MARIA FLORENCIA ANTEQUERA - LA CONSTRUCCIÓN DEL ENTRAMADO NARRADOR –PORTAGONISTA TEXTUAL- AUTOR EN LA OBRA DEL ESCRITOR SANTAFESINO ALCIDES GRECA (1889-1956): RELATO DE VIAJE Y AUTOBIOGRAFÍA - doi: https://doi.org/10.25185/5.7

 

María Florencia Antequera

IH IDEHESI CONICET

mfantequera@hotmail.com

ORCID iD: https://orcid.org/0000-0003-4945-7872

 

Recibido: 05/08/2018 - Aceptado: 27/12/2018

 

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Antequera, María Florencia. “La construcción del entramado narrador-protagonista textual-autor
en la obra del escritor santafesino Alcides Greca (1889-1956): relato de viaje y autobiografía”. Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, nº 5, (2019): 177-212.
https://doi.org/10.25185/5.7

 

La construcción del entramado narrador -protagonista textual- autor en la
obra del escritor santafesino
Alcides Greca (1889-1956):
relato de viaje y autobiografía

Resumen: en este artículo nos interesa abordar cómo opera la articulación narrador- protagonista textual- autor, en los relatos de viajes del intelectual argentino Alcides Greca (San Javier 1889- Rosario, 1956). De alguna manera, esta cuestión nos conduce a plantearnos algunas aristas del funcionamiento de lo autobiográfico en su literatura. Teniendo en cuenta esos resortes del género relato de viajes, que ocupan un lugar de relevancia, como la descripción, la intertextualidad, la mirada performativa, por citar solo algunos, entendemos que el entramado narrador- protagonista textual- autor pivotea esta y otra serie de rasgos vinculados y que resulta, a las claras, necesario cartografiar: el pacto autobiográfico, el contrato de lectura, el despliegue del yo en el texto, el efecto de realidad. El estatuto ficcional del género (y de estos relatos de viajes particularmente) es peculiar: abonamos la tesitura de que tanto los recuerdos como los medios de locomoción vehiculizan la construcción de la cuestión autobiográfica.

Palabras clave: autobiografía, relato de viaje, obra de Alcides Greca.

 

The Upbuilding of the Framework
Narrator-Textual Protagonist-Author in the Work of the Santafecino Writer Alcides Greca (1889-1856): Travel Tales and Autobiography.

Abstract: In this paper we are interested in showing how the interaction between Narrator-Textual Protagonist-Author operates in the travel writing of the argentine intellectual Alcides Greca (San Javier, 1889- Rosario, 1956). In certain way, this matter leads us to set out some aspects of the performance of the autobiographical topic in his literature. Considering that the resources for genre travel writing occupy a relevant place, like the description, the intertextuality and the performative glance, among others, we understand that the interaction between Narrator-Textual Protagonist-Author relies on this and other series of related features that, evidently, are necessary to map: the autobiographical pact, the reading contract, the unfolding of the self in the text, the reality effect. The own fictional character of the genre –and, particularly, of these travel writing– is peculiar: we hold on to the position that the memories as well as the means of locomotion enable the construction of the autobiographical issue.

Keywords: autobiography, travel writing, Alcides Greca works.

 

A construção da narrador- protagonista
textual- autor na obra do escritor
de Santa Fe Alcides Greca (1889-1956):
relato de viagem e autobiografia.

Resumo: Neste artigo interessa-nos como se constrói o narrador- autor- protagonista textual, nos relatos de viagem do intelectual argentino Alcides Greca (San Javier 1889- Rosário, 1956). De certa forma, essa questão nos leva a considerar algumas arestas do funcionamento do autobiográfico em sua literatura. Levando em conta a descrição, a intertextualidade, o olhar performativo, para citar apenas alguns, entendemos que a construção narrador - autor- protagonista textual articula essa e outra série de traços interligados e que é, claramente, necessário mapear: o pacto autobiográfico, o contrato de leitura, o desdobramento do eu no texto, o efeito da realidade. O status fictício de género (e esses relatos de viagem em particular) é peculiar: acreditamos que tanto as memórias quanto os meios de locomoção manifestam a construção da questão autobiográfica.

Palavras chave: autobiografia, relatos de viagem, obra de Alcides Greca.

 

Juego de confusiones

Protagonista textual, personaje, autor real, narrador resultan, como sabemos, categorías de diverso orden pero entrecruzadas en los relatos de viajes en general y en los de Alcides Greca (San Javier 1889- Rosario, 1956), en particular. Aunque pensamos que estas nociones a desarrollar en este artículo se podrían aplicar –en mayor o menor medida– a todos sus relatos de viajes, haremos hincapié, por cuestiones metodológicas, en La torre de los ingleses, libro que data de 1929 y que recoge las experiencias viajeras por Latinoamérica de quien fuera un destacado intelectual santafesino de la primera mitad del siglo XX. Escritor, jurisconsulto, pionero cineasta, interesado en problemas de urbanismo, docente universitario en la Universidad Nacional del Litoral, parlamentario dentro de las filas del radicalismo son los elementos clave que jalonan y configuran su itinerario biográfico.

En este artículo nos proponemos abordar la articulación narrador- protagonista textual- autor puesto que entendemos que esta articulación contribuye a resignificar algunos enclaves del funcionamiento de lo autobiográfico. En efecto, mediante la primacía de la descripción, el recurso de la intertextualidad y la construcción de una mirada performativa, entre otros, se van delineando algunas características propias del relato de viajes que se vinculan al entramado narrador- protagonista textual- autor. En este sentido, en los relatos de viajes de Alcides Greca tanto el tratamiento de los recuerdos como, más fuertemente aún, la perspectiva (sensorial y visual) que instauran los medios de locomoción vehiculizan la construcción de la cuestión autobiográfica: nuestra apuesta es que el yo condensado del autor- narrador- personaje también se configura en los desplazamientos. En otros términos, podríamos sostener que los traslados y los medios utilizados aportan elementos para conformar las inquietudes y los intereses de un letrado en plena década del veinte y también muestran el carácter relacional que detenta la experiencia, ya que, como se puede vislumbrar, son constantes las ocasiones de socialización.

Para comenzar podríamos preguntarnos: ¿cuál podría ser el abordaje más productivo en torno al núcleo tripartito entre narrador, protagonista textual y autor en estos relatos de viajes? En primer término, entendemos que estos textos legibilizan y legitiman una subjetividad moderna,[1] un yo que avanza y se despliega en el relato. Para responder a este interrogante resulta insoslayable enfatizar en que el contrato de la literatura de viajes es ese pacto autobiográfico que, de alguna manera, nos obliga a involucrarnos en el juego de confusiones entre protagonista textual y autor real, según explica el catedrático alemán Ottmar Ette.[2]

En esta dirección, el crítico español Alburquerque-García expresa que un eje vertebrador del género es la identidad entre autor, narrador y personaje, en línea con los postulados discursivos de Lejeune:

La identidad entre las instancias autor, narrador y personaje es otro de los pilares de los relatos de viaje. En este punto podría entrar en competencia con el género de la autobiografía […] Baste con recordar que en la autobiografía prevalecen la vida y la evolución del protagonista, en tanto que en el relato de viajes estos aspectos, que sí importan, son subsidiarios de la información, las noticias, las descripciones y el propio trayecto, su objetivo último, al que queda subordinado todo lo demás. Si acaso, el narrador/autor del relato de viaje no narra sino un simple ‘pedazo de su vida’ (tranche de vie).[3]

Ubicuamente desplegada en estos textos, la autobiografía se relaciona con el relato de viajes ya que Greca nos cuenta anécdotas en torno a los lugares visitados, los personajes conocidos en el camino, los medios de locomoción utilizados y la perspectiva visual que estos instauran. También son de la partida las obras de arte latinoamericano que lo deslumbran y dejan una impronta en su formación como letrado, ciertos recuerdos de infancia que generan algunos paisajes, el modo de socializar con otros viajeros, la tipificación de algunas ciudades recorridas, entre otros. Si el pacto autobiográfico es la afirmación textual de la identidad entre autor, el narrador y el personaje, en última instancia estaría certificada por el nombre del autor en la tapa.[4] En cierta forma, quizás extremando el planteamiento, podríamos pensar que el relato de viajes opera como una autobiografía limitada al periodo de duración de un periplo, cuya narración se articula siguiendo las pautas de cronología e itinerario que el trayecto determina.

No obstante, discrepamos con el planteo de que el vínculo sea en términos de identidad entre autor, narrador y personaje. En este sentido, aunque nos valemos de la noción de pacto autobiográfico, consideramos que estas instancias no son idénticas sino que responden a diversos órdenes semánticos y lógicos. Según recoge Colombi: “Podríamos decir con Barthes, ‘quien habla (en el relato), no es quien escribe (en la vida) y quien escribe no es quien existe’”.[5] Preferimos utilizar entonces correspondencia, convergencia, entramado o solidaridad –esta última noción planteada por Colombi[6]– para definir el vínculo narrador- protagonista textual- autor, que plantearlo en los términos problemáticos –o contranatura[7]– de identidad.

Otro modo que nos parece productivo para explicar la vinculación entre el narrador y el personaje (o protagonista textual) es que pueden ser definidos coincidentemente como sujetos de la enunciación y del enunciado. Desde el principio de la obra, el escritor está presente en sus páginas con comentarios sobre su personalidad. Pero no olvidemos apuntar que lo autobiográfico es necesariamente ficcional, aunque quiera (y crea) cumplir el precepto de adecuación a lo “verdaderamente vivido”.

Si en el relato de viajes prima el tránsito y el desplazamiento por sobre el anclaje, y la descripción por sobre la narración, resultan insoslayables también ciertas pregnancias de datos autobiográficos, aficiones, gustos, añoranzas que incluyen desde los pormenores más nimios, por ejemplo, las incomodidades del viaje, hasta el posicionamiento ideológico de Greca: nos referimos a sus denuncias en torno a las injusticias sociales y su encuadre político partidario.

Efectivamente, Greca es un viajero atento: “Me gusta sorprender aspectos que todo el mundo ve, pero de los que nadie se da cuenta”.[8] Sus impresiones urden la trama textual y esta excede la simple enumeración de historias aunque abundan las anécdotas de diversos calibres y una pátina de denuncia social en lo referente a los postergados mocovíes –temática recurrente en su producción– o a la situación de los habitantes del Chaco y su vínculo con la empresa “La Forestal”, por ejemplo.

La presencia en estas crónicas de un posicionamiento ideológico, que conduce a Greca a asumir una postura crítica con respecto a la situación socioeconómica de ciertas regiones postergadas –La Rioja, por ejemplo– o bien de comunidades ninguneadas y marginadas –como los indígenas mocovíes[9]– va construyendo un perfil y delineando los intereses del sujeto viajero.

En el discurrir textual, se define asimismo como turista de segunda clase”,[10] es decir, como un sujeto ambulatorio sin muchos medios económicos, punto expresado recurrentemente en el texto: “No sin cierta angustia noto que la moneda escasea en mis bolsillos”.[11] Nuestro viajero es asimismo un sujeto joven, puesto que estos viajes son realizados entre sus 30 y 40 años de edad.

En su paso por tierras jujeñas retoma la preocupación por la escasez de dinero y expone:

En Atocha noté, no sin cierta alarma, que mi cartera había enflaquecido en forma apreciable. Con tan poco combustible me sería imposible llegar hasta Rosario. Antes de emprender viaje, me dirigí a la oficina telegráfica, un modesto rancho de barro, y envié un despacho a un amigo pidiéndole me girara algunos pesos a La Quiaca.[12]

Paralelamente, se van desplegando otras características de nuestro sujeto viajero que podrían definirse del siguiente modo: masculino, laico, instruido, rosarino por elección, político y dirigente del Partido Radical. Un fragmento de La torre… compila estos últimos rasgos: “He bebido en un solo día más vino riojano que en un mes de comilonas y banquetes en mi cuotidiana (sic) vida de político rosarino”.[13]

Al no formar parte habitual del paisaje descrito, dada su condición de viajero, el narrador y el turista, y deberíamos apuntar también, el escritor y el protagonista del relato de viajes convergen en la textualidad. El turista, que va saltando de un tren a un vapor, como apunta Greca, visita muchos sitios, acopia experiencias y sensaciones y, en ese devenir, se cifra otra de sus características, quizás la que a primera vista nos remite el término turista: la fugacidad de sus visitas, la interinidad[14] que practica. Como expone Salabert:

Si el objeto turístico encuentra pues su mejor definición en la estabilidad, el turista nace del viaje engendrado por el paseo. Y aunque se nutre de rapidez, la fugacidad lo desarrolla. Nunca mucho tiempo en el mismo sitio es su eslogan.[15]

Puesto que definimos el rol del turista como un consumidor de exotismo para quien el punto de referencia es su país, esta cuestión inquietante en Greca podría traducirse como su ciudad, ya que es Rosario su punto de referencia para comparar.[16]

En el cap. III de La torre… titulado “Rumbo a los Andes”, Greca explicita que este viaje se concreta como “viaje de estudios con sus ribetes de turismo, lo vamos realizando sin pretensiones de proeza. No hemos salido a descubrir países: apenas si a sorprender aspectos”.[17] Es confeso el propósito de mostrar que los viajes de La torre… están motivados por el deseo de conocimiento y pueden “equivaler a varios años de universidad”.[18] En estos términos, Greca, profesor universitario, reconoce la tensión entre “conocimiento de la vida” y conocimiento letrado, dos campos en disputa. La experiencia del viaje, como revela La torre…, es otro modo de conocer para Greca.

Sin embargo, sabemos que cada viajero carga con su propio equipaje conformado por sus lecturas y su bagaje que condicionan su percepción:

Los conocimientos previos del viajero influyen invariablemente en su percepción de la realidad (y, por ende, a nivel textual, en la perspectiva del yo narrado, al que se le traspasa la función narradora de lo ‘directamente vivido’). La función del yo narrador consiste, por regla general, en garantizar la transmisión de informaciones poniéndolas siempre en correlación con los acervos de conocimiento existentes.[19]

En rigor, como no hay viajeros puros que solo transmitan aquello que perciben por la vista, los conocimientos del viajero influyen invariablemente en su percepción de la realidad y, por ende, a nivel textual, en la perspectiva del yo narrado, al que se le traspasa la función narradora de lo “directamente vivido”.[20] Abordemos más profundamente esta cuestión.

 

El yo del texto

Hilvanar estas categorías heteróclitas y expansivas conformando el entramado narrador- protagonista textual- autor resulta una práctica autobiográfica de Greca o, para proferirlo en otros términos, estos relatos de viajes establecen una correspondencia entre el yo del texto y el yo del autor.

Como vemos, el narrador asume la primera persona del singular,[21] esta es la materialización de su marca textual: “Ya verá el lector que no soy el narrador minucioso, preciosista, que sacrifica una anécdota a un efecto de luz”.[22] En rigor, relata desde sus experiencias personales en clave autobiográfica: “¡No en vano he conocido el calabozo, con fueros y todo!”,[23] haciendo referencia a su vivencia de encarcelamiento por cuestiones políticas en la isla Martín García. Asimismo en otro ejemplo significativo plantea: “No soy un geógrafo. Ni siquiera un turista. Soy apenas…el hombre que pasa y se emociona”.[24]

Por intermedio de los recuerdos que ha ido recopilando en su viaje –puesto que la escritura es una actividad posterior al viaje, ligada al reposo–, tanto la asunción de la primera persona como el apelar a la descripción[25] actúan como mecanismos básicos de verosimilitud. Coincidimos con Colombi cuando plantea que en los relatos de viajes “la descripción […] está estrechamente relacionada con la mímesis y produce el efecto referencial del relato”.[26] Sin embargo, ahora conviene analizar la utilización de la primera persona, que expresa una asimilación entre el narrador y el protagonista.

Cabe destacar que el escritor tiene pretensiones de reflejar la realidad, pretensiones realistas, quiere ser fiel y en este sentido, consideramos que utiliza el término fotográfico desde las primeras líneas del texto. A modo de instantánea, los relatos pretenden ser una transposición del viaje en escritura: “Cabe agregar que soy fiel, fotográfico. Por algo he sido cinematografista”, leemos en el prólogo, haciendo alusión a  su labor como cineasta: cabe recordar que su largometraje El último malón de 1917, lo ubica como un pionero en este arte.

El cronista viajero promete fidelidad a lo visto y en este sentido, el texto se construye como una reivindicación de correspondencia entre lo visto y lo escrito. A priori, entendemos que se puede leer en clave de garantizar la autoría y la veracidad de lo relatado. Más que en datos, el relato de viajes se sustenta en una experiencia vital donde los detalles intensifican el efecto de lo real barthesiano. Los textos, independientemente de los formatos que adoptan a lo largo de La torre…, surgen de las experiencias de un yo viajero que, cual correa de transmisión, cimientan la credibilidad del testimonio. Ahora bien, esta búsqueda de credibilidad está avalada por la experiencia del protagonista.

Como una línea de fuga de esa deriva, consideramos que en clave de estrategia discursiva tendiente a reafirmar los parámetros de autenticidad, se acentúa la figura literaria del yo narrado, puesto que él es el único que puede presentarse como testigo directo y garante de lo relatado.[27]

Los objetos representados que se experimentaron, dan cuenta, en primer lugar, de la predominancia de la vista. Se pretende grabar y proteger del olvido aquellos acontecimientos que hirieron la imaginación del viajero. Sin embargo, esto vincula el relato de viajes a la autobiografía y sus estrategias de autentificación, que se basan en un juego de estructura igualmente compleja entre el yo narrado y el yo narrador.[28]

Tributario de este gesto es la atestación o testimonio de veracidad que ya desde el título y subtítulo se esboza: La torre de los ingleses, que remite a un elemento referencial –la torre donada por los ingleses con motivo del Centenario de la Revolución de Mayo y que está situada frente a la estación de Retiro en Buenos Aires– y el subtítulo en cuestión, “Crónicas de viajes”, que implica un protocolo de lectura, es decir, un cómo quiere ser leído este libro (o en otros términos, la inscripción en un género literario). Según Alburquerque-García ambos funcionan como un marco de referencia:

Los mismos títulos (diarios, crónicas, relaciones) apuntan a moldes que, a lo largo del tiempo, actúan como marco de numerosos relatos de viaje, precisamente por su valor testimonial, consecuencia de su carácter bifronte o fronterizo, entre lo documental y lo literario y, que define su índole genérica.[29]

En este sentido, según plantea el crítico rosarino Nicolás Rosa: “el contrato determina la actitud del lector. El lector establece las semejanzas entre los hechos relatados –objetos del discurso– y los hechos acontecidos –objetos de la vida o estados del mundo–”.[30] Esta cuestión es insoslayable y se relaciona directamente con la morfología del género.

Sin embargo, conviene abordar ahora desde otra arista la instancia autobiográfica del relato de viajes. De algún modo, podríamos esbozar que la asunción de la primera persona tiene como función expresar (o simular) que lo narrado es lo acontecido. Si esta operación se basa en la práctica patente de concomitancia entre narrador- autor- protagonista textual podríamos decir –con Rosa pero también con Derridá[31]– que está basada en la firma o rúbrica, grafía que condensa y certifica, que sustenta y respalda dicho pacto. Es decir, que sale de garante de un itinerario. Por eso apuntamos que el pacto se sustenta en la empiria (de una firma) y en la asunción de un yo condensado del autor- narrador- personaje.[32] En realidad, el pacto autobiográfico y el contrato de lectura marchan juntos y son las dos caras de una misma operación.

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos ¿qué significa entonces escribir yo en La torre…? Nos indica la crítica literaria Susana Romano Sued:

[…] cuando alguien escribe yo, escribe al yo en su escritura, y al mismo tiempo escribe la escritura del yo. Esto nos dice Nicolás Rosa de las escrituras autobiográficas, a lo que agrega que cuando se está ante la aparente consistencia del yo autobiográfico, este nos hace creer, simula que la ficción se ausenta de su discurso, y nos brinda la prueba de la verificación de la existencia del autor, de la existencia, real o no de los hechos que se cuentan. Esas pruebas descansan en las imágenes interiores, hechas letra.[33]

Ficción de origen, la cuestión autobiográfica que recorre los relatos que estamos trabajando, se vehiculiza en la fusión de órdenes diversos: narrador- autor- protagonista textual y se encuentra certificada por la rúbrica, verdadera garantía de la credibilidad del relato. En este punto, entre la factualidad y la ficcionalidad, entre lo documental y lo literario, se trama la estrecha relación entre relato de viaje y autobiografía. Esta vuelta de tuerca teórico-crítica, nos permite una opción superadora. Más que pensar en términos identitarios entre narrador- autor- protagonista textual (que no deja de resultarnos un terreno pedregoso por pertenecer a órdenes diversos), nos lleva a estipular que por una parte, opera en estos relatos de viajes un yo condensado y, por otra, que existe una garantía de lo relatado cuya credibilidad está centrada en la rúbrica. Por ende, más que tripartición habría cuatro componentes: narrador- autor- protagonista textual- firma.

Retomemos: el narrador conoce de lo que habla, utiliza comparaciones con lo ya conocido y expone sus opiniones. Es un yo que habla desde el lugar más próximo de su experiencia y, por ende, es su más fiel testigo. Su autoridad y su credibilidad residen en su experiencia donde el yo del texto es asimilable al yo del autor.[34] Aunque, en última instancia, la fidelidad y la autenticidad son modulaciones de una operación contractual de lectura (vale decir, garantizada por el lector).[35]

La propuesta entonces expone que “la credibilidad que aportan lo visto y lo vivido (yo narrado) se completa con lo que aporta la perspectiva del yo narrador”.[36] Los ejemplos que relacionan el yo narrado y el yo narrador teniendo como funcionalidad textual dar un efecto de realidad, dar credibilidad al relato son múltiples. Tomemos solo uno sumamente elocuente. En un fragmento de La torre…, Greca pareciera tomar partido y ponerse del lado que estamos proponiendo: “soy un personaje escapado de una novela de aventuras, que alguien a estas horas, estará escribiendo”.[37]

El recuerdo

Un elemento ineluctable en los relatos de viajes de Greca y que sustenta también el carácter autobiográfico de estas crónicas, es el recuerdo, las remembranzas que conectan el presente de la enunciación del sujeto viajero (en el ejemplo que pondremos a consideración, su paso por La Quiaca) y el pasado, su niñez en el pequeño poblado de San Javier, en un marco teñido de melancolía y añoranza:

No sé por qué sentí una honda tristeza y un mundo de recuerdos infantiles se agolpó a mi mente. Eran acaso las alegres vísperas de Santa Rosa y San Francisco, cuando los mocovíes llegaban a mi casa paterna de San Javier haciendo llorar sus flautas de canilla de cigüeña. Era el recuerdo de la pampa lejana, con sus largos y solemnes atardeceres.[38]

La dirección del desplazamiento, el recuerdo de la pampa, las vísperas de las festividades de San Francisco Javier –patrono de su pueblo– y Santa Rosa, que aún hoy se siguen conmemorando, y la música de las flautas, suscita una imagen entrañable de infancia perdida y añorada. El acontecimiento referido enlaza la memoria colectiva de un pueblo y la propia: de algún modo, la infancia es el momento que Greca deja entrever como fundacional ya que son estas las alusiones de La torre… que van más atrás en su biografía.

Estas evocaciones se relacionan con el itinerario y enlazan pasado y presente. En un capítulo titulado “Hacia un perfil genérico de los libros de viaje”, el catedrático de la Universidad de Ginebra Luis López Molina sostiene:

En el caso del autobiografismo intimista lo que tenemos son más bien impresiones. Suele este darse en textos referidos a un lugar (por lo común aquel donde el escritor tiene sus raíces) o incluso a un recorrido determinado (con el que, una vez más se identifica en virtud de la frecuentación reiterada, sobre todo durante la infancia), lugar o recorrido de los que lo que queda es la resonancia en el alma, la recuperación por parte de la memoria indagadora de lo que yacía dormido en ella.[39]

Conviene reconsiderar que Greca, en su infancia, convivió con los mocovíes en el pequeño poblado de San Javier, al norte de Santa Fe, y luego, durante el año 1917, a sus 28 años, ya recibido de abogado y con la ayuda económica de su progenitor, trabajó con ellos en su pionera película El último malón, donde los hizo actuar “de ellos mismos”. Como vemos, estos son parte de su universo y son revisitados en este relato.

En esta dirección, retomamos El arte del olvido de Rosa quien expone que: “los recuerdos de infancia constituyen la escena arcaica, primaria, primitiva, que funda el acto autobiográfico”.[40] Entendemos que estos relatos funcionan también como ejercicios de anamnesis, en el sentido en que lo postula Barthes: “Llamo anamnesia a la acción –mezcla de goce y esfuerzo– que ejecuta el sujeto para reencontrar, sin agrandarla ni hacerla vibrar, la tenuidad del recuerdo”.[41] Esa tenuidad del recuerdo, entre sutil y fundante, pone de manifiesto que así como la heterogeneidad e hibridez son propias del género también lo son la fragmentariedad y la fragmentación y paralelamente, expone que se revisita el pasado recordando –es decir, volviendo a pasar por el corazón– esos lugares de las escenas subjetivas.

Greca tanto en su paso por La Rioja, como por La Quiaca, también recuerda, con nostalgia y emoción, su infancia en San Javier, lugar que implica –como decíamos– una relación afectiva para el escritor y lo rememora en estos términos: “Recuerdo… Son las mismas costumbres indígenas de aquellos mocovíes con que conviviera en mi niñez, en la vieja reducción de San Javier”.[42]

El recuerdo hace referencia a un contexto de origen a través de un lenguaje de anhelo, ya que no es un objeto que se obtiene por necesidad o por su valor de uso, sino que es un objeto que se conquista debido a la insatisfecha impetración que imponen la nostalgia y la añoranza. De igual modo, el recuerdo remite a una experiencia de retorno, de contacto con el lugar que representa. Su existencia no evoca la experiencia del “original” sino la experiencia de la pérdida, del origo.

Sin embargo, este fragmento textual pone de relieve otra problemática en torno al uso de la memoria en este relato de viajes: en efecto, la vinculación entre la materialidad de los objetos y lugares y el recuerdo –su registro sensible (visual)– que indica que la memoria es topográfica ya que zonificar también sirve para proteger del olvido. Entonces, los recuerdos –el contenido semántico del viaje– resignifican tanto la dimensión temporal como la dimensión autobiográfica de este texto. Se constituyen con insistencia en una zona maleable para las narrativas de viaje. Si, como afirman Bruner y Weisser:

la función última de la autobiografía es la ubicación del yo, el resultado de un acto de navegación que fija posiciones en sentido virtual más que real. A través de la autobiografía nos ubicamos a nosotros mismos en el mundo simbólico de la cultura.[43]

Todavía podríamos extraer una relación más sobre la inscripción y borradura autobiográfica de los recuerdos: el narrador relata en primera persona indicando una carga –llamémosle así– testimonial y hace explícito desde el prólogo de La torre…  la veracidad de lo que cuenta, como algo realmente vivido. Nuestro escritor proclama revisitar ese pasado que le pertenece en apelaciones evocativas, en una suerte de remembranza de lejanas cercanías o lejanías cercanas. Porque entre el presente de la enunciación y el pasado difiere –suspendido– el sujeto.

 

Intertextualidad

Teniendo en cuenta que la literatura de viajes en general es intrínsecamente intertextual[44] y el relato de viajes en particular es un género híbrido, nos interesa resaltar que las vinculaciones entre textos, autores y poéticas definen al viaje y, por supuesto, al viajero. No olvidemos que, con frecuencia, los viajeros transitan con los ojos puestos en los libros que han leído, esperando su confirmación en la empiria o incluso adaptando la experiencia a sus lecturas previas. Pero no solo de conocer la biblioteca con la que carga el viajero se trata sino de vislumbrar las articulaciones que propone esa expansión intertextual, en el entramado discursivo que Greca elabora para sus crónicas.

Con todo, los relatos de viajes ponen en consideración desde diferentes aristas, la percepción de lo propio, la percepción de lo ajeno y el registro del otro: en el marco de un intenso diálogo entre lo propio y lo ajeno, la alteridad es protagonista en los relatos de viajes, polifónicos de suyo según Ette, quien retoma postulados bajtinianos. En este contexto, destacamos que en el libro prolifera la palabra ajena, en tanto alusión directa, eco o alusión elíptica generando una semantización intertextualmente potenciada.

El mundo ficcional que remite al espacio geográfico de un pueblo o una vereda de la calle Florida se amplifica por la remisión a espacios literarios otros por medio de menciones, ecos y citas explícitas. La parte remite al todo, una sinécdoque que condensa itinerarios y quebraduras temporales ligadas a la lógica del recuerdo.

Describiremos a continuación un ejemplo de alusión directa en donde se constata que una ciudad ejerce un encanto en el viajero, encanto que proviene de la literatura. En este sentido, algunas ciudades recorridas son vistas a través de sus escritores como sucede en el caso de la ciudad de Lima. La resultante es una representación que Greca nos advierte que no condice con la ciudad real.

En este punto se plantea una relación muy sugestiva entre literatura y viaje o mejor, entre literatura, lectura y viaje: Greca espera encontrar “la Lima de Ricardo Palma”, es decir, la ciudad de Lima que construyó Palma en sus relatos. Espera encontrar una confirmación empírica de aquello que leyó. Esas representaciones de la ciudad que son los relatos de Tradiciones peruanas funcionaron como una proyección, una imagen, una construcción y terminaron siendo un desvío, un viaje previo:

Creíamos encontrar una ciudad silenciosa, de largas callejuelas retorcidas, empedrado desigual y rejas salientes, donde una que otra dama semivelada por la oscura mantilla pasa con su devocionario entre los marfilinos y aristocráticos dedos. Es decir, veíamos a Lima a través de Ricardo Palma.[45]

De algún modo, Greca ya había visitado Lima, más allá del desplazamiento físico: desde el deseo, transfigurado en imaginación territorial. Para utilizar una frase de Michel de Certeau, mediante una extensa y minuciosa “navegación de biblioteca”.[46] El modo concreto como el relato de viajes se relaciona con la escritura de otros, en un claro ejercicio de intertextualidad, es un vínculo complejo, en este caso de implicancias explícitas. La torre… dialoga con un libro de otro autor latinoamericano y bosqueja un espacio, en este ejemplo específico, mediante explícitas referencias.

Aquello que primero advertimos en el pasaje citado de Greca es el acercamiento visual a la ciudad recorrida: una operación de construir la ciudad, esbozando primeros planos de objetos que se creían encontrar y que no están. Asimismo, este pasaje por Lima nos muestra una forma de percepción de la alteridad y sin lugar a dudas, nos habla del sujeto viajero: nos dice que nos encontramos frente a un viajero letrado, conocedor de literatura latinoamericana que necesita reponer una escritura otra como modo de legitimarse y legitimar la propia.

Al pretender relevar algunos de los textos literarios que cita, podremos apreciar mapas de la lectura misma: estos viajes son de algún modo cartografías de los textos visitados y revisitados. Por esta razón, las relaciones intertextuales siempre son paralelamente relaciones con el poder: el poder de citar o dejar de lado, de afirmar o negar en aras de su propio discurso.

La ciudad de Lima “no es una ciudad moderna”,[47] es definida como ciudad barroca, española “con todo el legado esplendoroso de los tiempos idos”: viejas casonas, terrosas iglesias, verdaderas joyas del más puro estilo colonial. No obstante, el viajero señala que hay actividad comercial y que falta limpieza, tópico que, a juzgar por lo reiterativo en sus páginas, le interesa sobremanera.

Como elemento identitario limeño, Greca destaca la mantilla que implica ese legado insoslayable entre un pasado colonial que se reactualiza y España: “Los balcones en voladizo, los toros, los mendigos y estas mantillas hacen pensar que Lima sigue siendo una ciudad de España”.[48]

En este capítulo VI, después de asistir a una corrida de toros y luego de un paseo sin rumbo por la orilla del Rímac,[49] el río hablador que baña Lima, en un lento discurrir errático, Greca y sus compañeros de esta parte del viaje, los hermanos Ángel y Alfredo Guido,[50] regresan al hotel “con la visión de esa España que pone melodías en el alma, fuego en las venas y luz en los ojos de las mujeres”.[51] De esta manera, Lima se les representa como un paisaje más español que latinoamericano. He aquí la identidad limeña.

Puntualmente en este caso, Greca, provisto de la compañía de los hermanos Guido, vive una suerte de desilusión con la ciudad peruana, que es recorrida a pie, aunque llegan en tren desde Chile: en esas caminatas urbanas no encuentra aquello que creía hallar. Y esas lecturas previas que salen al paso, esas lecturas que mediatizan su mirada, donde una obra crucial y acreditada como Tradiciones peruanas es para Greca una interlocución válida, plantea un problema de distopía: encuentra una ciudad anclada en el pasado, una ciudad pretérita y arcaica, no aquella que es sinónimo de progreso. Sugestivo el gesto si pensamos que en Buenos Aires por ejemplo, Greca tiene ojos solamente para la modernidad y la modernización de un artefacto urbano en fragante cambio.

Ahora bien, como ya apuntamos, los relatos de viajes entretejen una red intertextual, donde cada viajero toma la posta de otro anterior. Movidos por los relatos de viandantes precedentes, a su vez, sus propios escritos resultan importantes para los viajeros posteriores. De alguna manera, se produce una tensión materializada al interior de los textos, entre las expectativas y deseos del viajero, aquello que suponía encontrar y lo que ciertamente encuentra. Es una tensión que busca la confirmación o, en sus antípodas, el cuestionamiento de aquello que el viajero pensaba, había leído o estudiado. Sin embargo, siempre es la experiencia la que tiene la última palabra y la que habilita al viajero.

En rigor, los viajes de Greca aúnan ansias de conocimiento y profundización en las características de la vida moderna de la década del veinte en lo relativo a la elegancia en el vestir, los cafés, las diversiones, el andar por calles y sus paseos, la vida urbana y rural, la política y sus partidos, la arquitectura, las mujeres, etc.: el viajero que retorna a su lugar de origen no es, por supuesto, el mismo que salió.

 

Los medios de locomoción

En su itinerario diletante descripto en La torre…, Greca utilizó diferentes medios de locomoción. Estos instauran diversas perspectivas del viaje en general y visuales en particular:[52] podemos encontrar que viajó a lomo de mula, a caballo, tranvía eléctrico, tren, tren de carga, vapor, automóvil y a pie. De igual forma, utilizó el subterráneo como medio de transporte. Como consideramos que se constituyen en elementos centrales tanto en la configuración de este relato de viajes como en la construcción del entramado autor-narrador-personaje, los analizaremos minuciosamente.

En rigor, los desplazamientos de un sitio al otro son parte central del relato: contribuyen a generar anécdotas variopintas de un viajero que oscila entre el turista ocioso y el degustador de ciudades que va en busca de un viaje con ribetes de estudio. El yo condensado del autor- narrador- personaje también se configura en los desplazamientos. De este modo, los traslados y los medios utilizados aportan elementos para conformar las inquietudes y los intereses de un letrado en plena década del veinte y también muestran el carácter relacional –entre el mundo público y el privado– que detenta la experiencia, ya que, como se puede vislumbrar, son constantes las ocasiones de socialización. Aunque no se detallan los preparativos del viaje, sí son descriptas las marchas y los recorridos, constituyéndose así en viajero terrestre, transeúnte, navegante, pasajero en tránsito o bien paseante. Y siempre, por supuesto, viajero curioso.

Efectivamente, los textos se complacen en detallar no solamente ciudades, recorridos, monumentos y lugares que guardan historia, sino que también relevan los medios de locomoción utilizados y las diversas escenas de representación que instalan, al tiempo que incorporan términos de una, llamémosle así, jerga turística: vocablos como por ejemplo cicerone, guardia de corps, turista de segunda clase son en ocasiones utilizados.

Resulta indispensable subrayar que cada medio de locomoción instaura una perspectiva particular desde el plano de lo visual y del movimiento y que esta es referida en clave autobiográfica en el relato de viajes. De alguna manera, cada medio de locomoción tendrá una incidencia en lo corpóreo y también desde el punto de vista de la socialización ya que cada uno propiciará (o no) la compañía de otras personas en la travesía y el consecuente establecimiento de vínculos entre nuestro escritor –viajero extrovertido y comunicativo– y otros viajeros.

En efecto, el cuerpo es, sin lugar a dudas, protagonista principal ya que vivencia los espacios, en este caso, desde una sensibilidad de varón joven, sano, activo y dinámico, que es importante destacar. En consecuencia, esbozar algunas coordenadas para pensar estos medios de transporte y su relación con lo anteriormente expuesto resulta de sumo interés.

El primer medio de locomoción que analizaremos será el tren. Como ya hemos puesto en consideración, algunos tramos del viaje Greca los realizó en el ferrocarril, elemento primordial en el progreso económico, industrial y social. Con su impresionante capacidad para acelerar el movimiento y, teniendo en cuenta que en la década del veinte del siglo pasado unía lejanías en la extensa República Argentina, el tren constituye entonces un símbolo de progreso y Greca no se sustraerá a sus influjos.

Este medio de transporte involucra una cierta sensación de movimiento y fluidez sobre las vías que Greca no soslaya: “el tren se desliza como una culebra”.[53] Implica una pulsación regular y audible: “el tren se desliza resonante sobre los rieles”.[54] En este modo del viajar, se siente el ronroneo del andar, el vaivén, aunque, como sí sucede en otros medios de locomoción, las rispideces del camino no tienen tanta relevancia sobre el cuerpo. Mejor aún, en La torre… el tren puede ser sinónimo de confort, de bienestar: Greca describe que viaja junto a los hermanos Guido “confortablemente instalados”[55] en un vagón.

Asimismo, la opulencia de la máquina, la necesidad de progreso y civilización quedan fijadas en estas líneas de La torre…:

[…] el carbón, que enciende la vida de los grandes monstruos del progreso; el hierro y el cobre, músculos y nervios de la moderna civilización. […] Y hago votos para que nuestras locomotoras, hechas con su hierro y su cobre, regresen chispeantes cargadas la grupa con el trigo de oro.[56]

Ahora bien, de igual forma, el viaje en tren puede ser sinónimo de tormento, una suerte de suplicio que nada tiene que ver con la comodidad y que el narrador relata en estos términos:

Del resto del viaje solo recuerdo que, después de atravesar en el ferrocarril la alegre campiña de Salta y Tucumán estuve dos días y una noche metido en un camarote, sudando a mares y semiahogado bajo una nube de tierra que penetraba según parecía a través de las mismas maderas del tren.[57]

Asimismo, el tren –que puede alcanzar alturas o profundidades considerables y altas velocidades– lleva a que el viajero se maraville en relación a los espectros de visualidad que puede abrir, como sucede en Bolivia:

El tren sigue deslizándose en zig-zag hasta el fondo del valle, como si quisiera atrapar la ciudad. Tan rápido es el declive que en cada vuelta vemos un nuevo aspecto del maravilloso paisaje que nos tiene pegados a la ventanilla.

Sí, vista desde arriba, La Paz presenta un aspecto original, es de imaginarse lo que serán sus calles, una vez dentro de ella.[58]

En su escala ascendente por montañas puede pensarse al tren como un ámbito propicio para otear, para registrar desde un lugar alto lo que está debajo, desde la posición privilegiada que le otorga la altura.

Como nos explica el sanjavierino, el mirar se encuentra mediatizado por la ventanilla del compartimento que representa el límite entre el adentro y el afuera y que devuelve una visión en movimiento, cual cadena de fotos enmarcadas en un mismo recuadro. Paralelamente, el mirar por la ventanilla implica la rapidez de la aprehensión de “imágenes que hieren” ya que estas son circunscriptas velozmente, en pleno traqueteo. Claroscuros y luces tenues encuadran el viaje y se cuelan a través de la ventanilla del tren que resguarda y, a su vez, permite interactuar al sujeto con el ambiente:

La luz se filtra tenue por la ventanilla del compartimento. Después de una noche de insomnio, en que enervado por el cansancio, he oído ruidos sordos y extraños, largos silbatos, toques de campana, un deseo de aspirar el aire fresco de la madrugada me obliga a descorrer la celosía.[59]

Remitiendo a la separación e interacción con el exterior a través del vidrio de la ventanilla, esta apreciación de Greca también nos sitúa en las coordenadas temporales del viaje: viaja por la noche, sin poder dormir. La noche está cargada de ruidos del tren que se presentan como “sordos y extraños”, junto a “largos silbatos y toques de campana”. Sus compañeros de ruta son el insomnio y el cansancio. Este párrafo es harto expresivo y recrea, de algún modo, la atmósfera de este viaje en tren rumbo a Los Andes, por la llanura de San Luis, donde también recoge:

No puedo contener mi sorpresa. Estamos todavía en la pampa, pero no en la dorada pampa de los trigales con sus parvas de hinchados lomos, sus casitas lejanas, sus oscuros paraisales y sus largos caminos polvorientos que se pierden en la lejanía… Esta es la desolada y salitrosa llanura de San Luis. No se ve un árbol, ni un alambrado siquiera. Solo un pasto reseco y blanco, que agita un viento huracanado, se extiende hasta la línea del horizonte.[60]

Sorprendido, a través de la ventanilla del compartimiento fija sus ojos en el horizonte y, como Sarmiento en Facundo hablando de la llanura, clava sus ojos y no logra ver nada. Pero siguen resonando los ecos sarmientinos ya que más adelante agrega: “Las estaciones se reducen a galerías de hierro y cemento, levantadas por la empresa, a guisa de refugio, en medio del desierto”.[61] La pampa aquí es asimilada al desierto haciendo uso de esa fuerte metáfora sarmientina, no ya su conocida y transitada “pampa gringa” santafesina, dorada de trigales, sino la yerma y salitrosa llanura de San Luis.

Por otra parte, el compartimento del tren instaura, a raíz de la proximidad entre los viajeros, una casi ineluctable posibilidad de sociabilización, como les sucede a Greca (y a los hermanos Guido), en varias oportunidades: “En el tren me he hecho amigo del cura de Tupiza y de dos jóvenes bolivianos”.[62]

Sin embargo, el recuerdo de un viaje en tren puede llegar a ser una pesadilla para el sujeto viajero: el recuerdo titulado “Visión retrospectiva” (capítulo XII) es el fragmento que describe los tres días que duró el viaje en tren por la pampa hacia la Patagonia, en donde la nota distintiva está dada por la soledad y el desierto. Esta descripción resulta muy interesante porque está cargada de imágenes visuales y profusión de comparaciones y porque además resuenan los recurrentes ecos sarmientinos[63] al vincularse esos paisajes con “una noche de la Arabia”.[64]

También se podrían establecer relaciones con el escritor sanjuanino en el capítulo XIII titulado “En las selvas del Chaco”, donde Greca expone que la naturaleza indómita es sinónimo de “incivilización” y el tren equivale a su antítesis, el progreso:

El tren corre por un túnel interminable de ramas y de troncos […] En verdad me desencanta. Hay demasiada maleza. Recuerdo los bosques que suelen verse en las películas europeas y norteamericanas, esos esbeltos pinares que permiten a los jinetes correr holgadamente. Y esto me parece demasiado salvaje, incivil […]

Sigue así el tren por espacio de dos largas horas, hasta que el cuadro lentamente se transforma. Aparece uno que otro quebracho, que levanta su copa gallarda. De pronto, el espectáculo toma proporciones estupendas. Se diría que todos los árboles del bosque antes de rodilla, se hubiesen puesto de pié (sic) para saludar al tren que pasa, a la civilización que llega.[65]

Con respecto a las estaciones del ferrocarril y su entorno, las de Chaco son para Greca, tristes y solitarias, paupérrimas. Siempre está presente en ellas el comisario del pueblo en actitud poco amistosa. Muy por el contrario de las que uno se imagina: pujantes y modernas, llenas de gente en un incesante ir y venir. Dice Greca en un fragmento titulado “Las estaciones”:

Nada más triste que las estaciones de este ferrocarril. Cuando uno se ha acostumbrado a oírlas nombrar en el mundo de los negocios, se las imagina verdaderas colmenas humanas, donde todo es actividad y ruido.

Unas pocas casas, rodeadas de bosques, chatas, de madera o de barro, con techo de zinc. Algunas están techadas con troncos de palmeras cortados a lo largo en dos mitades, y que hacen las veces de la teja española, poniendo una nota exótica, tropical si se quiere, en el paisaje.

Este caserío está destinado a almacenes, barraca, administración, comisaría y juzgado de paz. Algunos ranchos miserables apenas si se adivinan entre la espesa maraña.

El terreno fangoso, lleno de hierbas crecidas, debe ser pródigo en víboras y toda clase de alimañas.

Junto a la estación no falta nunca la playa cubierta de rollizos, donde un aparejo o guinche, de quebracho rústico, que parece una horca sirve para izarlos a los vagones. Las pilas de leña y rollizos son los únicos exponentes de la actividad comercial de la región.

Cuando el tren llega a una estación, se verá siempre a un hombre que, talero en mano, se pasea con cierto aire de superioridad. En todos mis viajes por el norte del país no me he equivocado una sola vez, al indicar, antes que nadie me lo dijese, quién era, entre los concurrentes, el comisario de la localidad.[66]

En cambio, las de Mendoza son descriptas por el narrador de esta manera: “El tren va deteniéndose en estaciones ruidosas, llenas de gente, de gritos de vida”.[67]

Cabe destacar que el vapor es otro medio de locomoción utilizado que en el relato se presenta como generador de un ritmo pausado y lento. Sin presentar sobresaltos, el viaje en barco implica tranquilidad, como rezan estos fragmentos que exponemos a continuación:

Mientras el ‘Palena’ se desliza por las aguas tranquilas del Pacífico, rumbo a la tierra famosa de los incas, reúno todos mis recuerdos para cumplir un compromiso que contraje al partir con amigos.[68]

Asimismo, el itinerario realizado en barco conlleva, por una parte, destinar varios días para la travesía, tocar diversos puertos y a menudo utilizar bote entre el barco en cuestión y la costa. Por otro lado, establece una particular dinámica visual ya que al viajero le hace sentir que una isla irrumpe en su horizonte visual:

Después de nueve días de navegación, vamos a llegar al puerto del Callao. Hemos pasado Mollendo, adonde regresaremos más tarde para dirigirnos a Bolivia.

A bordo reina extraordinaria animación. Todo el mundo lía sus maletas.

Emerge del mar la montañosa y pelada isla de San Lorenzo, adonde se suelen llevar a los presos políticos antes de deportarlos.[69]

Resulta interesante analizar que el viaje en barco, fundamentalmente porque requiere varios días, se constituye en ocasión propiciatoria de tertulias con diferentes personas, es decir, materializa la oportunidad para socializar y para medir el clima de animosidad que impera: “A bordo reina extraordinaria animación”,[70] nos dice en un fragmento. También los almuerzos y las cenas pueden resultar una oportunidad de una pequeña gaffe, por ejemplo:

A la hora de comer, los pasajeros nos sentamos en grupos de cinco o seis a cada mesa. En la nuestra se habían instalado dos hombres morochos, elegantes, de grandes cejas y mirada soñadora. Peruanos o bolivianos en fija.

Empiezo a hablar con los Guido:

-¡Cómo me revientan los ingleses! (El barco traía una gran cantidad). Han visto qué egoístas. Los mejores camarotes. No le dirigen la palabra a nadie. Parece que el mundo es solo de ellos. Si yo fuese dictador, haría una degollatina de ingleses.

Los dos ‘bolivianos’ se miraron y cambiaron una frase en perfecto inglés.

A la cena se sentaron en otra mesa.[71]

En esta travesía marítima por el Pacífico, Greca y los Guido hacen buenas migas con otro personaje, el padre Pinelo. En efecto, confraternizan con este sacerdote franciscano, el cual vivió treinta años en el interior de Bolivia. Su característica central es que participa de las amenas tertulias, haciendo chistes por doquier. Asimismo, este simpático personaje introduce a Greca en un nuevo y desconocido artefacto cultural: los yaravíes peruanos, los tristes del altiplano, es decir, esas composiciones poético-musicales propias de la cultura popular que tanto llaman la atención del sanjavierino.

Sirviéndose de una concertina, un instrumento musical de fuelle, de la familia del acordeón ya que tiene botones en ambos lados pero que se distingue del mismo por la dirección que toman estas teclas al ser presionadas, el Padre Pinelo divierte a los compañeros de travesía:

Entre los contertulios figura el padre Pinelo, que subió en Arica. Pinelo es un fraile franciscano, hijo del Perú, que ha permanecido treinta años en el interior de Bolivia, en el convento de Oruro. Viejo y enfermo, lo envían a Lima para que se cure.

Alegre, casi infantil, el padre Pinelo hace chistes, toca la concertina y canta canciones de tierra adentro. En el convento de Oruro, nos dice, corre este refrán: ‘Nadie esté triste, mientras Pinelo existe’. Gracias a él conocemos los melancólicos yaravíes peruanos. A la noche, acompañándose de la concertina, mientras afuera atruena el mar de Mollendo, el padre Pinelo canta tristes del altiplano.

Soy el pajarilo errante

que ando perdido,

que por doquiera que vaya

vuelvo a mi nido.

Alzo mi vuelo,

siempre cantando.

Y el que escucha no sabe

¡ay!

que estoy llorando.[72]

Este yaraví que Greca transcribe es propiamente arequipeño.[73] La música está presente en las páginas de La torre…, también al bajar del barco, como sucede en Iquique:

Es día de fiesta. Recorremos la rambla y su balneario coquetón. Divisamos a lo lejos el hipódromo, sobre cuyas arenas rojas lucen los brillantes colores de los jockeys.

Bajo una carpa tendida en medio del yermo, varias familias celebran un pic-nic. Nos acercamos ávidos de música y alegría.[74]

Igualmente, la costumbre del mate, arraigada en algunos contertulios, predispone a establecer vínculos entre quienes comparten el viaje y sirve de excusa para charlar con nuevos pasajeros que van subiendo en diversos puertos. De esta forma, la socialización en el vapor también se asienta en cebar y tomar mate. En efecto, las reuniones entre varones y mujeres son propiciadas por compartir este hábito que resulta chocante para quienes no están acostumbrados:

En Arica han subido nuevos pasajeros. A bordo, [del barco llamado Palena] como buenos criollos, hacemos gala de nuestras costumbres. Hemos impuesto el feo vicio de tomar mate, según el decir de cierta distinguida dama chilena. El elemento femenino es el más entusiasta, a pesar de la opinión de su linajuda compatriota. Todo el mundo hace tertulia a la hora del té criollo; hasta una señora alemana, que tiene la manía de quitar la bombilla para ingerirlo, disculpándose que lo bebe así porque no habla castellano.[75]

Sin lugar a dudas, una de las dimensiones que surca el relato y que tiene vital importancia es la dimensión social. La socialización se (d)escribe en clave autobiográfica y atraviesa todo el relato de viajes: el viajero se mueve entre los diferentes grupos y clases sociales y podríamos agregar también, diferentes generaciones o edades, con una facilidad de la que muchas veces carece en su lugar de origen. En nuestro texto en cuestión proliferan los ejemplos. Greca visita en Chile sin ambages una pulpería roñosa, un cónsul, un ministro y se hospeda en un hotelucho barato o en la casa del Ministro de Relaciones Exteriores. Y encuentra en todas estas ocasiones, oportunidades para estrechar vínculos trascendiendo prejuicios de clase.

Por su parte, el viaje en tranvía se destaca en el relato porque tanto Alcides Greca como Ángel Guido se complotaban para hacer bromas a los pasajeros y, de este modo, socializar, como queda relatado en “Hablando en chino”, anécdota acontecida en Perú:

Un amigo periodista nos regaló un diario escrito en caracteres chinos.

Cada vez que viajábamos en tranvía, con Ángel Guido abríamos el periódico, simulando leerlo atentamente. De cuando en cuando, con una leve sonrisa e interrumpiendo la lectura, señalábamos un párrafo, comentándolo en voz alta

-Qué bien

-Pero, che, qué macanudo!

Como la gente nos miraba con asombro, nos fuimos entusiasmando, Y llegamos un poco más lejos: intentamos hablar en chino.

-Pi chi li. Chan con.

-Wi pei fi.

-Ca chi lo.

Ahora la gente nos creía sin duda escapados del manicomio.

Alfredo Guido no quería ir más con nosotros en tranvía.[76]

Cabe recordar que según Alcides era el artista plástico Alfredo Guido, el mayor de los tres viajeros y una figura de notable reconocimiento en los ámbitos culturales nacionales y latinoamericanos, quien oficiaba como el más serio de los tres y por esto cumplía el rol de administrador de los fondos económicos que compartían o como lo define Greca: “el cajero de los fondos comunes”, que por cierto eran bastante escasos. En varios fragmentos, el narrador deja traslucir que entre los artistas rosarinos y el sanjavierino había amistad.[77] Más adelante describe Greca otro viaje en tranvía, esta vez en Resistencia, la capital del Chaco. El viaje contó con un episodio de descarrilamiento que rápidamente fue resuelto por el personal de la empresa y por los propios pasajeros y que Greca transformó en anécdota en primera persona:

Un pequeño tranvía a vapor, que hace piruetas por las calles, me lleva al puerto de Barranqueras. Tiene algo de juguete de niños y de locomotora de maní tostado. Dando pitadas que prodiga quizá con un poquito de aparatosidad tropical, nos vamos deslizando por los alrededores de Resistencia, decorados en huertos floridos.

En una curva hemos descarrilado. Pero no hay que afligirse. Todos los pasajeros se apean, y, los más comedidos, ayudan al personal de la “empresa” a meter de nuevo los coches en la vía. Perdemos menos tiempo que para cambiar de neumático.

En Barranqueras espera un vaporcito, que, con sus pitadas, hace competencia a la ‘locomotora’. En el muelle se oyen frases en el ‘dulce guaraní’.[78]

El automóvil, por su parte, es otro de los medios de locomoción utilizados en este relato de viajes. Varios son los pasajes en donde se lo cita. El viajar en automóvil permite ver el estado de las rutas y proferir apreciaciones sobre los caminos. Por momentos, un viaje en auto puede resultar de mucho peligro e incomodidad: los precipicios, los zig-zag de las carreteras, el frío y más aún el calor golpeando sobre el cuerpo del viajero. Por los llanos de Facundo, Greca va en automóvil recorriendo La Rioja, la cual es descripta en clave de soledad y silencio pero también de calor abrasador y sed, que dificultan la travesía:

Apenas el automóvil deja la ciudad, me encuentro en medio de la enorme desolación de estos llanos de leyenda.

Vamos por el carril nacional, camino bastante descuidado, pero recto, que como todo lo que existe en La Rioja es obra del gobierno de la Nación […] La tierra reseca y semisuelta.

Atravesamos algunos lechos de torrentes desaparecidos. No se ve un charco, una vaca, un rancho. Ni siquiera un pájaro que cante.

Nos acompaña el silencio, el sol que arde y un calor que reseca los labios.

Seguimos horas y horas. No encontramos un solo viajero. Entre el jarillal, alcanzamos a distinguir, a las cansadas, un llanero a caballo con su enorme guardamonte que semeja la vela de un pequeño barco agitada por el viento.

La pampa carece de árboles, pero no da la sensación que tienen los llanos de La Rioja. Cuando uno viaja por ellos, se explica la epopeya de Quiroga y del Chacho, invencibles en estas soledades, donde diez gauchos baqueanos pueden jaquear a todo un ejército regular, que se perdería entre las jarillas y se moriría irremisiblemente de hambre y de sed […] Me llevo las manos a la cabeza. El pelo quema mis dedos. Experimento la sensación de asfixia.[79]

En el fragmento titulado “El infiernillo”, Greca describe un tramo de camino cuya nota sería la peligrosidad y el estar a merced de un buen conductor que maniobre satisfactoriamente. Las brusquedades de la geografía como las pendientes exponen que solo una mala maniobra podría ocasionar, sin más, la muerte:

El camino se presenta quebrado, con ascensos y bajadas bruscas. A ratos vamos entre el bosque y atravesamos pequeños torrentes. Un árbol de tusca se muestra engalanado con sus botones de oro viejo.

Bordeamos una alta montaña. El camino va sobre el abismo. Es angosto, retorcido y con pronunciada pendiente. Estamos en el Infiernillo. Una mala maniobra, una falla de frenos o de la dirección, y daremos un bonito salto de quinientos metros, hasta el fondo de la quebrada.[80]

Solamente en la ascensión que realizan Greca y los Guido al Cerro San Cristóbal (Chile) viajan en una confortable máquina pero que no los exime de riesgos y osadías:

Vamos, sin duda, en el mejor automóvil de Santiago. Lo maneja su propio dueño, el ministro del Ecuador, don Ricardo Crespo Ordóñez […]

Ascendemos conteniendo la respiración. A pocos centímetros está el abismo, cortado a pico, con doscientos o trescientos metros de profundidad. Basta una pequeña desviación, un insignificante viraje en falso, para que al día siguiente seamos objeto de una sentida nota necrológica.

Algunos recorridos, no obstante, suelen ser a pie. Según señala Monteleone: “al ir a pie, el cuerpo padece y mensura el camino”.[81] Convengamos que algunos paseos solo pueden ser disfrutados a pie: las ciudades interiores y las ciudades profundas, las que se abren a los ojos del paseante y al contacto con los transeúntes, las calles y sus empedrados que se sienten al paso de un caminar fervoroso o sin rumbo. Y las veredas que posibilitan al viajero el sentarse a tomar un café o un aperitivo, que invitan a honrar la ciudad en las charlas de café, como expone en este fragmento cuyo título es “Vereda del Hotel España”: “Característico congreso del país, con diputaciones que se renuevan constantemente. Solución de grandes problemas económicos y sociales a base de cinzano y maní”.[82]

Este fragmento en particular revela un entrecruzamiento de planos, entre la ironía y la personal vivencia de Greca como personaje de la política. La vereda del “Hotel España” nos remite a la calle como una sinécdoque de la ciudad, conjunción que también está presente en otro libro suyo, Cuentos de comité (1931).

Las calles tienen diferentes talantes según las horas del día, y el narrador detiene su mirada fotográfica en este detalle, como sucede con la calle Florida, en la Capital Federal, definida de este modo: “Callejón de cementerio que en la tarde vio pasar un interminable acompañamiento”.[83] Esta calle, que por las mañanas y las tardes de días laborables le resulta a Greca bulliciosa, vital, llena de comerciantes, transeúntes y clientes, recorrida a las diez de la noche, se transfigura en una solitaria necrópolis, según relata autobiográficamente. Es la calle de los joyeros, las tiendas de lujo y los modistos elegantes, también contaba con edificios de gran significación artística y social como el Jockey Club, el Círculo italiano, entre otros.

Greca y los Guido recorren a pie el interior de las ciudades –con y sin prisa– y se proyectan como escudriñadores de estilos arquitectónicos y artísticos, bajo una mirada descriptiva atenta, como sucede en su paso por El Callao, en Perú:

Recorremos a la disparada algunas calles. Las antiguas son simples pasajes embaldosados donde solo circulan los peatones. Vemos muchas posadas y pequeños negocios con letreros en inglés. Los edificios están patinados con un polvillo que brilla bajo el sol […] Una iglesia, pintada al óleo, da la impresión de que estuviese sobredorada. Por las calles circula un pueblo cosmopolita, compuesto de chinos, indios e ingleses.[84]

El tren de carga también es un medio de locomoción utilizado. Nos dice Greca: “Una ocurrencia imprevista de la política me obliga a salir precipitadamente de La Rioja. Me dispongo a alcanzar en Punta de los Llanos, un tren de carga que corre hasta Cruz del Eje”.[85] Aunque a priori podría pensarse que el tren de carga fue el medio de locomoción más incómodo utilizado y relatado en estas crónicas de viajes, ya que Greca nos cuenta que en un trayecto por La Rioja lo usó, entendemos que la mula fue, en realidad, el más duro de sobrellevar. En efecto, es el más implacable puesto que se extreman las crueldades e incomodidades del camino: es el propio cuerpo del viajero el que sufre directamente las inclemencias climáticas.

Las razones esbozadas por Greca son variadas: el crudo frío de Uyuni, las caídas en el río, los frecuentes aguaceros, los azotes del viento y del sol, los habituales extravíos, las extorsiones de los guías, los salteadores, la lentitud y el trote irregular de las mulas, los peligros de la orografía, las míseras posadas para descansar, entre otras contrariedades. A modo de ejemplo citamos un pasaje titulado “Noche de perros”:

El trueno cañonea las montañas. Recibimos el azote del viento en el rostro y la lluvia espesa nos chorrea por todo el cuerpo, sin que intentemos siquiera una defensa. Los relámpagos van alumbrando el camino. Mi mula blanca, que por su color, según cuentan, atrae los rayos, me inquieta seriamente […] De pronto bordeamos un precipicio. […] Abajo, a cincuenta metros está el río. Sobre el camino en declive va resbalando la mula […] Me duele todo el cuerpo. Tengo las piernas acalambradas. Un resbalón de la mula es la muerte segura.[86]

Peligros, al filo de la montaña o bordeando ríos, cargando dolores corporales, el viaje a lomo de mula expone el cuerpo del viajero directamente a los factores climáticos y geográficos adversos:

Nos han informado que el viaje es terrible: cuatro días a lomo de mula, entre precipicios y torrentes, bajo los aguaceros y el viento. La salud de mis compañeros no les permite semejante aventura.

El camino sembrado de peligros: el río Suipacha que se ha llevado ya muchos viajeros: todo eso me atrae.[87]

También expone:

Después subimos los cerros orillando el río, y vamos sobre el abismo por un camino tan angosto que apenas pueden poner sus cascos las cabalgaduras. Son las nueve de la mañana y la fatiga y el dolor me tienen extenuado. Hay que andar todo el día […]

Y se suceden los barrancos, los precipicios, los caminos estrechos, las metidas en el agua, la lluvia y el viento. Parece que aquello no terminará nunca. Ya es demasiado. Me resigno a morir. Empiezo a desear la muerte como una liberación. Pero deseo morir tranquilo, en un lugar apacible: no dando vueltas entre las rocas para caer, estropeado y deshecho, en el fondo del barranco.[88]

No obstante, cabe destacar que las severidades del camino que inciden en el viajero son mitigadas con nuevos vínculos sociales a raíz de viajar en caravanas o con motivo de la búsqueda de guías para abordar la travesía:

El Padre Federico es un alemán acriollado que […] me presta polainas y alforjas y nos recomienda al arriero Jerez. La caravana se aumenta con el diputado por Tarija, señor Trigo, que luce un hermoso poncho bermejo; un señor vasco, comerciante de Salta, dos ambulantes sirios, el gaucho boliviano Don Dámaso y varios peones y arrieros.[89]

Como elemento aglutinador, el alcohol, sirve para confraternizar en alguna visita al bajar del barco “Palena” y emprender a lomo de mula un trayecto, aunque en ocasiones sea necesario moderar el trago, para evitar males que atenten contra la vida misma. Expliquémonos un poco más: Greca comenta en un pasaje que quien los guía por los peligrosos caminos del sur de Bolivia es el arriero Jerez, quien resulta poco medido con la bebida. Para que no se emborrache, ya que esto podría conducir a que el guía se perdiera por los caminos o cayera por un despeñadero, Greca le roba una botella con singani que estaba en las alforjas del borrachín. Cabe destacar que el singani, bebida de alta graduación alcohólica y de la familia del aguardiente, es el ingrediente tradicional en muchos cócteles bolivianos. El episodio jocoso, por cierto, tiene ribetes realistas ya que además se pretende mimético del habla del personaje en cuestión:

–Oiga, patrón, ¿qué me ai hecho?–díceme al acercarse.

–¿Qué te pasa? Le contesto haciéndome el sorprendido.

–Nada, patrón. ¡Qué ai pasar! Lo que ai pasao es el singani de una alforja a otra alforja.

Como un ritornello, como una constante en este texto, podemos sostener que los viajeros se abren a la socialización, sin distinción de clases, con el afán por convertir cada momento y circunstancia en ocasión de encuentro con el otro y de interiorizarse en la cultura de las poblaciones visitadas. En este sentido, las costumbres gastronómicas y las bebidas típicas de los lugares recorridos son propiciatorias de los vínculos. Como vemos, otra bebida, en este caso la chicha –fruto de la fermentación no destilada del maíz– sirve de excusa entre los visitados y los viajeros para socializar:

Damos descanso a las mulas en el rancho de unos indios. Alrededor de una fogata instalada en el patio, hierve un líquido oscuro en doce enormes calderos de barro. La india fabrica chicha […] Después de bebida, vuelven a acometerme ciertas dudas y termino por interrogar a la india sobre el procedimiento que se usa para su fabricación.[90]

Las precarias posadas o ranchos que sirven de paradores en el sureste de Bolivia y que se denominan tambos son ocasiones favorables tanto para conocer a otros viandantes como para reponer las fuerzas. Estos sitios para el descanso nos remiten a la transitoriedad, es decir a cortas estancias, puesto que Greca no pasa largas temporadas allí sino solamente una noche para recuperar energías y continuar el viaje.

Para recapitular, podríamos esbozar que todo desplazamiento entraña un cambio, no solo un cambio de escenario, de paisaje, de geografía, sino un cambio en la perspectiva. ¿Vemos las cosas de igual manera cuando el desplazamiento de un lugar a otro se realiza en automóvil, en mula, en barco? La experiencia indica que no, que todo movimiento de un lugar a otro implica también un modo de vislumbrar, una perspectiva que atañe al campo visual y al cuerpo y, por supuesto, una posibilidad para socializar y estrechar vínculos con otras culturas. Y para inscribir en el texto en clave autobiográfica las vicisitudes del sujeto viajero.

 

A modo de cierre

El planteamiento del que partimos es que existe un entramado en los relatos de viajes que está conformado por el narrador, el protagonista textual y el autor, el cual configura las claves autobiográficas en La torre… Si el contrato de los relatos de viajes se construye a través de un pacto autobiográfico que, de alguna manera, nos involucra en el juego de confusiones entre protagonista textual y autor real, podemos afirmar entonces que este juego tiene una marca textual. En efecto, el narrador asume la primera persona del singular, construyéndose como un yo condensado cuya garantía de lo relatado (o credibilidad) está centrada en la rúbrica.

Si la primacía de la descripción, el apelar a la intertextualidad y la entronización de una mirada que hemos elegido denominar performativa suturan estos relatos de viajes, las remembranzas y los medios de locomoción vehiculizan la autobiografía. Por esta razón, estos últimos coadyuvan a delinear, en última instancia, ese yo condensado que se configura en los desplazamientos, surcando precipicios, recorriendo la ladera del monte o atravesando ríos cenagosos.

Si cada uno de los medios de locomoción instaura una perspectiva particular desde el plano de lo visual y del movimiento, su incidencia se plasma en lo corpóreo y también desde el punto de vista de la socialización, al propiciar (o no) la compañía de otras personas en el itinerario. En este sentido, advertimos que para Greca, por ejemplo, el compartimento del tren genera una escena de representación diversa al viaje en mula, las travesías marítimas resultan más agradables y placenteras que el tren de carga, el automóvil y la mula comparten cierta peligrosidad por la geografía hostil de las montañas y algunos recorridos solo pueden ser mensurados a pie.

Remembranzas atesoradas, datos autobiográficos, lecturas literarias del viajero van construyendo en el texto escenas de representación que actúan como mecanismos básicos de la verosimilitud. En este sentido, también los desplazamientos y los medios de locomoción, además de instaurar un particular modo de ver exponen que el peregrino que retorna a su lugar de origen no es, ni por asomo, el mismo que salió.

 

 

Bibliografía

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El autor es responsable intelectual de la totalidad (100 %) de la investigación que fundamenta este artículo.



[1]    Para más información sobre esta cuestión, sugerimos consultar María Florencia Antequera, “El relato de viajes en la obra de Alcides Greca como formación de una subjetividad moderna en el campo intelectual argentino” (tesis doctoral, Universidad Nacional de Cuyo, 2017) y María Florencia Antequera, Alcides Greca. La escritura del viaje y el viaje de la escritura (Mendoza: Universidad Nacional de Cuyo, 2018) (en prensa).

 

[2]    Ottmar Ette, “Los caminos del deseo”, Humboldt 46, nº 141 (2004): 10.

 

[3]    Luis Alburquerque García, “La literatura de viajes a través de la historia: reflexiones sobre el género ‘relato de viajes’”, Hispanismes 3, (primer semestre, 2014): 260, http://hispanistes.org/images/PDF/HispanismeS/Hispanismes_3/SHF%20HispanismeS%203%20ALBUQUERQUE%20GARCIA%20Luis.pdf.

 

[4]    Nicolás Rosa, El arte del olvido y tres ensayos sobre mujeres (Rosario: Beatriz Viterbo, 2004), 37.

 

[5]    Beatriz Colombi, “El viaje y su relato”, Revista Latinoamérica 43, (2006): 24.

 

[6]    Colombi, “El viaje y su relato”, 24.

 

[7]    Nora Catelli, El espacio autobiográfico (Barcelona: Lumen, 1991), 61.

 

[8]    Alcides Greca, La torre de los ingleses (Buenos Aires: Inca, 1929), 175.

 

[9]    La cuestión mocoví es un tópico por cierto recurrente también en su narrativa.

 

[10]   Greca, La torre de los ingleses, 23.

 

[11]   Greca, La torre de los ingleses, 168. Sin dinero, pero con juventud, vitalidad y espíritu de aventura: en algunos fragmentos (p. e., en su excursión al cerro Concepción) se posiciona como un viajero deseoso de aventuras y de relatos novedosos y en este deseo también se define como sujeto.

 

[12]   Greca, La torre de los ingleses, 116.

 

[13]   Greca, La torre de los ingleses, 202.

 

[14]   Pere Salabert, Figuras del viaje. Tiempo, Arte, Identidad (Rosario: Homo Sapiens, 1995) 50.

 

[15]   Salabert, Figuras del viaje, 32.

 

[16]   Ciertamente, esta sería una de las estampas de su posicionarse como rosarino, de esa tipificación de lo propio que observamos en estos relatos de Greca: el quicio de las comparaciones, el parámetro, es Rosario, ciudad de la modernidad.

 

[17]   Greca, La torre de los ingleses, 16.

 

[18]   Greca, La torre de los ingleses, 16.

 

[19]   Ottmar Ette, Literatura en movimiento. Espacio y dinámica de una estructura transgresora de fronteras en Europa y América (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008), 40.

 

[20]   Ette, Literatura en movimiento, 40.

 

[21]   En la mayor parte de las crónicas el narrador asume la primera persona del singular.

 

[22]   Greca, La torre de los ingleses, 5.

 

[23]   Greca, La torre de los ingleses, 139.

 

[24]   Greca, La torre de los ingleses, 137.

 

[25]   La cuestión de la visión trabajada precedentemente junto al uso del verbo “ver” (y otros que comparten cierta proximidad, semánticamente hablando) también contribuyen al efecto de lo real como hemos intentado aportar en trabajos anteriores. María Florencia Antequera, “La mirada performativa y la construcción de la visualidad en el relato de viajes La torre de los ingleses (1929) de Alcides Greca”, Revista del Centro Interdisciplinario de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo Cuadernos del CILHA (2017): 107-134.

 

[26]   Beatriz Colombi, “El viaje y su relato”, Revista Latinoamérica 43, (2006): 21.

 

[27]   Cfr. Ette, “Los caminos del deseo”, 34.

 

[28]   Ette, Literatura en movimiento, 40.

 

[29]   Luis Alburquerque García, “Apuntes sobre crónicas de Indias y relatos de viajes”, Revista Letras 57-58, (enero-diciembre 2008): 15.

 

[30]   Nicolás Rosa, El arte del olvido y tres ensayos sobre mujeres (Rosario: Beatriz Viterbo, 2004), 37.

 

[31]   Jacques Derrida, Otobiografías. La enseñanza de Nietzsche y la política del nombre propio, trad. Horacio Pons (Buenos Aires- Madrid: Amorrortu, 2009).

 

[32]   Nicolás Rosa, El arte del olvido y tres ensayos sobre mujeres (Rosario: Beatriz Viterbo, 2004), 50.

 

[33]   Susana Romano Sued, Los 90: otras indagaciones (Córdoba: Epoké, 2003), 244.

 

[34]   Cfr. Rosa, El arte del olvido, 38.

 

[35]   Cfr. Rosa, El arte del olvido, 38.

 

[36]   Ottmar Ette, Literatura de viaje. De Humboldt a Baudrillard (México DF: Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 2001), 35.

 

[37]   Greca, La torre de los ingleses, 126.

 

[38]   Greca, La torre de los ingleses, 109.

 

[39]   Luis López Molina, “Hacia un perfil genérico de los libros de viaje”,  en Relatos de viajes contemporáneos por España y Portugal, comp. Geneviève Champeau (Madrid: Verbum, 2004), 37.

 

[40]   Rosa, El arte del olvido, 54.

 

[41]   Luis Gusmán, Barthes: un sujeto incierto (Buenos Aires: 2016), 15

 

[42]   Greca, La torre de los ingleses (Buenos Aires: Inca, 1929), 198.

 

[43]   Jerome Bruner y Susan Weisse, “La invención del yo: la autobiografía y sus formas”, en Cultura escrita y oralidad, comps. David Olson y Nancy Torrance (Barcelona: Gedisa, 1991), 83.

 

[44]   Algunas ideas en torno a la intertextualidad fueron expuestas en María Florencia Antequera, “La mirada performativa y la construcción de la visualidad en el relato de viajes La torre de los ingleses (1929) de Alcides Greca”, Cuadernos del CILHA 1, vol. 18 (2017): 107-134, publicación perteneciente a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo y retomadas en esta contribución.

 

[45]   Greca, La torre de los ingleses, 33.

 

[46]   Raúl Lanes, “La esfericidad del papel: Gertrudis Gómez de Avellaneda, la condesa de Merlin y la literatura de viajes”, Revista Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh, LXIII, nº 178-179 (enero-junio 1997): 215.

 

[47]   Greca, La torre de los ingleses, 54.

 

[48]   Greca, La torre de los ingleses, 59.

 

[49]   El río Rímac es un río del Perú, perteneciente a la vertiente del Pacífico, en el que desemboca tras bañar la ciudad de Lima, conjuntamente con el río Chillón por el norte y el río Lurín por el sur. Tiene una longitud de 160 km y una cuenca de 3.312 km², de la cual 2,237.2 km² es cuenca húmeda. La cuenca tiene en total 191 lagunas. También se le llama el “Río hablador” por el ruido que hacen sus aguas junto a las piedras.

 

[50]   Destacamos que en este capítulo, se narra en 1º persona del plural.

 

[51]   Greca, La torre de los ingleses, 62.

 

[52]   Para establecer estas diferencias entre los medios de locomoción y las perspectivas que instauran tomamos como eje disparador las apreciaciones de Jorge Monteleone, El relato de viaje. De Sarmiento a Umberto Eco (Buenos Aires: El Ateneo, 1999).

 

[53]   Greca, La torre de los ingleses, 31.

 

[54]   Greca, La torre de los ingleses, 72-73.

 

[55]   Greca, La torre de los ingleses, 30.

 

[56]   Greca, La torre de los ingleses, 117.

 

[57]   Greca, La torre de los ingleses, 118.

 

[58]   Greca, La torre de los ingleses, 82.

 

[59]   Greca, La torre de los ingleses, 16.

 

[60]   Greca, La torre de los ingleses, 16-17.

 

[61]   Greca, La torre de los ingleses, 17.

 

[62]   Greca, La torre de los ingleses, 91.

 

[63]   Cabe destacar que tanto la figura de Sarmiento como sus escritos fueron de interés para Greca. No es casualidad que sea tan recurrente la literatura sarmientina, su persona, su cosmovisión en este libro que estamos analizando. Sarmiento es un admirado referente que, sin lugar a dudas, está presente en la literatura del sanjavierino y que pulsa por constituirse en central: Greca lo exaltó en otras intervenciones, por ejemplo en la Revista Universidad de la UNL. Los ecos que resuenan son los de la dicotómica construcción civilización- barbarie. Su pensamiento permeó una encrucijada de tránsito por los textos de Sarmiento que suscitaban en él una verdadera atracción. En 1938, la Universidad Nacional del Litoral homenajeó al sanjuanino ofreciéndole una recopilación de escritos de diferentes autores titulado: “Sarmiento: homenaje en el quincuagésimo año de su muerte 1811-1888”. Este volumen cuenta con el texto de Greca: “Sarmiento periodista y maestro de argentinidad”. El resto de los escritores que intervienen son A Antille, R. Bielsa, R. Calatroni, J. Cardarelli, S. Dana Montaño, R. Doglioli, I. Francioni, H. Gambino, J. Gollán, E. Mazzoni, O. Murúa, E. Muzzio, A. Nigro, A. Palcos, E. Robertaccio, E. Segovia, A. Ucha.

 

[64]   Greca, La torre de los ingleses, 125.

 

[65]   Greca, La torre de los ingleses, 141.

 

[66]   Greca, La torre de los ingleses, 143-144.

 

[67]   Greca, La torre de los ingleses, 18.

 

[68]   Greca, La torre de los ingleses, 15.

 

[69]   Greca, La torre de los ingleses, 51.

 

[70]   Greca, La torre de los ingleses, 50.

 

[71]   Greca, La torre de los ingleses, 46.

 

[72]   Greca, La torre de los ingleses, 49-50.

 

[73]   La letra completa se puede consultar en El Yaraví Arequipeño. Un estudio histórico-social y un cancionero de Luis Guillermo Carpio Muñoz, Arequipa, 1976. Recopilada de La Lira del Mistí: Colección de zarzuelas, yaravíes, canciones, habaneras y serenatas, Arequipa, 1902. Sugerimos la hermosa versión que la cantante peruana Margot Palomino interpretara en la despedida de su amigo y maestro, el compositor Oswaldo Reynoso en “Margot Palomino interpreta “Pajarillo errante” para despedir a Oswaldo Reynoso”, YouTube video, 02:51, publicado por Casa de la Literatura, 26 de mayo, 2016, https://www.youtube.com/watch?v=xPAYZC-rzMQ.

Para otros estudiosos es en realidad una habanera, género musical originado en Cuba en la primera mitad del siglo XIX. Otra versión popularizada de este yaraví es: “Soy pajarillo errante/ Vago perdido, vago perdido, / Por doquiera que vaya, / Busco mi nido, busco mi nido. // Alzo mi vuelo/ Me traicionan mis alas/ Me traicionan mis alas/ Ay, volar no puedo. // Soy como el arroyuelo/ Desde que brota, desde que brota, / Por doquiera que vaya/ Deja una gota, deja una gota. // Es mi destino/ Dejar gota por gota/ Ay, en mi camino. //

[74]   Greca, La torre de los ingleses, 48.

 

[75]   Greca, La torre de los ingleses, 49.

 

[76]   Greca, La torre de los ingleses, 69.

 

[77]   Esta cuestión, de índole autobiográfica, se puede constatar en otro registro, empíricamente, digamos: son las dedicatorias de Ángel Guido en los libros hallados en la biblioteca de Greca, la intervención de Ángel en el periódico al conocerse el fallecimiento de Greca, las que dan cuenta –entre otras– de esta amistad. Para mayor información ver Antequera, “El relato de viajes”.

 

[78]   Greca, La torre de los ingleses, 160-161.

 

[79]   Greca, La torre de los ingleses, 196-197.

 

[80]   Greca, La torre de los ingleses, 201.

 

[81]   Monteleone, El relato de viaje, 243.

 

[82]   Greca, La torre de los ingleses, 10.

 

[83]   Greca, La torre de los ingleses, 10.

 

[84]   Greca, La torre de los ingleses, 52-53.

 

[85]   Greca, La torre de los ingleses, 196.

 

[86]   Greca, La torre de los ingleses, 94.

 

[87]   Greca, La torre de los ingleses, 90-91.

 

[88]   Greca, La torre de los ingleses, 98.

 

[89]   Greca, La torre de los ingleses, 91.

 

[90]   Greca, La torre de los ingleses, 104-105.