Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, 19, (2026): e1915. https://doi.org/10.25185/19.15 Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC BY 4.0.) https://creativecommons.org/licenses/by/4.0

https://doi.org/10.25185/19.15

Artículos

 

Alain Robbe-Grillet y Juan Goytisolo en 1964. Notas a una polémica sobre el compromiso y la literatura

Alain Robbe-Grillet and Juan Goytisolo in 1964. Notes on a polemic about commitment and literature

Alain Robbe-Grillet e Juan Goytisolo em 1964. Notas sobre uma polêmica acerca do compromisso e da literatura

 

Grethel Domenech Hernández

El Colegio Mexiquense A.C., México

domenech221b@gmail.com

ORCID iD: https://orcid.org/0000-0002-1259-9992

 

Recibido: 7/10/2025 - Aceptado: 30/3/2026

 

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Domenech Hernández, Grethel. “Alain Robbe-Grillet y Juan Goytisolo en 1964. Notas a una polémica sobre el compromiso y la literatura”. Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, nº 19, (2026): e1915. https://doi.org/10.25185/19.15

 

Resumen: En 1964, en la revista cubana Casa de las Américas, se publicaron dos textos que fueron parte de una de las polémicas más sobresalientes de los inicios de la década del sesenta: «La literatura perseguida por la política» de Alain Robbe-Grillet y «¿Formalismo o compromiso literario?» de Juan Goytisolo. Ambos se inscriben en un contexto marcado por la intensificación de los debates en torno a la función social y política de la literatura, en un escenario atravesado por la Revolución cubana, la Guerra Fría cultural y la redefinición del rol del intelectual. Este trabajo busca analizar las posturas expuestas por estos dos autores en esta polémica al releer estas intervenciones atendiendo a sus modalidades retóricas, a su inscripción editorial y a los lugares de enunciación de los autores para así poder contribuir a una mayor comprensión del complejo universo intelectual de la década del sesenta del pasado siglo XX en América Latina y Europa.

 

Palabras claves: polémica; literatura; Alain Robbe Grillet; Juan Goytisolo; Casa de las Américas

 

Abstract: In 1964, the Cuban magazine Casa de las Américas published two texts that were part of one of the most prominent controversies of the early 1960s: “Literature Persecuted by Politics” by Alain Robbe-Grillet and “Formalism or Literary Commitment?” by Juan Goytisolo. Both texts were written in a context marked by intensifying debates about the social and political function of literature, against the backdrop of the Cuban Revolution, the cultural Cold War, and the redefinition of the role of the intellectual. This paper seeks to analyze the positions taken by these two authors in this controversy by rereading these texts paying attention to their rhetorical modalities, their editorial context, and the authors' positions of enunciation, to contribute to a greater understanding of the complex intellectual universe of the 1960s in Latin America and Europe.

 

Keywords: polemic; literatura; Alain Robbe Grillet; Juan Goytisolo; Casa de las Américas

 

Resumo: Em 1964, a revista cubana Casa de las Américas publicou dois textos que fizeram parte de uma das polêmicas mais marcantes do início da década de 1960: “A literatura perseguida pela política”, de Alain Robbe-Grillet, e “Formalismo ou compromisso literário?”, de Juan Goytisolo. Ambos se inscrevem num contexto marcado pela intensificação dos debates em torno da função social e política da literatura, num cenário atravessado pela Revolução cubana, pela Guerra Fria cultural e pela redefinição do papel do intelectual. Este trabalho procura analisar as posições expostas por esses dois autores nessa polêmica, relendo essas intervenções atendendo às suas modalidades retóricas, à sua inscrição editorial e aos lugares de enunciação dos autores, a fim de contribuir para uma maior compreensão do complexo universo intelectual da década de 1960 do século XX na América Latina e na Europa.

Palavras-chave: polémica; literatura; Alain Robbe Grillet; Juan Goytisolo; Casa de las Américas

 

Introducción

Los «sesenta globales», como bien los ha llamado Eric Zolov, catalizaron debates y polémicas en torno a la función social de la literatura y el rol de la intelectualidad que alcanzaron gran protagonismo en espacios a nivel mundial. La revista Casa de las Américas,[1] creada en 1960 por Haydée Santamaría y bajo la responsabilidad de Fausto Masó y Antón Arrufat, fue una de las principales voces de estos debates en América Latina desde Cuba. Durante su primera época, de 1960 a 1965, fue escenario de algunas de las polémicas más significativas del campo intelectual y cultural latinoamericano.[2] La indagación sobre el compromiso del escritor y su obra se revelaron en números especiales, entrevistas con intelectuales, conferencias y mesas redondas que auspició la revista.[3] En el número 26, correspondiente a octubre-noviembre de 1964, la sección «Notas y Reportajes» reunió dos textos que formaron parte de una de las polémicas más sobresalientes a inicios de los sesenta: «¿Formalismo o compromiso literario?», de Juan Goytisolo y «La literatura perseguida por la política», de Alain Robbe-Grillet. A la polémica se le anexó también el texto «El hecho histórico y la imaginación en la novela», de Italo Calvino, el cual no fue parte de ella, pero estuvo a tono con los debates sobre la literatura de los años sesenta.  

La publicación de los textos de Robbe-Grillet y Goytisolo en el número 26 no es casual, forma parte de una tradición de debates sobre el papel de la literatura que se intensificaron en la prensa cultural cubana a partir de 1959. Revistas como Lunes de Revolución, Unión, La Gaceta y la propia Casa de las Américas publicaron con frecuencia ensayos que discutían qué debía ser y hacer la literatura, el arte y la creación en tiempos de revolución. Autores como Jean Paul Sartre, Paul Baran o Roque Dalton reflexionaron sobre el rol del intelectual y su vínculo con la literatura. No obstante, el tono de estas reflexiones, especialmente antes de 1964/1965, era más diverso y menos sujeto al imperativo revolucionario, lo que permitió que análisis como los de Grillet y Goytisolo encontraran aún un lugar. Desde su primer número en 1960 hasta mediados de los años sesenta, Casa mantuvo un tono exploratorio y heterogéneo, emparentado a la reflexión que de 1959 a 1961 había mostrado el semanario cultural Lunes de Revolución (1959-1961).[4] Posterior a 1964, comenzaron a evidenciarse encuestas, números especiales y polémicas que posicionaron cada vez más a la revista en posturas más politizadas sobre el papel del intelectual.

 El número 26 fue una especie de número bisagra que tuvo características e intenciones de sus precedentes y a la vez ya comenzaba a mostrar el rostro que tendría Casa posteriormente. El jefe de redacción fue el escritor cubano Antón Arrufat y el consejo de redacción estuvo compuesto por Haydée Santamaría, Ezequiel Martínez Estrada, Manuel Galich, Julio Cortázar, Emmanuel Carballo, Ángel Rama y Sebastián Salazar Bondy. Lo anterior no resulta un dato editorial más. La labor de Antón Arrufat influyó considerablemente en la selección de trabajos que de 1960 a 1965 se publicaron en Casa de las Américas. Arrufat abogó por una visión heterogénea en cuanto a los enfoques sobre las problemáticas de arte y literatura, algo que comenzó a declinar a partir de 1965 con los cambios en la composición de la revista y la salida de Antón Arrufat de esta misma.[5] El número 26 también contó con la coordinación del crítico uruguayo Ángel Rama. Claudia Gilman explica que, a su paso por la Habana, Ángel Rama organizó prácticamente toda la entrega de la revista Casa de las Américas dedicada a la nueva novela latinoamericana,[6] lo cual resulta totalmente convincente teniendo en cuenta las conexiones del crítico uruguayo que de seguro permitieron atraer a este ejemplar nombres como Julio Cortázar, Ernesto Sábato o Juan Carlos Onetti.[7]  

La polémica entre Robbe-Grillet y Goytisolo estuvo acompañada del emblemático texto «Diez problemas para el novelista latinoamericano» de Ángel Rama, donde, parafraseando el conocido decálogo de Bertold Brecht sobre la verdad, exponía sus supuestos para la nueva novela latinoamericana desde la base de una revisión revolucionaria. La complementaron también una reseña de Ambrosio Fornet sobre La Ciudad y los Perros y fragmentos de las novelas más representativas de una «nueva literatura latinoamericana»: Rayuela de Julio Cortázar, El siglo de las luces de Alejo Carpentier, Juntacadaveres de Juan Carlos Onetti, Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato y de Carlos Fuentes Cholula, seguidos de las críticas literarias de Edmundo Desnoes, Antón Arrufat, Calvert Casey, Roberto Fernández Retamar y Ambrosio Fornet acompañaron el índice. El número funcionó como una especie de diálogos entre estas ficciones y sus críticos. A pesar de ser una revista editada en Cuba, Casa de las Américas, en su intención de monitorear a la comunidad intelectual latinoamericana, posibilitó que las posturas de escritores de otras latitudes, muchos de ellos asociados al fenómeno del boom, tuvieran un gran peso. Varios de los textos sobre la condición intelectual pertenecieron a Paul Baran, Roque Dalton, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Ángel Rama.

En el presente texto me interesa analizar la polémica entre Juan Goytisolo y Alain Robbe-Grillet, un caso atrayente para dilucidar los debates intelectuales que se dieron en torno a la función de la literatura y la escritura en la sociedad. Pero ¿cómo se estudia una polémica intelectual o literaria?, ¿cómo analizarlas sin terminar reproduciendo las intervenciones de sus autores? Una polémica es, en teoría, una discusión con cierto rigor literario que opone dos o varios puntos de vistas sobre un mismo tema. Su orden es conciso, reflexivo e implica un terreno de disputa entre sus participantes. La palabra «polémico» proviene del griego πολεμικός (polemos) que significa guerra, unido al sufijo -ico/-ica «perteneciente a» entendiéndose así por polémica «perteneciente a la guerra».[8] Los propios griegos fueron diversificando el campo semántico de la palabra y con Homero su uso se aplica también al conflicto o disputa y con Heráclito pólemos trasciende la guerra para representar la discordia, el conflicto, la lucha de opuestos que hace posible el lógos y el devenir. Las polémicas se establecen, por lo general, entre quienes defienden posturas contrarias, y se realizan, la mayoría de las veces, por escrito. Las herramientas discursivas y retóricas, el estilo y el bagaje intelectual sobre el tema discutido son fundamentales pues de ellos dependerá cuál contrincante prevalecerá o cuál se beneficiará de la aprobación de la comunidad lectora. No obstante, estas definiciones «clásicas» resultan insuficientes para dar cuenta de las formas concretas que adopta el conflicto intelectual en contextos altamente politizados.

Si bien una polémica supone un terreno de disputa entre posiciones divergentes, no necesariamente se desarrolla bajo formas ordenadas, racionales o simétricas. Como ha señalado Judith Podlubne, el intercambio polémico puede adoptar registros caóticos, impulsivos o estratégicos, y su eficacia no depende únicamente de la solidez argumentativa, sino de los gestos discursivos, las modulaciones retóricas y los efectos performativos que produce en el campo intelectual.[9] La polémica no es solo un intercambio de ideas, sino una puesta en escena del desacuerdo, donde intervienen posiciones de autoridad, expectativas del público lector, encuadres editoriales y temporalidades desiguales. Atender a estas dimensiones permite desplazar el análisis desde la reconstrucción de tesis hacia las formas específicas en que los textos ejercen la controversia. Más que reconstruir exhaustivamente los argumentos de cada intervención o dirimir quién «tenía la razón», este trabajo parte de la premisa de que la polémica no es un mero intercambio de textos sino una escena discursiva que se configura desde posiciones de autoridad, distintos lugares de enunciación y expectativas del rol del escritor.   

 Por la importancia que cobraron en el campo intelectual de los sesenta, no sería aventurado afirmar que las polémicas se convirtieron en un género más. En Las tres vanguardias, Ricardo Piglia nos dice, siguiendo a Georg Lukács y su teoría de la novela, que es «posible pensar en el género como una respuesta formal a un tipo de demanda que la sociedad propone», como «modos de responder a esa tensión entre cierto tipo de problemas sociales y ciertas respuestas de forma que da el género».[10] Si asumimos sus ideas al respecto, se puede indicar entonces que la polémica se consolida en los sesenta, un poco antes un poco después, como ese espacio formal para dar orden y narrar los dilemas del presente desde distintas experiencias.[11] 

A lo largo del siglo XX, las revistas culturales como Amauta, Revista de Occidente, Avance o Marcha se convirtieron en espacios privilegiados para la formación de generaciones intelectuales y para la definición de su intervención pública, y la controversia ocupó en ellas un papel decisivo. Un caso emblemático es la revista francesa Les Temps Modernes, donde los intercambios entre Sartre, Merleau-Ponty o Camus configuraron un modelo de debate en el que la disputa estética era inseparable de la toma de posición política. Las polémicas publicadas en estas revistas no solo enfrentaban ideas, sino que contribuían a delimitar qué se esperaba de un escritor, qué tipo de compromiso resultaba legítimo y desde qué lenguajes podía ejercerse.

Durante los años sesenta, las polémicas, tal vez más que ningún otro género, mostraron las tensiones ideológicas, culturales y políticas que se manifestaban en una gran cantidad de conflictos de la época. Basta recordar algunas de ellas para complementar la anterior afirmación. Por ejemplo, la censura tras la exhibición del documental P.M en La Habana de 1961 que conllevó a las conocidas «Palabras a los intelectuales» de Fidel Castro y al posterior cierre del semanario cultural Lunes de Revolución. A esta le siguieron la polémica por la novela de la revolución entre Ambrosio Fornet y José Antonio Portuondo en 1964, la polémica sobre las generaciones en 1966 entre Ana María Simo y Jesús Diaz o la polémica entre Heberto Padilla y Lisandro Otero entre 1967 y 1968 sobre las novelas Pasión de Urbino y Tres Tristes Tigres.

Las de carácter transnacional, casi siempre, envueltas en los entramados culturales de la Guerra Fría también fueron habituales. De ellas, la más conocida fue la confrontación entre Mundo Nuevo y Casa de las Américas (1966) en conexión con la discusión de Emir Rodríguez Monegal y Fernández Retamar en 1965. Otras polémicas que también marcaron el campo literario del continente fueron la que sostuvieron Julio Cortázar y José María Arguedas entre 1967 y 1969 en las páginas de las revistas Casa de las Américas y Amaru o la de Óscar Collazos vs Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, sobre literatura y revolución en 1970. La mayoría tuvieron de eje central el rol de la intelectualidad en la sociedad, las relaciones entre literatura y revolución, y los conflictos ideológicos de un mundo polarizado. Las revistas Marcha, La Rosa Blindada, Eco Contemporáneo, Mundo Nuevo, La cultura en México, por solo citar algunas, convirtieron en uno de sus grandes atractivos estas discusiones sobre las relaciones entre literatura y política.

Generalmente, los textos sobre polémicas intelectuales o literarias terminan siendo una recopilación de estas. En cuanto a reconstruir una historia de estas discusiones que considere tanto a sus actores como a sus discursos Claudia Gilman e Idalia Morejón han trazado un camino fundamental en esta dirección con sus libros Entre la pluma y el fusil y Política y polémica en América Latina y Las revistas Casa de las Américas y Mundo Nuevo, respectivamente. Del mismo modo, los trabajos de Rafael Rojas, Germán Albuquerque, Juan Carlos Quintero Herencia y Nadia Lie ofrecen directrices a seguir para una historia del género en América Latina en contexto de Guerra Fría.

Las y los autores mencionadas con anterioridad sientan un precedente importante para sortear esta deficiencia. En La Polis Literaria, por ejemplo, Rafael Rojas ha desplegado una visión más crítica al estudiar las polémicas que rodearon al boom latinoamericano fijando su mirada no en los debates en sí mismos, sino en las distintas formas de pensar lo revolucionario por los escritores del boom.[12] Mientras, Idalia Morejón para analizar las discusiones, frontales o veladas, entre las revistas Casa de las Américas y Mundo Nuevo en Política y polémica tiene en cuenta «los modos en que las instituciones influyeron en los discursos de sus revistas, [y] determinaron también la reconfiguración del campo intelectual latinoamericano de los sesenta».[13]

En las últimas décadas los estudios sobre la relación entre literatura y política han tendido a desplazar la pregunta por el compromiso desde la intencionalidad del autor hacia los modos de aparición de lo político en la forma, la escritura y los regímenes de visibilidad que la literatura produce lo que permite volver sobre polémicas clásicas sin reducirlas a oposiciones doctrinarias ya estabilizadas. En esta línea, Jacques Rancière ha señalado que la politicidad de la literatura no reside tanto en sus contenidos explícitos como en su capacidad de reorganizar lo sensible, a partir del axioma según el cual «la literatura hace política en tanto literatura»,[14] mientras que Gisèle Sapiro ha analizado las mediaciones institucionales y los condicionamientos del campo literario en la producción de posiciones políticas. Desde América Latina, trabajos como los de Alejandra Alle, Claudia Cherri o Mariano Santucci han problematizado la persistencia de modelos heredados del compromiso y sus desplazamientos formales. Estas perspectivas permiten releer polémicas clásicas de los años sesenta no solo como enfrentamientos ideológicos entre posiciones antagónicas, sino como disputas en torno a las condiciones mismas de posibilidad de lo literario y lo político, así como sobre los modos legítimos de intervención del escritor en el espacio público.

 Este ensayo pretende contribuir a una historia de la intelectualidad que tenga en cuenta estos momentos de pugnas discursivas e ideológicas. A través de los textos de Robbe-Grillet y Juan Goytisolo, recogidos en el número 26 de Casa de las Américas, busco analizar las zonas de conflicto que se muestran y entender cuáles eran las posturas expresadas sobre la relación entre literatura y política. Para comenzar, uno de los aspectos más llamativo de esta discusión fue sus autores. Los dos tenían una mirada desde Europa y a la vez lugares de enunciación muy diferentes.

Juan Goytisolo estuvo vinculado a América Latina a través de sus conexiones con las redes intelectuales en torno a la Revolución cubana. En 1959 publicó Problemas de la novela, por la editorial Seix Barral y en 1962, Pueblo en marcha, donde narra su relación con Cuba marcada por su historia familiar. Su vínculo con la isla no se dio solo a partir de su acercamiento político sino también por una historia de vida. Su novela La isla, censurada en España, se publicó en 1962 por Ediciones R en La Habana.[15] Goytisolo fue un activo opositor al franquismo y su posicionamiento intelectual siempre estuvo ligado a esto.

A lo largo de toda su obra, Goytisolo fue diseccionando el franquismo, sus prácticas represivas más evidentes y también aquellas formas cotidianas en las que se manifestó su control. Con su novela Juego de manos (1954) destacó por su enfoque rebelde e inconformista. La obra fue acogida con gran entusiasmo por la crítica literaria en Europa y a la vez le ganó la vigilancia de las autoridades del régimen franquista. Posteriormente, en Señas de identidad (1966) describió la vigilancia, el acoso y las detenciones a las que fue sometido mientras vivía en España junto a otros intelectuales y estudiantes comunistas de Barcelona.

Durante los sesenta se mantuvo activo en las redes de la izquierda intelectual hispanoamericana y francesa. Colaboró con las revistas L’Express e Insula, estuvo encargado de poner al día la sección de español de la editorial Gallimard y formó parte de la empresa de Cuadernos del Ruedo Ibérico. De 1970 a 1971 sería uno de los principales gestores de la revista Libre. Como bien recuerda en sus memorias En los reinos de taifa, su universo intelectual estuvo marcado por su pública crítica a la dictadura franquista y por un largo exilio que lo llevó a asentarse en Francia y posteriormente en Marruecos.

En el ensayo La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España, el investigador Jordi Gracia, explica que uno de los grupos principales del campo intelectual español durante el franquismo lo constituyeron los jóvenes que comenzaron a alcanzar participación pública en los cincuenta.[16] Goytisolo formó parte de esa generación que combinó disidencia y exilio. Sus nombres forman parte de la llamada generación de los cincuenta dentro de la que se encuentran Josep María Castellet, Carlos Barral, Max Aub, Juan Marsé o Alfonso Sastre. La mayoría apostó por la literatura como una forma de insertarse en las preocupaciones políticas nacionales y por la renovación formal y de estilo. 

Por otro lado, Robbe-Grillet es posiblemente la figura más reconocida de la nueva novela francesa con las obras Las Gomas (1953) y La celosía (1957). También fue teórico del movimiento y en 1963 publicó Por una nueva novela. Las etiquetas no eran algo que entusiasmaba a Grillet y desde sus posicionamientos sobre literatura, el sobrenombre de «nueva novela» le resultaba una mera formalidad, no una escuela o camisa de fuerza: «[…]el término de nueva novela, no es para designar una escuela, ni incluso un grupo definido y constituido de escritores que trabajarían en el mismo sentido: solo es una denominación cómoda que engloba a todos aquellos que buscan nuevas formas novelescas, capaces de expresar (o de crear) nuevas relaciones entre el hombre y el mundo, a todos aquellos que están decididos a inventar la novela, es decir a inventar el hombre».[17] 

Las propuestas de la nueva novela tuvieron una positiva recepción y fueron del gusto de teóricos como Roland Barthes. Su ensayo El grado cero de la escritura se convirtió de inmediato en modelo teórico de la narrativa emergente conocida como la nouveau roman. Muy a tono con la muerte del autor, para Grillet, la responsabilidad de darle significado al relato correspondía al lector. El autor era una figura que debía desaparecer e invisibilizarse en la obra, perder así su posición omnipresente y evitar intenciones explicativas. La conexión entre Grille y Barthes ha sido señalada por varias investigaciones, así como el diálogo entre sus propuestas teóricas y literarias.[18] 

Grillet también estuvo vinculado a la nueva ola del cine francés en la que participó como guionista del filme El año pasado en Marienbad de Alain Resnais, ubicándose así en el vórtice de los movimientos artísticos e intelectuales de la Francia de fines de los cincuenta y de los sesenta. En una época en que el cine se mostraba como una puerta para una expresión holística y revolucionaria de la realidad, el novelista estrenó su primera película como director y guionista en 1963, La inmortal. Su obra fílmica se puede considerar de clase B en comparación con sus coterráneos, no en cuanto a calidad, sino, sobre todo por su contenido experimental, erótico y su poca divulgación. Algunos de sus títulos más importantes fueron, además de La inmortal, Trans-Europ-Express de 1966 y El hombre que miente en 1968.

Ubicarnos en los contextos intelectuales de ambos autores es fundamental para entender el lugar desde donde están leyendo, interpretando y articulando la discusión en torno al compromiso. En una polémica, la contextualización es esencial pues permite analizar las condiciones que posibilitan que un tema sea discutible o no en ese momento y da paso a las preguntas: ¿Por qué ciertos temas se vuelven motivo de conflicto en una época?, ¿por qué algunos autores se muestran interpelados por estas cuestiones?, y ¿qué condiciones de posibilidad se dan para que la literatura o el compromiso sea una cuestión debatible y que debe reconceptualizarse o resignificarse? La polémica de Grillet-Goytisolo se insertó en dos contextos de posibilidades. Primero, los debates sobre literatura y política que desde los cincuenta se dieron en Europa occidental, en especial en Francia y; segundo, los debates sobre el compromiso literario que se catalizaron en América Latina tras el triunfo de la Revolución cubana. Ambos son procesos en diálogos a pesar de sus diferentes contextos políticos o geográficos.[19]

El rol de la intelectualidad fue un tema de debate tras la Segunda Guerra Mundial en Europa. Basta recordar los libros de Jean Paul Sartre ¿Qué es la literatura? en 1947 y El opio de los intelectuales de Raymond Aron en 1955. El de Sartre se convirtió prácticamente en un manual de todo intelectual comprometido de mediados de siglo. Algunos de sus más conocidos pasajes como «el escritor comprometido sabe que la palabra es acción» o «el escritor tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute y cada silencio también»,[20] se reprodujeron en muchas de las revistas y discusiones al respecto durante los cincuenta y los sesenta. En el otro flanco, Aron expresaba que la contaminación ideológica del sujeto intelectual produjo «fumadores de opio», intelectuales «que participan con toda su fe, conscientemente o no, en una empresa expansionista camuflada bajo un lenguaje humanista»,[21] lo cual no significó que reivindicara al letrado decimonónico que desde la torre de marfil observa la sociedad, esta fue la común malinterpretación de la obra de estos autores que llevó a que, para la década del 60, fuera preferible «estar equivocado con Sartre que tener razón con Raymond Aron».[22] 

Los sesenta fueron una época de agitación y transformación a nivel global. Se observó una intensa politización de nociones como tercer mundo, solidaridad, liberación nacional. En América Latina, comenzaba una ola de movimientos guerrilleros y sociales como, por ejemplo, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua, Las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional en Venezuela, Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros en Uruguay.   Se catalizaron activismos de nuevas corrientes incluida nueva izquierda, estudiantiles, contraculturales y campesinos. La descolonización de África ocupó un lugar central en los compromisos intelectuales de la época y, junto con los procesos abiertos en Medio Oriente y Asia, se convirtió en uno de los escenarios más tensos de la Guerra Fría. Las luchas de independencia en países como Argelia, Kenia o Sudáfrica estimularon una reflexión global sobre el colonialismo y sus persistencias, al tiempo que conflictos como la guerra de Vietnam reforzaron la polarización política a escala internacional.

El lugar del escritor volvió a encontrarse en el centro de las discusiones. La primera posición fue asumir el compromiso como fundamento y regla de pensamiento para el desarrollo artístico y literario. Para muchos, la intelectualidad estaba llamada a llevar adelante la Revolución, a ser el actor principal en la construcción de la sociedad soñada, pero, lamentablemente para ellos, el escritor no había sido ni vanguardia de los movimientos que habían tenido lugar y tampoco se estaba consolidando como vanguardia del cambio. Ese pathos de culpa persiguió todo su malestar. Su figura adquirió así una fuerte politización. Los debates sobre la condición intelectual en la prensa cultural hicieron eco en toda el área alcanzando un protagonismo sin precedentes y expusieron las dudas presentes en torno a la conversión del escritor o artista en intelectual. Las polémicas de la época expresaron los vaivenes en cuanto a las condiciones de la obra literaria en contextos revolucionarios.

Las revistas mostraron, no solo las discusiones a nivel nacional, sino también las reflexiones globales de importantes escritores que llamaban la atención sobre definiciones en construcción: militancia, compromiso e izquierda. En América Latina se comenzó a profundizar en la intelectualidad como «agente histórico de cambio»[23] tras un replanteo del papel de clases como la obrera o campesina las cuales en apariencia habían perdido un interés en comprometerse con causas revolucionarias. Distintos tipos de compromisos se entrelazaron en las páginas de las más destacadas publicaciones latinoamericanas e hispanoamericanas de entonces: Lunes de Revolución, Casa de las Américas, Marcha, La Rosa Blindada, La Cultura en México, Pasado y Presente, El Corno Emplumado, Cuadernos de Ruedo Ibérico, Mundo Nuevo o Libre. La condición no fue un bloque único e indivisible, se manifestó en varios arquetipos y adoptó diversas formas de expresión. La variante de Lunes de Revolución, por ejemplo, era un compromiso que no abandonará la libertad creadora, Casa presentó un compromiso atado a una posición antimperialista, Libre retomó la idea de una intelectualidad de izquierda comprometida con lo revolucionario pero crítica del proceso cubano. Para estudiar los distintos compromisos en los 60, primero debemos acercarnos a un contexto marcado de nuevas utopías, como por ejemplo la posibilidad de un proceso revolucionario o la construcción de una sociedad socialista; segundo, analizar la búsqueda por parte de los escritores e intelectuales de nuevos niveles de responsabilidad y el impacto de esto en su proceso creador y, tercero, ver las diferentes formas en que se pensó y se expresó este compromiso.

La polémica

En este acápite paso a diseccionar la polémica y examinar sus principales argumentos. Las cuestiones discutidas en ella incluyeron las relaciones entre literatura y política y el arte al servicio de una causa política. La controversia se generó a partir de la respuesta de Goytisolo al texto de Robbe-Grillet. Desde los propios títulos de las intervenciones se puede suponer el camino que tomaron sus reflexiones: «¿Formalismo o compromiso literario?» de Juan Goytisolo y «La literatura perseguida por la política» de Alain Robbe-Grillet. A pesar de tener estilos muy diferente, ambos autores habían reflexionado con anterioridad en torno a la novela, Robbe-Grillet en Por una nueva novela (1956) y Goytisolo en Problemas de la novela (1959). Si bien no es posible determinar con certeza si el texto de Alain Robbe-Grillet fue escrito para Casa de las Américas (lo más probable es que no) o si se trató de la reproducción de una intervención previa en otros espacios de debate internacional, la revista no realiza tal aclaración, parto de la hipótesis de que la polémica no fue enteramente espontánea, sino que fue enmarcada editorialmente por la propia revista. Su publicación la inscribe en un marco editorial específico y la expone a un tipo de lectura para la cual la cuestión del compromiso literario adquiría una densidad política particular. Desde esta perspectiva, el debate que se configura en las páginas de Casa de las Américas es asimétrico: mientras el texto de Robbe-Grillet no interpela directamente al contexto latinoamericano ni a la revista, la respuesta de Goytisolo sí se construye desde y para ese espacio, lo que convierte el intercambio en una polémica fundamentalmente unidireccional.

Después de participar en una serie de Congresos en Europa, Moscú y Escocia, donde el centro de atención fueron los debates sobre la función de la literatura y el escritor, y ante el clima literario mundial que cada vez exigía más estos temas en las conversaciones, Robbe-Grillet criticó el reclamo de denuncia política en las intervenciones de escritores: «Cada vez regreso decepcionado: allí apenas se habla de literatura, si es que se toca el tema».[24] Para Robbe-Grillet, el escritor no debía cumplir con ningún tipo de responsabilidad o compromiso político más allá del que ejercía como miembro de la sociedad. Su postura sobre la literatura y su vínculo con la política se insertó en otro rango de posiciones respecto al tema que no suelen revisarse al estudiar las polémicas de los sesenta: la de aquellos escritores que criticaron los compromisos y mantuvieron una vehemente defensa de la literatura descontaminada de toda condicionante política. Según Robbe-Grillet, estas posturas estaban permeadas por un marcado sentimiento de culpa y vergüenza:

En mi opinión, lo que ocurre es simplemente que les avergüenza ser escritores y viven en el perpetuo terror de que se les reproche serlo, de que se les pregunte por qué escriben, para qué sirven, cuál es su función en la sociedad…. Por supuesto, tales preguntas son absurdas, el escritor, como cualquier otro artista, no puede saber para qué sirve. Para él la literatura no es un medio que pone al servicio de causa alguna.[25]

El texto de Robbe-Grillet entró en diálogo y puede pensarse como una continuación de su trabajo Por una nueva novela, donde unos años antes afirmó: «La fuerza del novelista reside justamente en que inventa, inventa con toda libertad, sin modelo».[26] Robbe-Grillet detectaba una tensión entre poética y política. La instrumentalización política de la obra literaria era un peso que el escritor no debía cargar y la política podía ser un obstáculo en la creación literaria. La literatura no era «un medio de expresión» sino «un medio de búsqueda».[27] La poética, en oposición a la política, significaba «invención del mundo y del hombre», «invención constante». Por otro lado, la política era una «reducción del pensamiento a estereotipos, miedo pánico a toda impugnación».[28] Desde 1956 mantuvo una postura crítica frente a los debates sobre el compromiso, el cual le resultaba una discusión en desuso e innecesaria:

¿Qué queda entonces del compromiso? Sartre, quien había visto el peligro de esta literatura moralizadora, había predicado por una literatura moral, que solo pretendía despertar conciencias políticas planteando los problemas de nuestra sociedad, pero que habría escapado al espíritu de propaganda restableciendo al lector su libertad. La experiencia ha mostrado que todavía se trataba de una utopía: desde el momento en que aparece la preocupación por significar algo (algo exterior al arte) la literatura comienza a retroceder, a desaparecer.[29]

El compromiso también podía enmascarar políticas censoras provenientes de ideologías autoritarias: «hace algunos años se la ha visto renacer en las izquierdas bajo nuevos ropajes: el compromiso; y también, al Este y con colores más ingenuos, el realismo socialista […].[30] Esta última idea es fundamental para comprender desde dónde Robbe-Grillet está leyendo las posturas sobre el rol del escritor. Son bien conocidas las oposiciones entre un marxismo crítico y un marxismo tradicional o prosoviético encabezado por el Partido Comunista Francés que se tradujeron en polémicas, no solo en el orden ideológico, sino también en lo literario y lo artístico. Esas disputas se expresaron en las injerencias del PCF sobre los escritores y en la defensa de la autonomía intelectual que incluso defendió Sartre en los primeros años de la posguerra, en parte como estrategia para sustraerse de la influencia de Maurice Thorez, secretario general del Partido Comunista Francés entre 1930 y 1964 y previendo próximas rupturas como la de Paul Nizan quien en 1939 abandonó el partido tras rechazar la firma del Pacto Ribbentrop-Molotov entre Alemania y la URSS. Desde Merleau-Ponty hasta Jean-François Lyotard se puede rastrear la apuesta por un marxismo crítico que se alejó de las lecturas dogmáticas del realismo socialista y de las influencias de los preceptos políticos e intelectuales del régimen de la URSS. La máxima expresión de este marxismo crítico fue la revista Socialismo o Barbarie con una propuesta de un marxismo heterodoxo, fundada por Claude Lefort y Cornelius Castoriadis, los cuales se separaron del Partido Comunista francés y denunciaron el estalinismo.

La distancia con el estalinismo fue una de las marcas principales de un marxismo crítico durante gran parte de mediados del siglo XX y su segunda mitad. Una de las ideas que más difusión tuvieron en los sesenta, justificadamente, fue la de la impronta de la censura estalinista en la literatura y el arte y la del realismo socialista como única posibilidad estética para expresar la creación. Estas polémicas y las noticias que llegaban desde el Este marcaron las posturas de muchos autores en torno a la noción de compromiso. Además de esta crítica y partiendo de sus propias posturas sobre la novela, Robbe-Grillet entendía que esa carga de valores o significados políticos y sociales a la obra eran un artificio:

...esa forma generosa, pero utópica, de hablar de una novela, de un cuadro o de una estatua como si pudieran tener el mismo peso en la acción cotidiana que una huelga, una revuelta, o el grito de una víctima que denuncia a sus verdugos, traiciona a la vez, a fin de cuenta, tanto al Arte como a la Revolución. Muchas confusiones de ese tipo se han cometido en los últimos años en nombre del realismo socialista.[31]

Sospecho que la cuestión del compromiso debió parecerle a Robbe-Grillet un artificio innecesario en el que resonaban los efectos del realismo socialista para el escritor o, incluso, una limitación de sus posibilidades. Su crítica no partió de un nihilismo político o social, desde 1956 apostó por «un mundo más sólido, más inmediato. Que sea ante todo por su presencia que se impongan los objetos y los gestos, y que esta presencia continúe luego dominando, por encima de cualquier teoría explicativa que intentara encerrarlas en un sistema de referencia cualquiera, sentimental, sociólogo, freudiano, metafísico, u otro».[32] Finalmente, Robbe-Grillet se inclinó por un compromiso, no de naturaleza política, sino de la plena conciencia de los problemas actuales del propio lenguaje.

Desde la otra esquina, Juan Goytisolo, en su texto respuesta «¿Formalismo o compromiso literario?» discrepaba del autor francés a la hora de entender la relación política-literatura. Para el escritor español, las observaciones del teórico de la nouveau roman eran pertinentes, pero exigían ciertas aclaraciones, principalmente situarlas en su contexto pues era bien diferente el que vivía Francia respecto al de España o América Latina. Lo primero que recalcaba Goytisolo era el lugar desde el que se comunicaba Robbe-Grillet: Francia, «en donde la libertad de pensamiento y de palabra son una realidad y la igualdad de derechos políticos no es una fórmula hueca»,[33] ello le daba al escritor cierta «libertad de decisión»[34] a la hora de posicionarse o no políticamente, pero la realidad de España y Latinoamérica era bien distinta. Las realidades regionales o nacionales imponían otro tipo de compromiso público, sin caer en los clichés del escritor como miliciano de una época, se hacía necesaria otra postura. El universalismo de pensar que las circunstancias de la literatura en Francia eran las mismas que la de otros países o continentes podía traer terribles consecuencias para entender a plenitud los roles impuestos al escritor en zonas como América Latina o España donde abandonar reflejar la realidad política y social «traería como consecuencia inmediata la elaboración de una obra mimética, simple refrito de la de aquellos países que, como Inglaterra, Alemania o Francia han alcanzado un nivel político, cultural y económico superior».[35]  

Sin ser una exigencia, para Goytisolo, el escritor jugaba un rol fundamental en contextos autoritarios y represivos: «Cuando la prensa no refleja las tensiones y contradicciones dinámicas de la sociedad… el escritor –poeta, dramaturgo o novelista– se convierte a pesar suyo, en el portavoz de esa dinámica de estos sentimientos, de estos intereses, desempeñando un papel, que, en cierto modo, se asemeja al de una válvula de escape».[36] La postura de Goytisolo estaba en consonancia con su disidencia intelectual y su rol crítico en cuanto a la dictadura franquista y su posicionamiento intelectual en los sesenta.

El desdoblamiento propuesto por Grillet entre el compromiso del ciudadano y el compromiso del artista no puede aplicarse a aquellos países en donde las faltas de libertades políticas elementales –como el caso de España– o la adulteración de la ideología revolucionaria al servicio de una dictadura de tipo personal –como lo fue la Unión  Soviética por espacio de cinco lustros– obligan al público a utilizar la literatura como una válvula de escape y empujan al escritor auténtico a colocarse a la cabeza de un combate que, saliéndose de los cauces de lo estrictamente literario, es, pura y llanamente, un episodio más de la lucha ininterrumpida de los pueblos por su libertad.[37]

Resulta interesante el razonamiento de Goytisolo en cuanto al compromiso político. Su planteamiento no era la apuesta por un compromiso que surgiera de la politización del autor sino de una necesidad contextual. Desde su experiencia en contextos dictatoriales, abogó por un compromiso de resistencia que sin declararlo buscaba romper la censura de la violencia política. El escritor aquí no debía abandonar las exigencias estéticas o la calidad de su obra, sino asumir la conciencia de sus circunstancias. El arte de polemizar en Goytisolo es innegable, sus palabras no son un reclamo ni una exigencia, sino una postura. El compromiso político ha sido entendido, en muchas ocasiones, como el simple salto del escritor a la vida política: militar en un partido o abandonar la creación literaria en función de la acción social. Goytisolo se alejó de esta postura y aunque defendió un compromiso fue uno «[…] determinado de antemano por la situación articular del artista dentro de la sociedad de estos países y debido a las exigencias –más o menos formuladas, más o menos explícitas– de su público». El vínculo entre política y literatura era una empresa liberadora para Goytisolo que se articulaba «contra la opresión, monopolios de ideologías, dogmas».[38]

De acuerdo con el escritor español, este tipo de compromiso «artesanal» que mostraba Robbe-Grillet no implicaba la exigencia de lo político y podría ser perfecto para un futuro, pero en las circunstancias actuales que vivían los países latinoamericanos o España, no era factible. El texto de Goytisolo buscó criticar las posturas que, más que ahondar en la complejidad de las circunstancias de la producción literaria de la época, se lanzaban a adjetivizar al escritor con demasiada ligereza. Se trató de construir un concepto de intelectual para condiciones históricas en constante contingencia.

Cuando no hay libertad política todo es política y el desdoblamiento entre escritor y ciudadano desaparece. En este caso la literatura acepta ser un arma política o deja de ser literatura y se convierte en un leo [sic] inauténtico de la literatura de otras sociedades situadas a diferentes niveles… Por el momento –quiéralo o no Robbe-Grillet– los escritores españoles, como los soviéticos y los de la casi totalidad del mundo, con excepción de Francia, viviremos un largo tiempo perseguidos por la política.[39]

A lo largo de toda su intervención, Juan Goytisolo plantea una concepción de la literatura estrechamente ligada a la urgencia histórica y a la necesidad de intervención política del escritor, entendiendo la escritura como una herramienta de denuncia frente a las formas de opresión y desigualdad propias del contexto latinoamericano. La literatura aparece así investida de una función política explícita, orientada a la toma de posición y al compromiso con los procesos revolucionarios en curso. Si bien estas posiciones han sido leídas habitualmente como gestos de lucidez política frente a contextos autoritarios, una lectura retrospectiva permite advertir que también contribuyen a fijar un modelo de intervención del escritor que no está exento de tensiones y límites. 

Desde que en 1898 el manifiesto J'Accuse…! redactado por Emile Zola puso el acento de lo público y lo político en el escritor, el debate sobre su rol social y su tránsito a sujeto intelectual ha sido candente.  La postura de estos escritores de lanzarse a lo político, al espacio público y reclamar justicia fue el acto distintivo que enunció al escritor como un sujeto con una capacidad activa de transformación social. En este caso la polémica se generó alrededor de un sujeto social: el escritor y sus roles manifestados en sus distintos compromisos y muestra las disputas frente a un concepto que se intenta redefinir en un momento álgido determinado.

Como bien expresó Julio Cortázar, uno de los escritores más vinculados a los debates sobre dicha instrumentalización política de la literatura «Los escritores de los sesenta asistieron a una negociación entre diferentes poéticas y concepciones del rol del escritor como actor social».[40] Las diferentes poéticas y concepciones del rol del escritor que estuvieron en pugna representaron tensiones políticas e ideológicas que tenían lugar al mismo tiempo. La batalla por el lenguaje correcto en torno al escritor o intelectual fue resultado de posturas que muchas veces simplificaban la convulsa realidad que se vivía. En algo acertó Goytisolo al respecto, los debates parecieron muchas veces un diálogo de sordos en el que diferentes posturas solo necesitaban hacerse escuchar para validar su estatus intelectual: algunas clasificaciones políticas para la literatura «en lugar de ceñir el tema, lo dejan escurrirse y escapar entre sus mallas; de dilemas aparentes que, si examinamos con mayor detenimiento, no contienen ni pueden contener verdad o posibilidad de verdad alguna».[41]

Las disputas sobre la función de la literatura en la polémica entre Robbe-Grillet y Goytisolo demuestran que hubo muchos matices y no todas las posturas oscilaron entre el binarismo de compromiso o no compromiso. La defensa de Goytisolo no fue la de una literatura panfletaria al servicio de un partido o del estado, bien comenzó su ensayo alertando que:

 ...las cosas no son tan claras como parecen en un comienzo, ni tampoco tan simples. Estas alternativas apresuradamente fabricadas, estos conceptos de arte-fin o arte-instrumento no resuelven ni mucho menos los problemas que los intelectuales nos planteamos; antes bien, los escamotean y, acaso, los complican. Se trata, como veremos luego, de clasificaciones superficiales que, en lugar de ceñir y delimitar el tema, lo dejan escurrirse y escapar entre sus mallas.[42]

El autor español era consciente de las ataduras que podían generar los vínculos entre política y literatura o entre compromiso y creación. Tal como narró en sus memorias En los reinos de Taifa tales sospechas lo llevaron a alejarse desde mediados de los setenta de proyectos de este tipo hasta terminar sus días en Marruecos, prácticamente aislado de la esfera pública.[43]

El debate entre Robbe-Grillet y Goytisolo se insertó también en una de las principales zonas de conflicto sobre el compromiso en los años sesenta, la dicotomía entre el compromiso de la obra y compromiso del autor. Al respecto Claudia Gilman plantea que

El mayor problema que presentaba la noción [el compromiso] era el deslizamiento entre dos polos: compromiso de la obra y compromiso del autor. El compromiso de la obra involucraba un hacer específico el canon de la cultura y en los programas estéticos, aunque las fundamentaciones sobre cómo se trasladaba a la obra una supuesta estética del compromiso no fueran unánimes. La obra comprometida podía ser, para algunos, formulada en términos ya de la estética realista, ya de la estética «vanguardista» o de la ruptura.[44]

Esta dualidad, compromiso del autor o compromiso de la obra, formulaba dos disposiciones fundamentales del campo intelectual latinoamericano de los 60: los escritores que abogaban por una acción social o política como cumplimento de su misión intelectual y los que defendían que la mejor forma de expresar el mentado compromiso era lograr una obra que expresara desde su renovación estética o de contenido lo revolucionario en un sentido más amplio. Si la mirada de Robbe-Grillet se posaba en la obra, la de Goytisolo se posaba en el autor.

Mientras Goytisolo escribía desde un lugar posicionado políticamente, Robbe-Grillet apostaba por una literatura del objeto y no del sujeto, una literatura que se apartaba de presupuestos ideológicos y morales: «Así, la escritura de Robbe-Grillet, en sus descripciones literales y desnudas, puede verse retrospectivamente como el intento de llegar a un lenguaje despojado de ideología y, por tanto, crítico en su desnudez.»[45] En estos opuestos se encontraron muchos de los debates de la época. Sin embargo, la polémica nos demuestra que las posturas de algunos autores eran más complejas y que hubo una gran variedad de enfoques a la hora de pensar el compromiso.

Al leerla desde una perspectiva contemporánea, la posición de Juan Goytisolo, aun en su lucidez contextual, reproduce algunos de los supuestos más persistentes de la tradición latinoamericana del compromiso: la centralidad del escritor como portavoz, la literatura como arma política y la subordinación de la forma a una urgencia histórica. Si bien estas categorías resultan comprensibles en contextos autoritarios, también contribuyen a fijar un modelo de intervención que limita las posibilidades de la escritura. En este sentido, la desconfianza de Robbe-Grillet hacia la instrumentalización política de la literatura, leída en su momento como esteticismo o evasión, puede ser reinterpretada no como despolitización, sino como una defensa radical de la autonomía de la forma frente a los mandatos del presente.

Más que resolver la tensión entre compromiso y formalismo, la polémica puso en evidencia la dificultad de pensar una literatura que no sea inmediatamente capturada por categorías políticas preexistentes. Tal vez por ello, la provocación de Robbe-Grillet «allí apenas se habla de literatura» conserva aún su potencia crítica: no como negación de lo político, sino como advertencia sobre los riesgos de una literatura que renuncia a interrogar sus propios medios. La polémica no clausuró un debate, sino que expuso un campo de fuerzas en el que la relación entre literatura y política permanece abierta, inestable y conflictiva dejando expuesta una interrogante que sigue siendo productiva: cómo pensar la relación entre literatura y política sin reducirla a mandatos previos ni a oposiciones simplificadoras.

Consideraciones finales 

El debate entre Goytisolo y Robbe-Grillet tuvo una amplia recepción en América Latina, además de su publicación en Casa de las Américas, en agosto del mismo año, Mario Vargas Llosa publicó en las páginas del periódico Expreso, de Lima, «Una teoría iconoclasta I» y «Una narración glacial II», analizando las ideas sobre formalismo y nueva novela del francés. Aunque más enfocado en discutir la teoría literaria de la novela que proponía Robbe-Grillet, Vargas Llosa no perdió la oportunidad para hacerse eco de la polémica y publicitar una próxima mesa de debate que dialogaría sobre el rol social de la literatura.  

Las mesas y encuentros del momento reflejaron el interés por discutir el papel del intelectual y la literatura. Por ejemplo, en 1964, en el Palacio de la Mutualité, se congregaron seis escritores: Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Jorge Semprún, Jean Ricardou, Jean-Pierre Faye e Yves Berger en un encuentro titulado «¿Cuál es el poder de la literatura?». Se abordaron ahí la naturaleza de la obra de ficción, el rol del artista en la sociedad y las relaciones entre la literatura y la historia. El debate giró en torno a la cuestión de la subordinación de la literatura a los intereses políticos, así como sobre si la literatura es un medio o un fin en sí misma. Mientras los primeros defendieron una postura comprometida, Jean Ricardou planteaba que «La obra de arte no necesita justificación alguna: es, al igual que el mundo, una forma viviente», y para un escritor, concluía Ricardou, «una revolución, una batalla, una mesa o un árbol tienen exactamente la misma importancia».[46] 

En los estudios sobre intelectualidad en los sesenta latinoamericanos se tiende a priorizar autores vinculados al proceso revolucionario cubano; Julio Cortázar, Roque Dalton, Vargas Llosa, Ángel Rama, Fernández Retamar son los más mencionados, pero vale la pena recabar en otras y otros autores que de cierta forma estuvieron al margen de esta red intelectual, en el sentido no de participación sino de vínculos a las instituciones o revistas centrales como Casa de las Américas. Juan Goytisolo es un ejemplo de un escritor que estableció una «valiosa conexión entre París, Barcelona y América Latina»,[47] su postura siempre contó con una lucidez que le llegaba gracias a estar vinculado a las redes intelectuales de América Latina y a la vez tener una mirada desde afuera.

La polémica Robbe-Grillet-Goytisolo nos permite pensar los debates sobre la condición intelectual del escritor no solo como una discusión continental sino también global, que se movió a ambos lados del Atlántico. No es casual que dos de las revistas más importantes en estas discusiones en los sesenta y a inicios de los setenta, Mundo Nuevo (1966-1971) y Libre (1971-1972), se hayan, aunque pensado desde una red hispanoamericana intelectual, realizado desde París y Barcelona. Como bien ha señalado Zolov,[48] la dimensión transnacional de la protesta social y cultural durante los sesenta globales fue notable. Los viajes de estos debates fueron constantes a lo largo de occidente. Por ejemplo, si a inicios de los sesenta, los soportes principales de esas discusiones eran latinoamericanos Casa de las Américas, Marcha, Pasado y Presente, Eco Contemporáneo, para fines de los sesenta, la discusión sobre literatura y política se movió de América Latina a Europa con la revista Mundo Nuevo y también con la revista Libre que fundaría el mismo Goytisolo en 1971 y, posteriormente, a México con Plural y Vuelta.

Referencias bibliográficas:

Revistas y periódicos

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Contribución de los autores (Taxonomía CRediT): la única autora fue responsable de la: 1.  Conceptualización, 5. Investigación, 6. Metodología, 13.  Redacción - borrador original, 14.  Redacción - revisión y edición.

 

Disponibilidad de datos: El conjunto de datos que apoya los resultados de este estudio no se encuentra disponible.

 

Editor responsable José Antonio Saravia: jsaravia@correo.um.edu.uy



[1] Se utilizará cursiva para hacer referencia a la revista.

[2] Autores como Luisa Campuzano, Juan Carlos Quintero Herencia y Nadia Lie coinciden en que de 1960 a 1965 Casa de las Américas vivió, lo que pudiéramos llamar, su primera época bajo la dirección de Haydée Santamaría hasta que en 1965 la dirección de la revista pasó a Roberto Fernández Retamar y el consejo de redacción presidido por Antón Arrufat se disolvió y se creó un nuevo comité de colaboración transnacional.

[3] Algunos de los momentos más importantes al respecto en esta primera etapa de Casa de las Américas fueron el ensayo “El compromiso intelectual”, de Paul Baran; “Poesía y militancia en América Latina”, de Roque Dalton, en 1963 y “Conversación sobre el arte y la literatura”, una de las mesas redondas más importantes organizadas por Casa para el número 23-23 de 1964 en la que estuvieron presente Roberto Fernández Retamar, Lisandro Otero, Luis Suardiaz, y donde se discutió también, junto al público presente, las cuestiones más acuciantes de arte y literatura en Revolución, libertad de creación y responsabilidad social.  

[4] Semanario cultural del periódico cubano Revolución, órgano del Movimiento 26 de julio, que se publicó de 1959 a 1961 y contó con la participación de una joven generación de escritores y artistas que apostaron por el compromiso revolucionario y libertad de creación como paradigmas discursivos.

[5] En 1965 el “Consejo de redacción” se renombró como “Comité de colaboración,” la dirección de la revista pasó de Haydée Santamaría a Fernández Retamar y fue suspendido el Consejo de Redacción guiado por Antón Arrufat tras conflictos internos. En el libro Transición y transacción. La revista cubana Casa de las Américas 1960-1976, en entrevista con Nadia Lie, Arrufat comenta que a la revista se le empezaron a ver “cosas malas”. Por ejemplo, el hecho de publicar alguna personalidad que no tuviera que ver directamente con la revolución o que no estuviera «definida políticamente» era tema de contradicción. En aquella circunstancia de contradicciones «Haydée propone que se haga una revista de carácter más político, menos literario (…) una revista más institucional, que refleje también el trabajo de la Revolución en la cultura (…)». Antón Arrufat también recordó que la publicación del texto de Robbe-Grillet, al igual que “Mi país” de Eugenio Evtuchenko, fue uno de los artículos que luego de publicados, representaron una de las razones de su salida.  

[6] Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina (Buenos Aires: Siglo XXI, 2003), 114.

[7] Las relaciones de Ángel Rama con Casa de las Américas y con la Revoluciona cubana se hicieron más intensas a medida que avanzó la década, llegando a ser el crítico uruguayo un fiel portavoz de la política cultural del régimen cubano. En 1964 visitó Cuba como parte del jurado del premio literario y a partir de ese momento estuvo en varias ocasiones por la Habana. De 1965 a 1971 formó parte del consejo de redacción de Casa, y fue jurado del premio en la categoría de novela en 1964 y 1969.

[8] Diccionario etimológico castellano en línea, http://etimologias.dechile.net/

[9] Cfr: Paul de Man y Judith Podlubne, Barthes en cuestión (Nube Negra y Bulk Editores, 2020).

[10] Ricardo Piglia, Las tres vanguardias: Saer, Puig, Walsh (Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2016), 60.

[11] No es mi intención aquí extenderme en la teoría literaria sobre los géneros y formas de narrar en el siglo XX, sólo subrayar que asumir la polémica como un género no es una idea arriesgada. Las maneras en que narramos el mundo, entendiendo aquí narración como acto de otorgar sentido, son tan variadas como inagotables. Los géneros, esa forma de clasificar nuestras narraciones de y sobre el mundo, se han diversificado a lo largo de la historia. En la antigua Grecia, por ejemplo, el diálogo socrático, llevado a su máxima expresión por Platón, tomó referentes del teatro y la filosofía. Desde los albores de la modernidad los géneros se diversificaron: novela histórica, memorias de viaje, novela negra, espionaje. Desde mediados del siglo XX se fueron quebrando los sistemas clasificatorios y compartimentados de la Modernidad a la hora de organizar la literatura y sus géneros. La hibridación comenzó a tener lugar y surgieron microficciones, novelas posmodernas, realismo mágico, teatro del absurdo o el género queer. Estas fronteras borrosas entre un género u otro fueron explicadas por Tzvetan Todorov en El origen de los géneros en donde afirma que asistimos a nuevas formas de entender la misma idea de género y a una “desaparición de los géneros-del-pasado”. Así, “el género” más que un esquema infranqueable, es una clasificación flexible que se mueven a la par del pensamiento y la experiencia. Tzvetan Todorov, El origen de los géneros, C.N.R.S. París, https://cursa.ihmc.us/rid=1HQW0DN2Y-25N908L-1KYT/todorov.pdf

[12] Rafael Rojas, La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría (México: Penguin Random House Grupo Editorial, 2018).

[13] Idalia Morejón Arnaiz, Política y polémica en América Latina: La revista Casa de las Américas y Mundo Nuevo (Leiden: Almenara, 2017), 12.

[14] Jacques Rancière, La política de la literatura (Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2011).

[15]Fornet aludía a La isla, novela de Juan Goytisolo que, pese a su título, no tenía que ver con Cuba. Rechazada por la censura española por “obscena” y “degenerada”, se imprimió en México en 1961. Al año siguiente se publicó la edición cubana. Ediciones R era un sello editorial asociado con el diario Revolución y su excelente suplemento Lunes de Revolución, por entonces ya cerrado”: Aguirre, Carlos. “Noticias desde La Habana”. La ciudad y los perros. Biografía de una novela. (blog), 15 de mayo, 2020, https://blogs.uoregon.edu/lcylp/2020/05/15/noticias-desde-la-habana/

[16] Jordi Gràcia García, La resistencia silenciosa: Fascismo y cultura en España (Barcelona: Anagrama, 2004).

[17] Alain Robbe-Grillet, Por una nueva novela (Buenos Aires: Cactus, 2010), 39.

[18] La escasa recepción de la crítica y el pensamiento francés de los años sesenta, en particular de autores como Roland Barthes y Michel Foucault, en los debates sobre la intelectualidad en Cuba, puede entenderse también a la luz de la postura de Robbe-Grillet. La ausencia de estas figuras en las referencias teóricas de revistas como Casa de las Américas no fue fortuita, sino que respondió a una orientación ideológica y cultural que limitó la incorporación de corrientes del pensamiento contemporáneo que no se correspondieron con las políticas culturales del régimen.

[19] Al respecto, valdría la pena anotar que no ha sido muy revisado el diálogo del boom con otros movimientos como la nouveau roman. A pesar de las distancias estéticas, no es casual que su mercado sea el mismo. De cierta forma, se pudiera afirmar que el boom complementó las ausencias de contenido y forma de la segunda y viceversa.

[20] JeanPaul Sartre, ¿Qué es la literatura? (La Habana: Imagen Contemporánea, 2005), 5.

[21] Raymond Aron, “Los intelectuales y la política”, Revista de la Universidad de México 39, n° 30 (octubre de 1983): 2.

[22] Frase atribuida al periodista Jean Daniel Bensaïd, que se popularizó en la década de los 60 para declarar una postura ideológica e intelectual.

[23] Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil, 62.  

[24] Alain Robbe-Grillet, “La literatura perseguida por la política”, Casa de las Américas 4, n° 26 (La Habana, 1964): 152.

[25] Alain Robbe-Grillet, “La literatura perseguida por la política”, 152.

[26] Alain RobbeGrillet, Por una nueva novela, 1956, 61.

[27] Alain Robbe-Grillet, “La literatura perseguida por la política”, Casa de las Américas 4, no. 26 (La Habana, 1964): 154.

[28] Alain Robbe-Grillet, “La literatura perseguida por la política”, 154.

[29] Alain RobbeGrillet, Por una nueva novela, 70.

[30] Alain RobbeGrillet, Por una nueva novela, 64-65.

[31] Alain RobbeGrillet, Por una nueva novela, 67-68.

[32] Alain RobbeGrillet, Por una nueva novela, 51.

[33] Alain Robbe-Grillet, “La literatura perseguida por la política”, 148.

[34] Alain Robbe-Grillet, “La literatura perseguida por la política”, 148.

[35] Alain Robbe-Grillet, “La literatura perseguida por la política”, 149.

[36] Juan Goytisolo, “Formalismo o compromiso literario”, Casa de las Américas 4, n° 26 (La Habana, 1964): 150.

[37] Juan Goytisolo, “Formalismo o compromiso literario”, 150.

[38] Juan Goytisolo, “Formalismo o compromiso literario”, 151.

[39] Juan Goytisolo, “Formalismo o compromiso literario”, 151-152.

[40] Jaume Peris Blanes, “La Policrítica de Cortázar. La autonomía de la literatura entre las exigencias de la revolución”, Hesperia. Anuario de filología hispánica 12, n° 2 (2009): 93. https://revistas.uvigo.es/index.php/AFH/article/view/573

[41] Juan Goytisolo, “Formalismo o compromiso literario”, 148.

[42] Juan Goytisolo, “Formalismo o compromiso literario”, 148.

[43] Juan Goytisolo, En los reinos de taifa (Madrid: Alianza Editorial, 2015).

[44] Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil, 144.

[45] Sandra Santana Pérez, “Contra la profundidad: la recepción de Roland Barthes y Alain RobbeGrillet en la sensibilidad minimalista”, Escritura e Imagen 15 (2019): 37. https://dx.doi.org/10.5209/esim.66725ARTÍCULOS

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