculizar a sus oponentes, es posible identificar algunos argumentos sólidos. En primer lugar, Kierkegaard sugería que las reformas que proponían los liberales podían resultar, si no indeseables, al menos, inoportunas. Al igual que en otras partes de Europa, el liberalismo danés seguía con entusiasmo las ideas provenientes de Francia, especialmente después de la Revolución de 1830 en París. Pero Kierkegaard observaba que la ruta establecida por los liberales franceses no estaba en sintonía con el temperamento y la situación histórica de los daneses. Desde esta perspectiva, lo mejor sería que Dinamarca encontrara de manera orgánica su propio camino en lugar de importar esquemas ajenos desde el extranjero.

En segundo lugar, Kierkegaard critica a los periodistas liberales por desestimar el esplendor cultural de la época, quienes lo juzgan como un periodo de debilidad e indiferencia política. Kierkegaard era consciente de que Dinamarca atravesaba una crisis severa. No obstante, él pensaba, como otros intelectuales contemporáneos, que la cura para los males de su tiempo no tenía que ver necesariamente con una reforma política y sí con el desarrollo artístico, filosófico y espiritual. Este era, después de todo, el sello característico de la Edad de Oro danesa: el florecimiento cultural en medio de la crisis política y económica.

Por último, Kierkegaard parece despreciar el pragmatismo, la cobardía y la tibieza de algunos liberales. Este punto parece un anticipo del análisis de la época presente que Kierkegaard expondrá en la Reseña literaria de 1846. Los reformistas liberales se caracterizan por el exceso de prudencia y la ausencia de pasión. El blanco principal de esta acusación será Andreas Peter Liunge (1798-1879), el editor en jefe del diario liberal Kjøbenhavnsposten, quien delega el activismo político de su periódico a una serie de columnistas que escriben de forma anónima. El más notable de estos autores anónimos será Orla Lehmann.

Dicho esto, también es importante observar que los intelectuales de la Edad de Oro danesa eran en su mayoría conservadores y, durante ese periodo específico entre 1835 y 1836, había figuras influyentes —de forma notable, Johan Ludvig Heiberg— que sentían poca simpatía por la causa de los liberales. Era natural que Kierkegaard, quien apenas daba sus primeros pasos en su carrera como escritor y anhelaba pertenecer a estos círculos intelectuales y literarios, compartiera también las posturas políticas de tales personajes. Considerar este contexto nos ayuda a comprender mejor la crítica de Kierkegaard, aunque esto no significa que sus argumentos carezcan de seriedad.

Este artículo se compone de cuatro partes. En la primera, describo el contexto político de Dinamarca durante las primeras décadas del siglo xix, especialmente después de las guerras napoleónicas. El énfasis se encuentra en el desarrollo del liberalismo hasta mediados de los años treinta, que es cuando Kierkegaard interviene en la discusión sobre la libertad de prensa. En las siguientes tres partes analizo los escritos tempranos en los que Kierkegaard elabora su crítica a la prensa liberal. Mi objetivo es ofrecer un panorama de la historia política de Dinamarca y leer a Kierkegaard dentro de este horizonte a fin de arrojar luz sobre esta faceta poco conocida de su pensamiento. Mi propósito es demostrar que la postura política de Kierkegaard es el resultado no sólo del conservadurismo del círculo intelectual del que era parte, sino que se deriva orgánicamente de su incipiente pensamiento existencial.

 1. El ascenso del liberalismo en la Edad de oro de Dinamarca

El príncipe heredero Federico (1768-1839) se convirtió en regente de Dinamarca en 1784.[4] En esta primera etapa de su gobierno, el príncipe se rodeó de ministros liberales e impulsó una serie de reformas como la abolición de la servidumbre y la prohibición del comercio de esclavos. No se trataba, desde luego, de un movimiento democrático o revolucionario, era el liberalismo propio del despotismo ilustrado.

Las preocupantes noticias de la Revolución francesa, especialmente después de la ejecución de Luis xvi, hicieron que el príncipe cambiara de opinión y adoptara una política más conservadora. Este giro se reflejó de forma notable en el decreto del 27 de septiembre de 1799, con el cual se limitó sustancialmente la libertad de prensa.[5] Una víctima ilustre de este decreto fue el escritor liberal Peter Andreas Heiberg (1758-1841), padre de Johan Ludvig (y primer esposo de Thomasine Gyllembourg, la autora de Dos épocas), quien fue exiliado a finales de ese año por sus críticas al gobierno.[6] En las siguientes décadas, la libertad de prensa será una de las cuestiones principales en la agenda de los liberales daneses.

Las Guerras napoleónicas fueron desastrosas para Dinamarca. La coalición antinapoleónica castigó a los daneses por insistir primero en su posición de neutralidad y luego por su alianza con Francia. El 16 de agosto de 1807, los británicos bombardearon Copenhague y los daneses tuvieron que ceder su flota.[7] Tras la derrota de Napoleón, se adoptaron medidas severas en contra de Dinamarca. En el tratado de Kiel de 1814, la corona danesa tuvo que ceder Noruega a su rival, Suecia. Al año siguiente, en el Congreso de Viena, el ducado de Holstein fue incorporado a la recién creada Confederación germánica, un acontecimiento que acarrearía graves consecuencias para Dinamarca. Mientras duró la guerra, el bloqueo británico disparó la inflación y la mayoría de las casas comerciales danesas quedaron arruinadas. En 1813, el año en el que nace Kierkegaard, Dinamarca tiene que declararse en bancarrota.

En este contexto de crisis política y económica tuvo lugar el periodo de esplendor cultural conocido como la Edad de Oro danesa. A diferencia de lo que ocurría en otras partes de Europa, la mayoría de los intelectuales daneses de esta época eran políticamente conservadores. Aunque eran conscientes de la situación crítica de la nación, pensaban que la mejor manera de lidiar con la catástrofe material y externa era a través del florecimiento de la literatura, las artes, la filosofía y la teología. Naturalmente, esta importante labor debía estar en sus manos, la elite cultural. El anhelo de recuperar la libertad de prensa era secundario. Ideas “radicales” como la representación popular y el sufragio universal (masculino) estaban fuera de cuestión. Lo mejor sería dejar las tareas del gobierno y los asuntos políticos al rey. Si bien había intelectuales que favorecían la reforma política, como Nicolai Grundtvig (1783-1872) o Henrik Nicolai Clausen (1793-1877), las grandes figuras de la Edad de Oro estaban satisfechas con mantener el statu quo.

En 1830, la Revolución de julio en París sacó a Dinamarca de su estupor político. Las ideas provenientes de Francia pusieron a los liberales daneses —y a la prensa liberal— en movimiento. Un incidente decisivo en este sentido tuvo que ver con Slesvig y Holstein. Aunque los ducados eran gobernados por la corona en unión personal con Dinamarca,[8] la mayoría de su población, especialmente en Holstein, era alemana, no danesa. Como se ha dicho, Holstein ingresó en 1815 a la Confederación germánica, y una de las condiciones de esta nueva afiliación consistía en que el ducado debía tener una asamblea que lo representara en la Confederación.

Federico, ahora convertido en el rey Federico vi, pospuso la creación de esta asamblea por quince años. Sin embargo, la Revolución de julio atizó el fervor nacionalista de los alemanes de Holstein y, ante la presión, el monarca danés cedió finalmente. El rey creó dos asambleas consultivas en Slesvig y Holstein, respectivamente. Como era previsible que los liberales daneses protestaran frente al trato preferencial de los alemanes, Federico vi se adelantó y creó dos asambleas más, una para Jutlandia, en la ciudad de Viborg, y otra para Selandia y las islas (es decir, las islas Feroe y Groenlandia), en Roskilde. El punto de no establecer esta última asamblea en Copenhague, como podía esperarse, era que la mayoría de los liberales daneses se encontraban en la capital. Al trasladar el nuevo organismo a Roskilde, Federico vi tenía la esperanza de limitar la influencia del naciente liberalismo. Confiando en esta medida, se convocó a elecciones en otoño de 1834.

No obstante, a pesar de los esfuerzos de la corona, los liberales triunfaron en las elecciones para la asamblea de Roskilde. Es importante tener en cuenta que la asamblea tenía facultades consultivas, es decir, no era un parlamento con poderes políticos reales, sino que sólo podía hacer recomendaciones al rey, quien se reservaba el derecho de rechazarlas. Pero los liberales aprovecharon al máximo las oportunidades que ofrecía esta nueva base. Lo que deseaban era lo mismo que los liberales de otras partes de Europa: mayor representación en el gobierno, el reconocimiento de libertades civiles (especialmente la libertad de prensa), la liberalización de la economía y la participación en las políticas fiscales de la corona.

Con la poca influencia que tenían, los liberales obtuvieron algunas pequeñas victorias. Lograron, por ejemplo, que el gobierno revelara el presupuesto público a los representantes de la asamblea. Estos advirtieron un déficit y aconsejaron al rey que limitara, en la medida de lo posible, los gastos de la corte y el ejército. Por supuesto, aspiraban a más que sólo aconsejar al gobierno. En este punto de la historia, entra en escena Orla Lehmann (1810-1870).[9] Este joven periodista se convertirá en una de las figuras centrales en la historia del liberalismo danés. En su ilustre carrera política, Lehmann será líder del partido liberal, uno de los autores de la constitución danesa de 1849, miembro del parlamento e incluso, durante un breve periodo en 1861-1863, ministro del interior.

En 1834, Lehmann, colaborador de los dos principales diarios liberales de Dinamarca, Kjøbenhavnsposten y el recién creado Fædrelandet, se dedica a atacar el gobierno absolutista de Federico vi. El 9 de diciembre de ese año, publica en Fædrelandet un artículo anónimo en el que sugiere que la asamblea debía emplear su derecho de petición de forma más enérgica.[10] El punto de Lehmann era que la asamblea debía dejar de ser un órgano meramente consultivo y convertirse en un verdadero parlamento.

El monarca respondió con rapidez y severidad ante la audacia de la prensa liberal.[11] Para empezar, el editor de Fædrelandet, Christian Nathan David (1793-1874), fue destituido de su puesto como profesor en la Universidad de Copenhague y se inició un proceso legal en su contra. El rey asestó el golpe más duro cinco días después del artículo de Lehmann, cuando propuso reformar el mencionado decreto de 1799 sobre la libertad de prensa, para establecer en la práctica un régimen de censura. Cuando los liberales protestaron, Federico vi publicó una respuesta que mostraba con claridad que, desde su punto de vista, el único camino era el del absolutismo: “Sólo nosotros podemos juzgar lo que es beneficioso para ambos [el Estado y el pueblo]”.[12]

La reacción del rey no hizo más que galvanizar al movimiento liberal. En marzo de 1835, se fundó la Sociedad para el Uso Adecuado de la Libertad de Prensa, encabezada por el que era también el presidente de la asamblea de Roskilde, Joakim Frederik Schouw (1789-1852). La influencia de los liberales comenzó a expandirse más allá de Copenhague y se convirtió en una fuerza nacional. Su estandarte de lucha, como se ha dicho, era la libertad de prensa. Aunque la propuesta del rey al final no prosperó —en gran medida debido a la respuesta enérgica de los liberales— su pose despótica fue suficiente para impulsar al liberalismo danés en un ascenso meteórico. Este es el momento en el que Kierkegaard se involucra en la discusión.

2. Nuestra literatura periodística

En 1835, Kierkegaard se encuentra en la etapa más temprana de su carrera como escritor. En diciembre de 1834, cuando Lehmann publica en Fædrelandet el artículo que enciende la chispa de la controversia sobre la libertad de prensa, Kierkegaard escribe notas sobre un personaje al que llama el ladrón maestro.[13] Aunque se trata probablemente de una coincidencia, es interesante que, mientras los liberales organizan su defensa en contra de lo que perciben como un régimen autoritario, Kierkegaard esboza en papeles sueltos la figura de su primer héroe literario —antes que Fausto, Don Juan o el judío errante— un personaje al estilo de Robin Hood que se opone a las injusticias del orden establecido.

Sin embargo, al igual que la mayoría de las figuras literarias que habitan el corpus kierkegaardiano, el ladrón maestro es un héroe de la interioridad. Lo que mueve a esta versión del bandido noble es un ideal que se encuentra por encima de todo. Él no es, en suma, un luchador social o un revolucionario. Kierkegaard despeja cualquier duda en este respecto; su ladrón maestro “reconoce la realidad del Estado y no la niega, como podría pensarse”.[14] Al igual que otros intelectuales de la Edad de Oro danesa, lo que le interesa a Kierkegaard en este momento son las letras y las ideas; la política no es asunto suyo, sino del rey y sus ministros.

A pesar de este aparente desinterés, Kierkegaard se acerca a la discusión política en su primera publicación, un artículo titulado “Otra defensa de la superior habilidad de la mujer”.[15] La pieza apareció el 17 de diciembre de 1834 en el diario Kjøbenhavns Flyvende Post (o, de forma resumida, Flyvende Post), el famoso semanario cultural editado por Johan Ludvig Heiberg. El contexto del artículo es ilustrador en varios sentidos y nos sirve para entender mejor la posición política de Kierkegaard. Es claro que en el fondo se encuentra la discusión sobre la emancipación de las mujeres. Aunque en Dinamarca había algunas mujeres célebres, como Thomasine Gyllembourg, que participaban intensamente en la vida intelectual de la comunidad, el feminismo no era tomado en serio y la noción de una equidad más amplia era desestimada por la mayoría de las figuras de la Edad de Oro. En este contexto, la cuestión sobre la emancipación era considerada también como parte de la agenda política liberal importada desde Francia y, por lo tanto, era vista con suspicacia. En consonancia con esta posición general de la elite cultural danesa, Kierkegaard utiliza su artículo para elaborar observaciones sarcásticas y misóginas sobre las capacidades intelectuales de la mujer.

De manera más específica, es relevante que el editor del Flyvende Post fuera Heiberg. Kierkegaard, como escritor en ciernes, deseaba ingresar al influyente círculo literario encabezado por este poeta, lo cual, desde un punto de vista práctico, equivalía a compartir sus filias y fobias filosóficas, sociales y políticas. Heiberg era uno de los intelectuales daneses que pensaban que la clave para curar la enfermedad de la época, el nihilismo, era la cultura y la filosofía, no la política. Este es, de hecho, el tema central de su tratado Sobre la importancia de la filosofía para la época presente, publicado en 1833.[16] Según Heiberg, la crisis de la sociedad danesa consiste en que la gente se ha estancado en las preocupaciones de lo finito, como la política, y ya es incapaz de relacionarse y contemplar las ideas más elevadas.

Para Heiberg, el liberalismo danés, con sus discusiones sobre reforma social y el bienestar material del pueblo, contribuía al mal de la sociedad, no a la cura. Como sugiere el título de la obra, sólo la filosofía —a saber, la filosofía hegeliana— con su visión holística capaz de descubrir lo infinito en lo finito, puede salvar a la cultura contemporánea. Por lo tanto, no sería extraño que Kierkegaard, quien trataba de ganar la aprobación de Heiberg, adoptara una postura política semejante. En su artículo, Kierkegaard no ofrece argumentos ni parece interesado en contribuir a la discusión sobre la emancipación de la mujer. Sólo deja en claro que está en contra.

No obstante, la discusión más intensa seguía siendo la de la libertad de prensa. El 14 de noviembre de 1835, un estudiante liberal llamado Johannes Ostermann (1809-1888) leyó en la Asociación de Estudiantes un ensayo titulado “Nuestra literatura periodística más reciente”.[17] La Asociación de estudiantes, fundada en 1820, era un espacio en el que se reunían profesores y alumnos para leer y discutir literatura y filosofía.[18] De manera más reciente, sin embargo, los estudiantes se mostraban más interesados en hablar de política. Como se ha dicho, la Revolución de julio en Francia era la cuestión principal que estaba en boca de todos, y existía una gran expectativa por averiguar de qué manera este gran acontecimiento influiría en los asuntos políticos de Dinamarca.

Como indica el título del ensayo, Ostermann habla sobre el papel de la prensa danesa en los últimos años. Aunque en las primeras décadas del siglo la influencia social del periodismo era mínima, en el último lustro la prensa se ha vuelto más activa social y políticamente. Ostermann sugiere, de hecho, que la institución de las asambleas consultivas se logró gracias al activismo y presión de la prensa liberal.[19] Un signo de la creciente influencia de la prensa, especialmente entre los grupos sociales más cultivados, es la respuesta reaccionaria del gobierno.[20]

Por último, Ostermann admite que el discurso de la prensa liberal ha sido recibido con desconfianza entre las clases menos educadas. Esto se debe a dos razones. En primer lugar, a la gente parece no gustarle el tono agresivo y radical de los liberales.[21] En segundo lugar, los liberales son acusados de una cierta falta de honestidad y franqueza, cualidades muy estimadas por los daneses. Así, las objeciones se refieren a la forma del discurso, no a su contenido. Frente a esto, Ostermann argumenta que los objetivos de la lucha liberal justifican estos medios. No es que el tono sea agresivo, sino impetuoso y enérgico, lo cual corresponde al carácter elevado del ideal que se persigue.[22] En cuanto a la presunta falta de transparencia, él observa que en el reino de la política a menudo es necesario dar rodeos y que no siempre se puede avanzar en línea recta.[23] No se trata, pues, de una falla de carácter, sino de una necesidad que, Ostermann confía, la gente terminará por comprender.

El 28 de noviembre de 1835, Kierkegaard se presentó en la Asociación de estudiantes para pronunciar un discurso en el que respondía a Ostermann. Treinta años después, este compartió con Hans Peter Barfod sus impresiones sobre aquel episodio. Según este testimonio, aquella era una época en la que los jóvenes de la universidad despertaban de sus “ensoñaciones poéticas” y comenzaban a interesarse en los asuntos políticos, principalmente en la cuestión sobre la libertad de prensa. Pero Kierkegaard, dice Ostermann, no estaba interesado en el aspecto político. Su deseo de involucrarse en la discusión se debía a que la defensa de la libertad de prensa era acogida con simpatía entre los estudiantes y Kierkegaard veía en esto una ocasión ideal para poner en práctica sus habilidades dialécticas.[24] Su motivación, por lo tanto, era crear controversia.

Si se considera la propensión a la polémica de Kierkegaard, lo que sugiere aquí Ostermann no es inverosímil. Sin embargo, esto no significa que en el ejercicio dialéctico de Kierkegaard no hubiera argumentos reales. El ensayo que leyó frente a la Asociación se titulaba “Nuestra literatura periodística: un estudio de la naturaleza bajo la luz del mediodía”.[25] Los artistas, dice Kierkegaard, prefieren pintar bajo la luz matutina. El movimiento constante de luces y sombras produce una impresión total favorable en la que el espectador no puede enfocarse en ningún punto en particular.[26] Este tipo de ilusión visual es deseable en las artes plásticas, pues el objetivo es obtener un deleite estético. Sin embargo, cuando se discuten los asuntos del mundo real es preferible hacerlo bajo la luz del mediodía, en la cual las cosas aparecen como son. Kierkegaard pretende adoptar una postura objetiva y observar con cuidado la historia reciente para evaluar los méritos de la prensa. En este sentido, si bien es claro que él no está del lado de los liberales, cuyo entusiasmo reformador le parece dudoso, tampoco defiende la postura conservadora, como podría pensarse, ya que su propósito no es “subir al monte Tabor” para decirle a la gente que el camino a la tierra prometida está cerrado.[27]

En su análisis histórico, Kierkegaard examina el desarrollo de la prensa. Su plan es cuestionar la afirmación de Ostermann según la cual la creación de las asambleas consultivas fue una conquista de la prensa liberal. Para esto, su punto de partida es la Revolución de julio en París. De manera sorprendente para alguien que presuntamente es un conservador, Kierkegaard habla en términos elogiosos de este movimiento revolucionario: “la Revolución de julio constituye un ejemplo notable de una revolución limpia y pura, libre de elementos extraños”.[28] A diferencia de la turbulencia incontrolable de la primera revolución francesa, el movimiento de 1830 fue como una intervención quirúrgica ejecutada por un médico experto. Al presenciar la aparente facilidad del procedimiento, los liberales daneses —y de otras partes de Europa— de inmediato quisieron imitar a los franceses. Pero sólo miraban el resultado feliz, no la dificultad oculta del proceso.

Para Ostermann, este es el momento en el que la prensa liberal toma la iniciativa y adopta un papel más activo y enérgico, pero Kierkegaard interpreta los acontecimientos al revés. Fue el rey quien dio el primer paso al instituir las asambleas consultivas, concediéndoles a los liberales un nuevo foro, y sólo entonces la prensa se puso en movimiento. Esta afirmación de Kierkegaard es debatible. Después de todo, Federico vi se había resistido a la creación de las asambleas por mucho tiempo y sólo fue por la insistencia de la prensa liberal en los ducados y la presión internacional, especialmente por parte de Prusia y Austria, que finalmente cedió.

No obstante, Kierkegaard tiene un punto. Quienes habían presionado a la corona no habían sido los liberales daneses en Copenhague, sino los liberales alemanes en Holstein. Antes de las asambleas, Kierkegaard afirma que la prensa danesa había permanecido en un estado de inactividad política.[29] El diario Fædrelandet, en el cual aparecieron los artículos de Lehmann que habían provocado la ira del rey, fue fundado en septiembre de 1834, después de que la corona ya había aceptado la creación de las asambleas. El otro diario liberal, Kjøbenhavnsposten, comenzó a publicar varios años antes, en 1827. Sin embargo, antes de mayo de 1831, fecha del establecimiento de las asambleas, los artículos de este diario tratan principalmente de temas culturales y literarios. Parece entonces que fueron las asambleas consultivas, concedidas por el gobierno, las que impulsaron el activismo político de la prensa liberal danesa, no al revés, como sugería Ostermann.

Kierkegaard no ofrece este recuento de los acontecimientos para acusar a los liberales de una falta de honestidad histórica o para defender a los conservadores, quienes tienen de hecho una plataforma ideológica menos clara que el liberalismo. Su propósito es más bien aconsejarles a los jóvenes liberales, como Ostermann, que moderen su entusiasmo y no se atribuyan como un triunfo algo que es en realidad el resultado de la inercia histórica. No obstante, el argumento más fuerte en contra de la prensa liberal aparece en la segunda parte del ensayo.

Kierkegaard observa que la época presente se caracteriza por ser una “lucha formal”.[30] Esto significa que la cultura actual se concentra más en la forma que en eso que él llama la idea. Kierkegaard afirma que es por esto que sus contemporáneos “prefieren las relaciones sociales convencionales sobre las relaciones sinceras”.[31] La forma en este caso son las normas de etiqueta que se intenta implementar, a menudo de manera forzada, sobre las relaciones naturales de una comunidad. La idea, en consecuencia, equivaldría a la vida o existencia real. Esta lucha formal puede ocurrir también en las esferas intelectuales o políticas. Sucede así, por ejemplo, cuando se establece de modo artificial un sistema filosófico o un programa político en una realidad en la que no encaja naturalmente. Las revoluciones políticas tienen en común este elemento, ya que la revolución intenta imponer una forma.

Según Kierkegaard, lo correcto es que la idea determine la forma, no a la inversa: “Es preciso tener en cuenta que la vida no es algo abstracto, sino algo extremadamente individual. (…) Siempre se debe recordar que la vida no se adquiere a través de la forma, sino que la forma se adquiere a través de la vida”.[32] En el ámbito social y político, esto significa que es indispensable reflexionar con cuidado si un determinado programa revolucionario o reformador (la forma) se adecúa a la vida de una comunidad, es decir, a su carácter, tradiciones y costumbres (la idea). Este es el mérito principal de la Revolución de julio, de acuerdo con la interpretación de Kierkegaard. Los franceses tenían la disposición correcta para recibir la forma, por así decirlo, de la revolución liberal. Otra manera de decir esto es que la revolución debe nacer orgánicamente a partir de la vida de la nación, no ser impuesta desde fuera.

Cuando Kierkegaard afirma que la época es una lucha formal, lo que quiere decir entonces es que Dinamarca no está preparada como nación para una revolución liberal como la de Francia. Al ver la facilidad con la que triunfaron los revolucionarios franceses en 1830, los liberales daneses se dejaron vencer por la pasión y quisieron imponer de manera irreflexiva esa misma forma política en su circunstancia. En este contexto, Kierkegaard advierte sobre los peligros de intentar forzar el curso de la historia: “Pero, así como un salto hacia atrás está mal (algo que la época en general está dispuesta a reconocer), así también un salto hacia delante está mal; esto se debe, en ambos casos, a que el progreso no avanza a saltos y la seriedad de la vida castigará con su ironía cualquier experimento de esta clase, aunque tenga éxito momentáneamente”.[33]

La noción de que hay ideas políticas —aunque también podrían ser ideas culturales, artísticas o religiosas— que se manifiestan de manera orgánica en determinados momentos históricos parece que tiene su origen en la filosofía de Hegel. De hecho, es posible encontrar planteamientos parecidos en otros pensadores que se inspiraron en el hegelianismo como Marx o Bakunin. En 1835, sin embargo, si bien hay en Dinamarca algunos pocos profesores que leen con atención a Hegel (Sibbern y Møller, por ejemplo), el hegelianismo está lejos de ser un tema popular de discusión. Lo más probable es que Kierkegaard se enterara de estas categorías gracias a Heiberg, quien había hecho suya la misión de divulgar el hegelianismo en Dinamarca y que, como esteta, pregonaba con entusiasmo el imperativo de la armonía entre forma e idea en los distintos géneros literarios. Kierkegaard aplica este principio al contexto político actual y concluye que el liberalismo, a pesar de su fervor, no ha logrado esta armonía.

3. El debate periodístico

Si bien el ensayo de Kierkegaard estaba dirigido a Ostermann, quien era un estudiante universitario como él, era inevitable que, por la naturaleza del tema, se involucrara en el debate a otras figuras del periodismo liberal. En su recuento de la historia reciente de la prensa, Kierkegaard menciona a los dos principales diarios liberales, Kjøbenhavnsposten y Fædrelandet, además de un tabloide sensacionalista, Raketten, que Ostermann había asociado de manera desafortunada con el naciente liberalismo danés. Hacia el final del ensayo, Kierkegaard vuelve a hablar sobre Kjøbenhavnsposten y diagnostica su condición actual con una peculiar representación astrofísica:

Los científicos afirman que un cuerpo celeste se forma a partir de una masa nebulosa mediante la armonía entre las fuerzas centrífugas y centrípetas en conjunto con la rotación sobre un eje; para mí, Kjøbenhavnsposten se parece a esta masa nebulosa, pero una cuya existencia en cuanto planeta todavía no se ha logrado con la armonía entre las fuerzas centrífugas y centrípetas en combinación con la rotación sobre un eje.[34]

En esta metáfora, Kierkegaard sugiere que el eje sobre el que debe girar el potencial planeta es un editor competente. Las fuerzas centrífugas y centrípetas son, respectivamente, los liberales y los conservadores. En este sistema solar de la política danesa, el sol es la asamblea de Roskilde, cuyo poder gravitacional ha contribuido a regular el curso de la órbita de Kjøbenhavnsposten. No obstante, puesto que no se ha logrado el equilibrio entre las dos fuerzas, existe el riesgo de que este planeta en ciernes se descarrile, por así decirlo, y sea absorbido por otro sistema solar.

Kierkegaard sustituye aquí el equilibrio entre forma e idea de la primera parte de su ensayo por la armonía entre fuerza centrífuga y fuerza centrípeta. En ambas analogías, sin embargo, hay un elemento que alude a lo exterior y otro a lo interior. El elemento externo, la fuerza centrífuga, es representado por el partido liberal. Esto podría significar que el liberalismo danés tiene un impulso que gravita hacia lo externo, lo cual puede observarse, por ejemplo, en la idea de seguir la ruta trazada por los liberales franceses. También podría ser una alusión a las reformas institucionales que buscaban los liberales, una transformación externa que no involucraba necesariamente un cambio en el interior de la cultura danesa.

Si se considera esto, tiene sentido que la fuerza centrípeta está asociada con el conservadurismo. Los conservadores daneses, especialmente los intelectuales, no sólo trataban de preservar el statu quo, sino que se concentraban en la actividad cultural de la sociedad, la cual podría interpretarse aquí como la vida interior de Dinamarca. Para que la masa nebulosa, el diario Kjøbenhavnsposten, se consolide como planeta, se necesita un eje que mantenga la tensión de las dos fuerzas en armonía. Aquí el ataque de Kierkegaard es directo. El único capaz de sostener tal equilibrio es un editor competente. Pero esto es lo que, desde su punto de vista, no tenía Kjøbenhavnsposten.

El editor en cuestión era Andreas Peter Liunge (1798-1879), quien se había hecho cargo de Kjøbenhavnsposten en 1827. Casi desde el comienzo de su gestión, Liunge se convirtió en uno de los blancos predilectos de Johan Ludvig Heiberg, quien consideraba al primero como un intelectual mediocre y poco original. Antes de la discusión sobre la libertad de prensa, Kjøbenhavnsposten (Liunge) y Flyvende Post (Heiberg) protagonizaron polémicas de carácter no político, sino literario y filosófico.[35] Si se considera esto, no es extraño que Kierkegaard —quien, como se ha dicho, quería ser admitido en el círculo de Heiberg— cuestionara el talento como editor de Liunge en una discusión sobre los méritos de la prensa liberal.

Uno de los colaboradores principales de Liunge y Kjøbenhavnsposten era Orla Lehmann. A comienzos de 1836, Lehmann publicó en este diario una serie de cinco artículos anónimos titulada La cuestión sobre la libertad de prensa.[36] En las primeras tres entregas, publicadas en enero de 1836, Lehmann examina los aspectos legales de la ya mencionada reforma al decreto de 1799 y analiza sus consecuencias para la libertad de prensa. En los últimos dos artículos, se discute la reacción poco favorable del público lector frente a lo que se percibe como el tono mordaz de los periodistas liberales. Como se recordará, Ostermann había tocado este punto en su discurso frente a la Asociación de estudiantes. Para el análisis del presente trabajo, sólo el quinto artículo es de interés, ya que es la pieza a la que responderá Kierkegaard.

Lehmann publicó la quinta entrega de “La cuestión sobre la libertad de prensa el 12 de febrero de 1836.[37] Su objetivo era examinar las causas de las acusaciones del público danés en contra de la presunta mordacidad de los liberales. Con esto en mente, Lehmann ofrece un recuento histórico. Él menciona que, en las últimas décadas del siglo xviii, predominó en Dinamarca un espíritu progresivo que se interrumpió abruptamente después del decreto de 1799.[38] Su afirmación es correcta. Bajo la dirección del ministro Johan Friedrich Struensee (1737-1772) y luego del príncipe heredero Federico se habían implementado de forma vigorosa y efectiva una serie de reformas liberales durante ese periodo. Se modernizó el campo, se abolió la servidumbre y el tráfico de esclavos, se estableció la libertad de prensa, se limitó la influencia de la nobleza y se empoderó a las clases medias, cuyos representantes más cultivados se involucraron en la administración pública.[39]

El ascenso de Napoleón Bonaparte colocó a los daneses en una difícil encrucijada en la que tuvieron que abandonar su posición de neutralidad y se vieron obligados a elegir bando —ninguno de los cuales era deseable— entre los británicos y los franceses. El príncipe Federico decidió establecer una alianza con los segundos, y la derrota del Imperio napoleónico desencadenó una serie de sucesos catastróficos para Dinamarca; escribe Lehmann: “Más adelante, la guerra, la derrota, la humillación, la bancarrota y las cosechas arruinadas cayeron como una tormenta sobre el desdichado pueblo, y el espíritu público, todavía débil, sucumbió antes estos duros golpes”.[40] Lehmann afirma que, dado que el presente no ofrecía más que miseria y degradación, los daneses se retiraron de la vida pública y se dedicaron a la contemplación nostálgica de un pasado idealizado. Esta observación parece referirse a la producción artística y literaria de escritores como Adam Oehlenschläger (1779-1850) o el ya mencionado Nicolai Grundtvig, quienes recreaban en sus obras el pasado mítico y remoto de los nórdicos antiguos. La idea general, sin embargo, es que Dinamarca se concentró en las actividades culturales y espirituales, renunciando a la discusión política.

Según Lehmann, los daneses se sentían cómodos y satisfechos a pesar de que las circunstancias sociales, económicas y políticas eran críticas. Él compara a los daneses de esta época con los niños que cantan en la oscuridad con la esperanza de ahuyentar a los fantasmas.[41] Se trataba, desde su punto de vista, de una felicidad ilusoria. Pero la Revolución de julio, dice Lehmann, ha comenzado a despertar al pueblo de este ensueño apolítico. En este “amanecer de la vida y la libertad del pueblo”,[42] los conservadores extrañan los días cuando podían dedicarse a sus negocios y a disfrutar la vida, mientras que el gobierno se hacía cargo de todo lo demás.[43]

Por este motivo, hay muchos que se sienten ofendidos cuando llega alguien —a saber, la prensa liberal— a cuestionar los méritos de este idilio cultural, y a señalar que existen cuestiones más urgentes que el arte y la poesía, asuntos como el presupuesto público o la libertad de prensa. Esto es el tono mordaz que disgusta a la gente. Pero, escribe Lehmann:

Si uno quiere el fin, también debe quererse el medio. […] se necesita la medicina para purgar al cuerpo enfermo de los fluidos insanos, y la medicina es con frecuencia muy amarga; insisto, si uno quiere el fin, también debe quererse el medio. ¡Qué injustos somos, pues, con la prensa![44]

 

Como respuesta al artículo de Lehmann, Kierkegaard publicó el 18 de febrero en el Flyvende Post la pieza titulada “Las consideraciones matutinas en el no. 43 de Kjøbenhavnsposten”.[45] El artículo apareció bajo el seudónimo B. Si bien Kierkegaard tomaría parte varias veces en controversias periodísticas a lo largo de su carrera como escritor, estas discusiones usualmente tenían que ver con la recepción de sus libros. Es por eso que su participación en el debate público sobre la libertad de prensa en 1836 es un caso especial. Dicho esto, no es fortuito que decidiera involucrarse en la discusión justo en este momento. En primer lugar, su debate con Ostermann era todavía reciente y es probable que Kierkegaard quisiera aprovechar la inercia del momento para volver a lucir su talento para la polémica y la dialéctica, ahora en contra de un rival de mayor renombre.

Como se ha dicho, Kierkegaard deseaba obtener la aprobación de Heiberg y una buena forma de lograrlo era atacando a sus rivales en un foro público. En su debate con Ostermann en la Asociación de estudiantes, él había criticado a Liunge, el editor de Kjøbenhavnsposten. Ahora podía volver a la carga y abrir un nuevo frente, en este caso en la arena periodística y utilizando como plataforma el diario de Heiberg, el célebre Flyvende Post. Su blanco no sería Liunge, pero sí uno de sus principales periodistas, Orla Lehmann, quien, por cierto, era también una figura conocida en la Asociación de estudiantes. Es verdad que Lehmann había publicado su serie de artículos sobre la libertad de prensa de forma anónima, pero se sabía que tanto él como Jens Finsteen Giødwad (1811-1891) eran el brazo político de Kjøbenhavnsposten, de manera que no era difícil suponer quién estaba detrás de los textos.

Así, podría argumentarse que el objetivo principal era antagonizar y ridiculizar a Lehmann. Cuando uno lee los artículos de Kierkegaard en este debate, es fácil notar que su táctica principal es diseccionar el discurso de su rival, separando frases específicas con el objetivo de detectar contradicciones y luego rematar con un torrente de juegos de palabras y observaciones ingeniosas. Esta práctica no era exclusiva de Kierkegaard. De hecho, era un recurso típico de las publicaciones del Flyvende Post de Heiberg, especialmente cuando se trataba de criticar la agenda de los liberales. Estos lo sabían y, aunque les parecía irritante, no le prestaban demasiada atención al asunto; pensaban, probablemente con razón, que los heibergianos no se tomaban la cuestión política en serio y que lo mejor era ignorarlos.

Pero Kierkegaard también tenía objeciones reales en contra de lo que Lehmann afirmaba en su artículo. Lo cierto es que él era uno de esos conservadores intelectuales del idilio decadente y apolítico de la Edad de Oro, y seguramente le ofendía que los liberales menospreciaran con tanto desenfado los méritos artísticos y culturales del periodo. En medio de sus comentarios sarcásticos, Kierkegaard afirma con seriedad que ese tiempo sentimental e idílico del que Lehmann se burla ha sido la época de más intensa actividad literaria en Dinamarca.[46] Cuando este afirma que el ascenso del liberalismo representa el “amanecer de la vida y la libertad del pueblo”,[47] parece sugerir que el pasado constituye una especie de noche oscura, de la que sólo cabría alegrarse de que hubiera terminado.

La indignación de Kierkegaard tal vez está justificada. En una época muy difícil en la que se hilaba un desastre tras otro, los daneses, él argumenta, encontraron la fuerza para sobreponerse y crear obras extraordinarias. Desde este punto de vista, parece injusto acusarlos de ser frívolos e indolentes o de comportarse como niños asustados. Por otro lado, es inocuo mirar de vuelta hacia un pasado glorioso cuando el presente sólo ofrece miseria. Para Kierkegaard, esta consciencia sobre la propia identidad cultural constituye una fortaleza, no una debilidad.

La idea de que es preferible el conocimiento de sí mismo y la consolidación de una identidad en lugar de la implementación forzada de estructuras externas ya había aparecido en el debate con Ostermann. En este artículo de Kierkegaard, lo primero es representado por la mirada de los intelectuales hacia el pasado, mientras que lo segundo se manifiesta en la urgencia de los liberales por saltar a un futuro imaginario “Lo que sí sé es que con los Estados ocurre lo mismo que con los individuos, y que un individuo que nunca ha sido bueno en nada siempre tiene una prisa terrible por avanzar en el tiempo y jamás se atreve a mirar hacia atrás, no sea que la abominación de la desolación detrás de él vaya a convertirlo en piedra, como antaño a la esposa de Lot”.[48]

Por último, Kierkegaard señala una cierta pusilanimidad por parte de la prensa y una tendencia a victimizarse. Esto se refiere a las constantes lamentaciones de Lehmann —y, antes de él, Ostermann— con relación a las acusaciones sobre el supuesto tono mordaz y agresivo de los liberales. Los grandes reformadores, como aspiran a serlo los liberales daneses, no tienen que disculparse por emplear un discurso duro cuando es necesario “Existe en efecto un noble fragor en la batalla que fácilmente puede inducir a un escritor a usar alguna expresión mordaz”.[49] Eso es comprensible, dice Kierkegaard, y uno lo tolera como cuando un perro grande ladra en un lugar impropio, “pero esos perrillos que se la pasan chillando y, en el instante del peligro, corren a esconderse, son insoportables”.[50]

Lo que Kierkegaard observa aquí es la contradicción entre las elevadas metas de los liberales y la tibieza con la que persiguen estos objetivos, especialmente después de haber acusado a los conservadores por su presunta frivolidad y cobardía. Un signo de esto es que los periodistas liberales, como Lehmann, se ocultan en el anonimato y se escudan detrás de la figura de Liunge, quien, por lo demás, “es en cierto sentido demasiado bueno para ser editor de Kjøbenhavnsposten, puesto que sus empleados preferirían tener en su lugar a una nulidad perfecta”.[51] De hecho, los columnistas políticos de Kjøbenhavnsposten escribían de forma anónima para eludir posibles sanciones del gobierno, pero esto armonizaba mal con sus ideales revolucionarios, con los que deberían ser más audaces: “¿Dónde queda, pues, ese enérgico y grave espíritu reformador?”,[52] se pregunta Kierkegaard.

4. La continuación del debate

La respuesta de Kierkegaard produjo un cierto revuelo. Un artículo anónimo del diario conservador Statsvennen del 5 de marzo aplaudió la crítica en contra de la cobardía de los autores anónimos liberales y elogió el humor sarcástico de Kierkegaard. Algo notable es que en este artículo se afirmaba que el verdadero autor había sido Heiberg: “Heiberg ha escrito muchas cosas ingeniosas, pero nada como el artículo en Flyveposten en el que habla sobre los reformadores anónimos de Kjøbenhavnsposten (…) El ingenio y un humor exquisito están presentes en todo el artículo”.[53] La confusión debió halagar a Kierkegaard, quien refiere el episodio en su diario AA y menciona de pasada que su maestro y amigo, Poul Martin Møller, también pensó que el autor había sido Heiberg.[54]

La recepción de la pieza fue lo bastante potente como para provocar una respuesta del bando liberal, el cual, como se ha dicho, prefería ignorar los ataques del Flyvende Post. Sin embargo, esta respuesta no vino de Lehmann o de algún otro autor de Kjøbenhavnsposten, sino del otro diario liberal, Fædrelandet. Como se dijo antes, había sido un artículo en este diario el que había suscitado la reacción de la corona en primer lugar. Su editor, David, perdió su puesto en la universidad y fue llevado a juicio. En septiembre de 1835, Johannes Hage (1800-1837) se convirtió en el nuevo editor de Fædrelandet y, desde esta posición, acudió en auxilio de Lehmann.[55] El 4 de marzo de 1836, publicó de forma anónima el artículo “Sobre la polémica de Flyvende Post”.[56] Aunque Hage dedica una atención especial al artículo de Kierkegaard, su verdadero objetivo es responder a los ataques en general del Flyvende Post de Heiberg:

 La gente no se sorprenderá de que no hayamos respondido a los ataques que Flyvende Post ha realizado en repetidas ocasiones en contra de este diario [Fædrelandet]. Rara vez contienen información verdadera. En su mayor parte, su polémica consiste en enfocarse en frases o palabras específicas, con las cuales se divierte colocándolas bajo una luz ridícula.[57]

 

Para Hage, los autores de Heiberg, incluido Kierkegaard, no estaban interesados en discutir los hechos sobre la libertad de prensa y, por lo tanto, declaraba que en lo sucesivo Fædrelandet no volvería a contestar a sus burlas.[58] Kierkegaard de inmediato respondió con un artículo, firmado con el seudónimo B, que publicó en dos entregas el 12 y el 15 de marzo. En este texto, “Sobre la polémica de Fædrelandet”,[59] Kierkegaard rechaza el tono moralizante de Hage y de los liberales, quienes, al acusar a los autores del Flyvende Post de una cierta falta de honestidad, parecen querer monopolizar el amor por la verdad.

Hacia el final de la primera parte del artículo, vuelve a la carga e insiste en que se requiere de un gran carácter por parte de los daneses para sobreponerse a las catástrofes históricas, lo que contrasta con la imagen de debilidad y cobardía presentadas por Lehmann y Hage:

Sería injusto acusar al caballero que, tras haber perdido eso que le era más querido aquí en el mundo, sale en busca de aventuras y, con todo, a menudo recuerda su pérdida con tristeza; sería injusto y poco psicológico acusarlo de ser sentimental-idílico. […] Una época no puede hacerlo todo, y si la nuestra puede lograr lo mismo en lo político como lo ha hecho en lo estético, entonces puede irse a la tumba en paz.[60]

En la segunda parte del artículo, Kierkegaard critica una vez más a Liunge, el editor de Kjøbenhavnsposten, y cuestiona su capacidad para navegar las aguas traicioneras de las nuevas leyes de prensa:

Cuando consideramos a Liunge desde este punto de vista, seguimos pensando que no está calificado para ello, pues a bordo de la nave reformadora que opera en nuestras aguas, su papel es más o menos el mismo que el del pius Aeneas, quien de vez en cuando levanta las manos, alza las palmas al cielo y reza porque haya buen clima”.[61]

Kierkegaard admite que la censura del gobierno presenta una prueba difícil para la oposición liberal que desea una reforma. No obstante, esa clase de desafío exige un liderazgo audaz, vigoroso y activo. Liunge, aunque es un editor bienintencionado, ha adoptado un papel pasivo y delega el liderazgo en sus autores, quienes, por otro lado, se ocultan detrás del anonimato.

El debate no concluyó aquí. El 31 de marzo, Lehmann reapareció en Kjøbenhavnsposten para contestar a los artículos de Kierkegaard. En su “Respuesta al señor B del Flyvende Post”,[62] Lehmann, quien ahora firma con su propio nombre, argumenta, al igual que Hage, que los conservadores no tienen más remedio que recurrir a juegos de lenguaje porque carecen de una posición política propia.[63] Él reconoce que lo que ha ofendido a B, Kierkegaard, es, por un lado, la interpretación histórica de los liberales y su descripción poco favorable del periodo anterior al establecimiento de las asambleas consultivas, y, por otro lado, su entusiasmo injustificado con respecto a los méritos políticos del presente. Frente a esto, Lehmann intenta matizar su posición.

En primer lugar, la crítica al pasado se refiere sólo a la pasividad política de los daneses, no a sus logros literarios o teológicos.[64] En cuanto al presente, Lehmann admite que el actual espíritu reformador se encuentra apenas en una etapa inicial y, por lo tanto, carece de un gran vigor, aunque confía en que el futuro es promisorio.[65] De cualquier modo, es escéptico en cuanto a si ha respondido a las objeciones de Kierkegaard:

He hecho lo más que he podido para entender en qué consiste realmente la oposición del señor B al artículo que es objeto de su ataque, pero no estoy seguro de haberlo hecho, ya que la nuez se oculta detrás de una cáscara muy gruesa. En general, el ataque parece no ser más que el vehículo para una serie de bromas relativamente pasables.[66]

El artículo de Lehmann concluye con una pequeña provocación. El autor revela su nombre como un gesto de cortesía para su oponente, pero esto no significa que B deba revelar su identidad, pues conocer su nombre le resulta irrelevante.[67] Kierkegaard muerde el anzuelo y publica su respuesta, “Al señor Orla Lehmann”, el 10 de abril.[68] Por supuesto, firma con su propio nombre: “El señor Lehmann dice que firma con su nombre para mostrarme una pequeña cortesía; yo firmo con el mío por congruencia”.[69] Kierkegaard se lamenta otra vez que se cuestione su seriedad y su amor por la verdad, pero en esta última entrega no añade nuevos argumentos al debate.

5. Conclusión

Después del artículo del 10 de abril, ya no hubo más respuestas por parte de los diarios liberales. Teddy Petersen, quien reúne los documentos relacionados con esta controversia, concluye que el objetivo principal de Kierkegaard tenía que ver con aumentar su prestigio a través de la polémica. En su discusión con Ostermann, se trataba de afianzar su reputación dentro de la Asociación de estudiantes y ganarse la admiración de sus pares universitarios. En el debate con los periodistas liberales, la meta era demostrarle a Heiberg sus habilidades como polemista.[70] En ambos casos, podría argumentarse que consiguió lo que se proponía.

Especialmente en la discusión con los diarios liberales, Kierkegaard entró de lleno al corazón de la contienda política. No se trataba ya de un debate estudiantil, como en la Asociación de estudiantes, sino que Kierkegaard, un estudiante de teología desconocido que apenas había publicado nada, se enfrentaba con la elite del liberalismo danés: Orla Lehmann, el editor político de facto de Kjøbenhavnsposten, y Johannes Hage, el editor de Fædrelandet. Es posible que estos sólo hayan respondido al pensar que se dirigían no al estudiante Kierkegaard, sino a Heiberg, cuyo nombre era una institución en Copenhague y podía ser considerado como un rival digno.

Por su parte, Heiberg, el editor del Flyvende Post, debió quedar impresionado con la demostración dialéctica de Kierkegaard. Los mismos Lehmann y Hage reconocían y admiraban el talento literario de Kierkegaard y su virtuosismo en la arena polémica, aunque deploraban su poca seriedad y respeto frente a todo lo que estaba en juego. Así, Kierkegaard había logrado lucirse frente a aliados y rivales. Según la interpretación de Petersen, fue un triunfo completo.[71]

Sin embargo, en este artículo he querido sugerir que Kierkegaard tenía de hecho una postura política que defendía con argumentos reales. En el debate con Ostermann, Kierkegaard sugería que probablemente no era una buena idea imitar a ciegas el programa revolucionario liberal de Francia en 1830. Él no estaba necesariamente en contra de las reformas liberales o a favor del autoritarismo de Federico vi, pero pensaba que cualquier transformación política o cultural debía desarrollarse de forma orgánica a partir de la vida real de la nación.

Es posible que Kierkegaard identificara esta vida real de su nación, Dinamarca, con la cultura “sentimental-idílica” de la que se burlaba Lehmann en sus artículos sobre la libertad de prensa. Al igual que otros intelectuales de la época, Kierkegaard admiraba la intensa actividad espiritual, artística y filosófica de los daneses, especialmente en un contexto en el que abundaban los desastres económicos y políticos. Si se considera esto, es razonable que le ofendieran los comentarios despectivos de Lehmann, quien describía ese periodo anterior al advenimiento del liberalismo como una especie de infancia de los daneses, una época de inmadurez, frivolidad y cobardía.

De manera parecida a la discusión con Ostermann, a Kierkegaard le parece sospechoso que los liberales quieran saltar hacia un futuro que se imaginan, sin demasiado fundamento, como superior a ese pasado sentimental-idílico. Algo que reduce más la credibilidad de los liberales es que Kierkegaard observa en ellos una cierta debilidad de carácter. ¿Quiénes son estos grandes reformadores? Autores anónimos que se ocultan frente a un editor tibio y pusilánime, Liunge, y se lamentan de que la opinión pública les es adversa.

       Con relación a este último punto, es interesante notar que, para Kierkegaard, parece que es muy importante la pasión y la convicción del individuo con respecto a su ideal, con independencia de cuál sea el contenido de este. Si bien parecería fácil concluir que Kierkegaard era políticamente un conservador como otros tantos intelectuales de esta época, el hecho es que uno no encuentra en estos textos polémicos objeciones en contra de las reformas que proponían los liberales, específicamente en cuanto a la cuestión sobre la libertad de prensa.

En cambio, le inspira desconfianza lo que percibe como una posición tibia, en particular en una figura como el editor Liunge. En otros escritos de este periodo temprano, como los mencionados apuntes sobre el ladrón maestro o el diario de su viaje a Gilleleje, Kierkegaard reflexiona constantemente acerca de la importancia existencial de la relación apasionada entre el individuo y sus ideales en el desarrollo de la personalidad. Es posible que, en el contexto de estas reflexiones, la lucha social de los liberales, entendida como un movimiento de masas, no armonizara bien con su idea de lo que debía ser el desarrollo del individuo singular. La polémica con los liberales en 1835-1836 carece de la sofisticación teórica de la crítica de Kierkegaard en contra de la prensa en su Reseña literaria de 1846. No obstante, si uno observa con cuidado, es posible descubrir aquí algunos de los fundamentos de la postura política de Kierkegaard y de su complicada relación con la prensa.

Referencias bibliográficas

A [Søren Kierkegaard]. “Ogsaa et Forsvar for Qvindens høie Anlæg”, Kjøbenhavns flyvende Post 34 (1834).

Anónimo. “Om Kjøbenhavnspostens anonyme Reformationsvæsen”. Statsvennen 3 (1836).

Anónimo [Federico VI]. Collegial Tidende 9 (1835).

Anónimo [Johannes Hage]. “Om Flyvepostens Polemik”. Fædrelandet 77 (1836).

Anónimo [Orla Lehmann]. “Om Provindsialstændernes Petitionsret”, Fædrelandet 7 (1834).

Anónimo [Orla Lehmann]. “Hvad kan det hjælpe?” Fædrelandet 11 (1834).

Anónimo [Orla Lehmann]. “Trykkefrihedssagen. I”. Kjøbenhavnsposten 15 (1836).

Anónimo [Orla Lehmann]. “Trykkefrihedssagen. II”. Kjøbenhavnsposten 16 (1836).

Anónimo [Orla Lehmann]. “Trykkefrihedssagen. III”. Kjøbenhavnsposten 19 (1836).

Anónimo [Orla Lehmann]. “Trykkefrihedssagen. IV”. Kjøbenhavnsposten 38 (1836).

Anónimo [Orla Lehmann]. “Trykkefrihedssagen. V”. Kjøbenhavnsposten 43 (1836).

Allen, Julie K. “Orla Lehmann: Kierkegaard’s Political Alter-Ego?”. En Kierkegaard and His Danish Contemporaries. Tome I: Philosophy, Politics and Social Theory, editado por Jon Stewart, 85-99. Farnham y Burlington: Ashgate, 2009.

B [Søren Kierkegaard]. “Kjøbenhavnspostens Morgenbetragtningen i Nr. 43”. Kjøbenhavns flyvende Post. Interimsblad 76 (1836).

B [Søren Kierkegaard]. “Om Fædrelandets Polemik I”. Kjøbenhavns flyvende Post. Interimsblad 82 (1836).

B [Søren Kierkegaard]. “Om Fædrelandets Polemik II”. Kjøbenhavns flyvende Post. Interimsblad 83 (1836).

Bravo, Nassim. “Morning and Noon Political Observations: Kierkegaard on Liberalism and the Issue of Press Freedom”. En Encounters with Nineteenth-Century Continental Philosophy: Discussions and Debates, editado por Jon Stewart y Patricia Dip, 229-253. Leiden y Boston: Brill, 2023.

Fenger, Henning. The Heibergs. Traducido por Frederick J. Marker. Nueva York: Twayne Publishers, 1971.

Glover, Gareth. The Two Battles of Copenhagen 1801 and 1807: Britain and Denmark in the Napoleonic Wars. Barnsley: Pen & Sword Military, 2018.

Gyllembourg, Thomasine. “To Tidsaldre. Novelle af Forfatteren til”. En Hverdags-Historie”, editado por Johan Ludvig Heiberg. Copenhague: C.A. Reitzel, 1845.

Heiberg, Johan Ludvig. Om Philosophiens Betydning for den nuværende Tid. Et Indbydelses-Skrift til en Række af philosophiske Forelæsninger. Copenhague: C.A. Reitzel, 1833.

Jørgensen, Harald. Trykkefrihedsspørgsmaalet i Danmark, 1799-1844. Copenhague: Munskgaard, 1944.

Kierkegaard, Søren. “Til Hr. Orla Lehmann”. Kjøbenhavns flyvende Post. Interimsblad 87 (1836).

Kierkegaard, Søren. Early Polemical Writings [EPW]. Traducido por Julia Watkin. Princeton: Princeton University Press, 1990.

Kirchoff-Larssen, Christian. Den Danske Presses Historie, vol. 3. Copenhague: Munskgaard, 1962.

Kirmmse, Bruce H. ed. Encounters with Kierkegaard: A Life as Seen by His Contemporaries. Traducido por Bruce H. Kirmmse y Virginia R. Laursen. Princeton: Princeton University Press, 1996.

Kirmmse, Bruce H. Kierkegaard in Golden Age Denmark. Bloomington e Indianapolis: Indiana University Press, 1990.

Kjærdgaard, Thorkild. The Danish Revolution 1500-1800: An Ecohistorical Interpretation. Cambridge: Cambridge University Press, 1993.

Kursrud, Carl J. “The Seizure of the Danish Fleet, 1807: The Background”. The American Journal of International Law 32, n° 2 (1938): 280-311.

Lehmann, Orla. “Svar til Flyvepostens Hr. B”. Kjøbenhavnsposten 96 (1836).

Linvald, Alex. Kronprins Frederik og Hans Regering 1797-1807. Bidrag til Danmark-Norges inden- og udenrigske Historie omkring begyndelsen af det 19. aarhundrede. Copenhague: Gads forlag, 1923.

Lund, Hans Carl August. Studenterforeningens Historie, 1820-1870, vols. 1-2. Copenhague: Gyldendal, 1896-1898.

Munck, Thomas. “Absolute Monarchy in Later Eighteenth-Century Denmark: Centralized Reform, Public Expectations, and the Copenhagen Press”. The Historical Journal 41, n° 1 (1998): 201-224.

Ostermann, Johannes. “Vor nyeste Journalliteratur”. Fædrelandet 71 (1836).

Petersen, Teddy. Kierkegaards polemiske debut. Odense: Odense Universitetsforlag, 1977.

Rubin, Marcus. Frederik VI’s Tid. Fra Kielerfreden til Kongens Død. Økonomiske og historiske Studier. Copenhague: P.G. Phillipsens Forlag, 1895.

Stewart, Jon. “The Young Kierkegaard as a Student of Liunge’s Kjøbenhavnsposten”. Kierkegaard Studies Yearbook 28, n° 1 (2024): 281-301.

Vibæk, Jens. Reform og Fallit, 1784-1830. Copenhague: Politikens Forlag, 1964.

Winkle, Stefan. Struensee: Artzt, Aufklärer, Staatsmann. Gustav Fischer: Stuttgart, 1983.

 

Contribución de los autores (Taxonomía CRediT): el único autor fue responsable de la: 1. Conceptualización, 5. Investigación, 6. Metodología, 13. Redacción - borrador original, 14. Redacción - revisión y edición.

 

Disponibilidad de datos: El conjunto de datos que apoya los resultados de este estudio no se encuentra disponible.

 

Editor responsable José Antonio Saravia: jsaravia@correo.um.edu.uy

 

 



[1] Thomasine Gyllembourg, “To Tidsaldre. Novelle af Forfatteren tilen  Hverdags-Historie, ed. Johan Ludvig Heiberg (Copenhague: C.A. Reitzel, 1845).

[2] Al igual que con otros escritos tempranos de Kierkegaard, este periodo de su obra como escritor ha sido poco explorado. El estudio principal sobre la polémica periodística de Kierkegaard es la obra de Teddy Petersen, Kierkegaards polemiske debut (Odense: Odense Universitetsforlag, 1977), la cual reúne todos los documentos relevantes conectados con este episodio. Ver, también, Nassim Bravo, “Morning and Noon Political Observations: Kierkegaard on Liberalism and the Issue of Press Freedom”, en Encounters with Nineteenth-Century Continental Philosophy: Discussions and Debates, ed. Jon Stewart y Patricia Dip (Leiden y Boston: Brill, 2023), 229-253.

[3] Todas las traducciones de los textos en danés son mías. Los artículos de Kierkegaard han sido traducidos al inglés en el volumen Early Polemical Writings [EPW] de Julia Watkin. Para conveniencia del lector, incluyo también las referencias cruzadas a esta edición. En cuanto a los textos de Ostermann, Lehmann, Hage y otros periodistas daneses contemporáneos, empleo la ya citada compilación de Teddy Petersen, Kierkegaards polemiske debut. La gran mayoría de estos documentos nunca han sido traducidos.

[4] Sobre el gobierno de Federico, primero como regente y después como rey de Dinamarca, ver Alex Linvald, Kronprins Frederik og Hans Regering 1797-1807. Bidrag til Danmark-Norges inden- og udenrigske Historie omkring begyndelsen af det 19. aarhundrede (Copenhague: Gads forlag, 1923); Marcus Rubin, Frederik VI’s Tid. Fra Kielerfreden til Kongens Død. Økonomiske og historiske Studier (Copenhague: P.G. Phillipsens Forlag, 1895); Thomas Munck, “Absolute Monarchy in Later Eighteenth-Century Denmark: Centralized Reform, Public Expectations, and the Copenhagen Press”, The Historical Journal 41, n° 1 (1998): 201-224; Jens Vibæk, Reform og Fallit, 1784-1830 (Copenhague: Politikens Forlag,1964); Bruce H. Kirmmse, Kierkegaard in Golden Age Denmark (Bloomington e Indianapolis: Indiana University Press, 1990), 9-63.

[5] Ver Petersen, Kierkegaards polemiske debut, 103.

[6] Henning Fenger, The Heibergs, trad. Frederick J. Marker (Nueva York: Twayne Publishers, 1971), 28-29.

[7] Gareth Glover, The Two Battles of Copenhagen 1801 and 1807: Britain and Denmark in the Napoleonic Wars (Barnsley: Pen & Sword Military, 2018); Carl J. Kursrud, “The Seizure of the Danish Fleet, 1807: The Background”, The American Journal of International Law 32, n° 2 (1938): 280-311.

[8] En otras palabras, los ducados eran naciones autónomas, pero estaban unidas a Dinamarca porque compartían un mismo monarca, Federico (quien, además de rey de Dinamarca, era duque de Slesvig y Holstein).

[9] Sobre Orla Lehmann, ver Julie K. Allen, “Orla Lehmann: Kierkegaard’s Political Alter-Ego?”, en Kierkegaard and His Danish Contemporaries. Tome I: Philosophy, Politics and Social Theory, ed. Jon Stewart (Farnham y Burlington: Ashgate, 2009), 87-91.

[10] Anónimo [Orla Lehmann], “Hvad kan det hjælpe?”, Fædrelandet 11 (1834). Ver, también, Anónimo [Lehmann], “Om Provindsialstændernes Petitionsret”, Fædrelandet 7 (1834).

[11] Ver Harald Jørgensen, Trykkefrihedsspørgsmaalet i Danmark, 1799-1844 (Copenhague: Munskgaard, 1944), 177-192.

[12] Anónimo [Federico VI], Collegial Tidende 9 (1835). Ver, también, Christian Kirchoff-Larssen, Den Danske Presses Historie, vol. 3 (Copenhague: Munskgaard, 1962), 80-89.

[13] SKS 27, 118-121, Papir 97:1-6 / KJN 11, 119-122; SKS 27, 121, Papir 98 / KJN 11, 122; SKS 27, 123, Papir 103 / KJN 11, 124.

[14] SKS 27, 119, Papir 97:2 / KJN 11, 120.

[15] A [Søren Kierkegaard], “Ogsaa et Forsvar for Qvindens høie Anlæg”, Kjøbenhavns flyvende Post 34 (1834). SKS 14, 9-10 / EPW, 3-5.

[16] Johan Ludvig Heiberg, Om Philosophiens Betydning for den nuværende Tid. Et Indbydelses-Skrift til en Række af philosophiske Forelæsninger (Copenhague: C.A. Reitzel, 1833).

[17] El texto fue publicado más tarde en Fædrelandet, el cual, como se ha dicho, era uno de los dos principales diarios liberales de Dinamarca. Johannes Ostermann, “Vor nyeste Journalliteratur”, Fædrelandet 71 (1836). Petersen reproduce el texto de Ostermann en su Kierkegaards polemiske debut, 29-37. Aquí cito esta versión.

[18] Sobre la Asociación de estudiantes, ver Hans Carl August Lund, Studenterforeningens Historie, 1820-1870, vols. 1-2 (Copenhague: Gyldendal, 1896-1898).

[19] Ostermann, “Vor nyeste Journalliteratur”, 30.

[20] Ostermann, “Vor nyeste Journalliteratur”, 31.

[21] Ostermann, “Vor nyeste Journalliteratur”, 33-34.

[22] Ostermann, “Vor nyeste Journalliteratur”, 35.

[23] Ostermann, “Vor nyeste Journalliteratur”, 36.

[24] Ver Bruce H. Kirmmse, ed., Encounters with Kierkegaard: A Life as Seen by His Contemporaries, trad. Bruce H. Kirmmse y Virginia R. Laursen (Princeton: Princeton University Press, 1996), 20-22.

[25] SKS 27, 189-204, Papir 254 / EPW, 35-52.

[26] SKS 27, 189, Papir 254 / EPW, 36.

[27] SKS 27, 191, Papir 254 / EPW, 37.

[28] SKS 27, 192, Papir 254 / EPW, 39.

[29] SKS 27, 195, Papir 254 / EPW, 42.

[30] SKS 27, 198, Papir 254 / EPW, 46.

[31] SKS 27, 198, Papir 254 / EPW, 46.

[32] SKS 27, 199, Papir 254 / EPW, 47.

[33] SKS 27, 199, Papir 254 / EPW, 47.

[34] SKS 27, 200, Papir 254 / EPW, 49.

[35] Sobre el antagonismo entre Heiberg y Liunge, ver Jon Stewart, “The Young Kierkegaard as a Student of Liunge’s Kjøbenhavnsposten”, Kierkegaard Studies Yearbook 28, n° 1 (2024): 281-301.

[36] Anónimo [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. I”, Kjøbenhavnsposten 15 (1836); Anónimo [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. II”, Kjøbenhavnsposten 16 (1836); Anónimo [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. III”, Kjøbenhavnsposten 19 (1836); Anónimo [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. IV”, Kjøbenhavnsposten 38 (1836); Anónimo [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. V”, Kjøbenhavnsposten 43 (1836).

[37] Anónimo [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. V”, Kjøbenhavnsposten 43 (1836). Petersen reproduce el texto en su Kierkegaards polemiske debut, 60-66. Aquí citaré esta versión.

[38] [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. V”, 60.

[39] Sobre Struensee, ver Stefan Winkle, Struensee: Artzt, Aufklärer, Staatsmann (Gustav Fischer: Stuttgart, 1983). Sobre la reforma agraria, que es tal vez la transformación más revolucionaria de este periodo, ver Thorkild Kjærdgaard, The Danish Revolution 1500-1800: An Ecohistorical Interpretation (Cambridge: Cambridge University Press, 1993).

[40] [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. V”, 60.

[41] [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. V”, 62.

[42] [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. V”, 61.

[43] [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. V”, 63.

[44] [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. V”, 64.

[45] B [Søren Kierkegaard], “Kjøbenhavnspostens Morgenbetragtningen i Nr. 43”, Kjøbenhavns flyvende Post. Interimsblad 76 (1836). SKS 14, 13-16 / EPW, 6-11.

[46] SKS 14, 15 / EPW, 9.

[47] [Lehmann], “Trykkefrihedssagen. V”, 61.

[48] SKS 14, 15 / EPW, 9.

[49] SKS 14, 15 / EPW, 10.

[50] Ibid.

[51] SKS 14, 16 / EPW, 10-11.

[52] SKS 14, 15 / EPW, 10.

[53] Anónimo, “Om Kjøbenhavnspostens anonyme Reformationsvæsen”, Statsvennen 3 (1836).

[54] SKS 17, 37, AA:19 / KJN 1, 31.

[55] Un año después, los tribunales daneses condenaron a Hage a censura vitalicia y, como resultado de esto, cometió suicidio. Este episodio muestra el fervor que ocasionaba la cuestión sobre la libertad de prensa, lo cual contrasta con la acusación de tibieza por parte de Kierkegaard.

[56] Anónimo [Johannes Hage], “Om Flyvepostens Polemik”, Fædrelandet 77 (1836). Teddy Petersen reproduce el texto del artículo en su Kierkegaards polemiske debut, 73-78. Aquí cito esta versión.

[57] [Hage], “Om Flyvepostens Polemik”, 73.

[58] [Hage], “Om Flyvepostens Polemik”, 78.

[59] B [Søren Kierkegaard], “Om Fædrelandets Polemik I”, Kjøbenhavns flyvende Post. Interimsblad 82 (1836); B [Kierkegaard], “Om Fædrelandets Polemik II”, Kjøbenhavns flyvende Post. Interimsblad 83 (1836). SKS 14, 19-26 / EPW, 12-23. B.

[60] SKS 14, 23 / EPW, 18-19.

[61] SKS 14, 24 / EPW, 20.

[62] Orla Lehmann, “Svar til Flyvepostens Hr. B”, Kjøbenhavnsposten 96 (1836). El texto del artículo aparece en Petersen, Kierkegaards polemiske debut, 88-93. Aquí cito esta versión.

[63] Lehmann, “Svar til Flyvepostens Hr. B”, 88-89.

[64] Lehmann, “Svar til Flyvepostens Hr. B”, 91.

[65] Lehmann, “Svar til Flyvepostens Hr. B”, 92.

[66] Lehmann, “Svar til Flyvepostens Hr. B”, 93.

[67] Ibid.

[68] Søren Kierkegaard, “Til Hr. Orla Lehmann”, Kjøbenhavns flyvende Post. Interimsblad 87 (1836). SKS 14, 29-35 / EPW, 24-34.

[69] SKS 14, 35 / EPW, 34. Esto significa que este artículo es la primera publicación que Kierkegaard firma con su propio nombre.

[70] Petersen, Kierkegaards polemiske debut, 112.

[71] Desde el punto de vista político, esto no significa que los ataques de Kierkegaard perjudicaran de algún modo al movimiento liberal. El ascenso del liberalismo continuará de forma constante en los siguientes años. En 1849, bajo el liderazgo de Lehmann, los liberales le pondrán fin de manera pacífica a la monarquía absoluta en Dinamarca, y seguirán siendo una de las principales fuerzas políticas hasta el desastre de la Segunda guerra de Slesvig de 1864.