doi: https://doi.org/10.25185/9.11

Entrevista

 

América Latina y los nuevos estudios de la guerra: entrevista a María Inés Tato

(16 de febrero de 2021)

 

Nicolás Arenas Deleón
Universidad de los Andes, Chile.
narenas@miuandes.cl
ORCID iD: https://orcid.org/0000-0002-5087-5839

Mariana Moraes Medina
Universidad Adolfo Ibáñez / ANID, Chile.
mmoraes.medina@gmail.com
ORCID iD: http://orcid.org/0000-0003-2826-5580

 

Recibido: 04/03/2021 - Aceptado: 15/03/2021

 

 

María Inés Tato es doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires, docente de la Facultad de Ciencias Sociales de esa casa de estudios y de la Maestría en Historia de la Guerra de la Escuela Superior de Guerra de la Universidad de la Defensa Nacional (UNDEF, Argentina). Asimismo, es Investigadora Independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Desde 2013 dirige el Grupo de Estudios Históricos sobre la Guerra (GEHiGue) afincado en el Instituto de Historia Argentina y Americana «Dr. Emilio Ravignani». Actualmente lleva adelante el proyecto «Argentina y los conflictos bélicos del siglo XX: una aproximación desde la historia social y cultural de la guerra».

Entre sus trabajos más recientes destacan La cuestión Malvinas en la Argentina del siglo XX. Una historia social y cultural (coordinado junto a Luis Esteban Dalla Fontana, 2020); Guerras del siglo XX. Experiencias y representaciones en perspectiva global (coordinado junto Ana Paula Pires y Luis Esteban Dalla Fontana, 2019); La Gran Guerra en América Latina. Una historia conectada (coordinado junto a Olivier Compagnon, Camille Foulard y Guillemette Martin, 2018); La trinchera austral. La sociedad argentina ante la Primera Guerra Mundial (2017); Las grandes guerras del siglo XX y la comunidad española de Buenos Aires (coordinado junto a Nadia De Cristóforis, 2015).

 

Mariana Moraes (M.M.): ¿Cómo darías cuenta del nuevo impulso que los estudios de la guerra han venido cobrando en el ámbito de las investigaciones históricas en el último tiempo? Partimos con esta pregunta desde el presupuesto de que la historia de la guerra ha sido identificada tradicionalmente con la historia militar, algo que puede haberla relegado a un campo de temas e intereses más restringidos en el ámbito de la academia.

María Inés Tato (M.I.T.): Sí, efectivamente. De modo habitual, la historia de la guerra ha estado asociada de forma casi automática con la historia militar clásica, con esa historia de raigambre historicista y decimonónica, donde el interés estaba puesto en estudiar el proceso de construcción y expansión de los estados nacionales y la guerra como una de esas herramientas de constitución de los estados. En tal sentido, la historia de la guerra quedaba, por lo general, en manos de profesionales del arte militar, con un énfasis en el estudio de los liderazgos (en los actores que conducen la guerra), la descripción de las batallas, los análisis operacionales propiamente dichos, etc. Ese era un campo extremadamente limitado que comenzó a renovarse hace aproximadamente tres décadas, a partir de los años ochenta o quizá un poco antes –depende de la tradición historiográfica a la que se refiera–, y dio lugar a lo que algunos autores llaman la «nueva historia military», que podríamos nominar de una forma más adecuada como una historia social y cultural de la guerra.

Esta renovación se vio influenciada por las corrientes historiográficas que se desarrollaron en el campo de la historia a nivel más general: la historia social, tanto la de raigambre marxista británica como la impulsada por la Escuela de Annales, dieron lugar al despliegue de una historia cultural con la amplitud que representa la definición de cultura concebida por estas nuevas corrientes. Esto impactó en diversas subdisciplinas de la historia y, entre ellas, en los estudios de la guerra. De tal forma, esta renovación que inicia lentamente hacia los ochenta implica un abanico mucho más amplio de objetos de estudio, de temas, de enfoques, de metodologías, de conceptos. Además, comienza a desaparecer la distinción que predominaba en la historia militar más clásica entre los altos mandos y la tropa, los militares y los civiles, el frente y la retaguardia. Entonces más que estudiar la guerra como un fenómeno que se produce solamente en el campo de batalla, se comienza a estudiar a las sociedades en guerra como conjunto. Y, en tal sentido, me parece que es muy enriquecedor todo el desarrollo que va teniendo el estudio de la guerra desde entonces, porque se pueden incorporar allí las experiencias de guerra de veteranos combatientes de diferente rango (no sólo los altos mandos) y de distintos actores de la sociedad civil, para reconocer la forma en que viven, se representan o recuerdan la guerra. No queda duda, por lo tanto, que se trata de un campo que está en plena expansión y que se va beneficiando de distintos desarrollos que se dan dentro de la historiografía.

Les mencionaba la historia social y la historia cultural, pero también en los últimos veinte años la historia global ha impactado de manera importante en los estudios sobre la guerra. Aquí encaja un poco mi propia línea de investigación, que se orienta a descubrir cómo sociedades que no fueron beligerantes, porque se mantuvieron al margen de guerras totales, de guerras globales como las mundiales, se ven impactadas en distintos niveles: en lo económico, en lo diplomático, en lo social, en lo cultural, por guerras que se desarrollan en otros epicentros. Entonces, la historia global ha permitido descubrir o redescubrir a estas llamadas –a veces un poco peyorativamente– «periferias de la Guerra»; es decir, estos países o regiones que desde el punto de vista formal o son neutrales o tienen un involucramiento militar muy limitado en la guerra, pero que de todas formas son beligerantes en un ámbito más cultural. En ese aspecto, tomo un concepto que desarrollan Olivier Compagnon y Pierre Purseigle, en un artículo bastante reciente de Annales,[1] que se refiere a las «geografías de la movilización» para entender cómo una movilización puede darse también en el ámbito cultural y resignificar el concepto de beligerancia; es decir, ampliarlo no solo a los estados en guerra sino a las experiencias sociales que pueden construirse de esas guerras en otros territorios que no son necesariamente teatros de batalla, ni son militarmente activos.

De tal modo, yo creo que el campo de los estudios de la guerra, en las últimas décadas, se ha expandido bastante y es muy promisorio. Todavía hay muchas áreas de vacancia para desarrollar, pero me parece que es realmente muy fértil como una posibilidad para avanzar en nuevos estudios.

M.M.: En este nuevo acercamiento, que revisa y resignifica las geografías de la movilización y la beligerancia, las representaciones de la guerra cobran un papel central. Mary A. Favret, en su libro War at a distance. Romanticism and the Making of Modern Wartime (2009), plantea que la mediación de la guerra moderna a través de la literatura y de los medios de comunicación ha explotado, en gran medida, un discurso emocional. Este ángulo, que observa el registro de las emociones durante la guerra, está presente en algunos de tus trabajos. ¿Cómo llegas a integrar esta perspectiva y qué reflexiones te merece?

M.I.T.: Me parece que la historia de las emociones, bastante reciente por lo demás, se ha centrado, en lo referente a los estudios sobre la guerra, en otros períodos como la historia medieval y, sin embargo, resulta una veta clave para estudiar conflictos posteriores. Porque cuando uno analiza a los actores o testigos de la guerra es importante ver como estos vivencian o experimentan la guerra y como esto genera una carga de emociones para comprender y tener un cuadro general de la repercusión de determinado conflicto en la sociedad civil. A veces es difícil hacerlo desde América Latina, porque la mayor parte de estos trabajos de historia de las emociones necesita de los llamados ego documentos (diarios personales, correspondencia); estos documentos donde la subjetividad de los actores está muy presente. Pero no siempre es fácil encontrarlos. En ese sentido, a lo mejor es fácil encontrar memorias, pero ahí ya media un espacio de tiempo que tal vez le quita la frescura o la espontaneidad que tiene esa experiencia. Pero, de todas formas, me parece que es una vertiente muy interesante para poder trabajar desde esa perspectiva social y cultural, porque es una forma de acercarse a una experiencia individual, pero que al mismo tiempo es una experiencia que puede considerarse paradigmática de otros casos similares.

Yo me había acercado un poco intuitivamente a la historia de las emociones a través del estudio de las crónicas de Roberto Payró en la Bruselas ocupada por los alemanes. Lo que tienen de interesante esas crónicas es que son producidas en el momento mismo de los hechos que está narrando y, si bien constituyen una experiencia individual, nos muestran un clima social que está atravesado por el mismo tipo de emociones: el temor, el pánico, la expectativa o la ansiedad. Toda una serie situaciones sociales que, aunque uno las ve a través del prisma de un testigo o de un actor específico, pueden ser consideradas, en cierta medida, representativas de un conjunto más amplio. Y me parece que, así como pasa con ese caso específico de una ocupación en tiempos de la Primera Guerra Mundial, también se puede utilizar ese tipo de estrategias para analizar otros conflictos del siglo XX. Uno puede combinar este tipo de historia con la historia oral si son conflictos más recientes, para acceder a ese plano de la dimensión individual que es el emotivo, el subjetivo, el que no está racionalizado totalmente, sino que es algo mucho más espontáneo, más fluido, y que también forma parte integral de lo que es una experiencia de guerra. Me parece que la historia de las emociones es un terreno que hay que explorar y que permite redimensionar muchas de estas imágenes que uno tiene de la guerra y descubrir cómo la guerra es vivida y representada; es decir, como influyen las emociones en la manera en que la gente interpreta una determinada coyuntura.

Nicolás Arenas (N.A.): Esta perspectiva en que confluyen la historia social y cultural, la historia global y la historia de las emociones y el universo de las representaciones de la guerra pareciera desbordar lo estrictamente histórico y afianzarse sobre un terreno interdisciplinario. Dicho esto, ¿qué insumos de otras disciplinas consideras útiles para poder acercarte a tus objetos de estudio?

M.I.T.: Yo creo que de por sí, por mi propia formación, mi primera aproximación es la historia; pero también he tomado elementos que tienen que ver con la literatura, porque parte de estas mediaciones que uno estudia a la hora de analizar la guerra tienen que ver con testimonios de intelectuales, con publicaciones, etc. Entonces también la literatura ha sido una fuente importante y un aporte de otra disciplina diferente. Me parece que por ese lado están las principales tendencias por las que me he ido moviendo: la historia y la literatura son básicamente los principales insumos que utilizo.

N.A.: La reconstrucción de la guerra exige y posibilita el uso de un caudal variado de fuentes. En ese conjunto, los diarios y las publicaciones periódicas parecen constituir un insumo relevante en tus trabajos ¿Qué valor han tenido para tus investigaciones este tipo de fuentes?

M.I.T.: Las revistas y los diarios son fuentes indispensables por dos grandes razones. Por un lado, como una fuente de información en misma, porque, a veces, cuando uno quiere reconstruir aspectos vinculados con una movilización social o una movilización cultural en torno a un conflicto determinado se encuentra con que faltan documentos de diferentes registros. Uno puede conocer, por ejemplo, asociaciones que fueron muy activas durante la guerra, pero de las cuales no se conserva necesariamente la documentación. Allí, los diarios pueden representar registros muy minuciosos y detallados para reconstruir esas actividades. Incluso puede que nos proporcionen testimonios a los cuales, de otra manera, no podríamos acceder. Estoy pensando, por ejemplo, en los diarios que reproducen discursos de intelectuales o piezas oratorias que si no son recogidas por el cronista y transcriptas en el diario en ese momento se pierden para la posteridad. Entonces, los diarios, y la prensa en general, vienen a ser una fuente de información muy importante para lograr esos insumos que permiten recopilar las piezas de un rompecabezas para reconstruir un determinado contexto o actividad.

Pero también son «mediadores culturales», porque, sobre todo si pensamos en la primera mitad del siglo XX, son prácticamente el único medio de información o la única fuente de información con la que cuenta la opinión pública. Cumplen un rol mediador fundamental, ya que todas las representaciones que la sociedad civil y la opinión pública se hacen respecto a esas guerras derivan de la intermediación de estas publicaciones. Igualmente, implican una serie de filtros, dado que no se puede desligar ese rol de mediador de su carácter de actor. Las publicaciones no necesariamente son neutras, sino que, muchas veces, frente a esos conflictos tienen una posición tomada y, por lo tanto, distribuyen una imagen, un estereotipo de los contendientes, de las posiciones que hay en la arena pública frente a la guerra, que está armada en función de sus propias convicciones. Incluso está destinada a movilizar a esta sociedad y ejercer ese rol de actor político. Entonces, yo creo que la prensa es fundamental para el estudio de las sociedades en guerra por ambas razones: por ese papel de fuente de información en sí, en bruto y, por otro lado, por su rol de mediador y de actor en estas sociedades.

M.M.: Para continuar con el asunto de las fuentes para historizar la guerra, avanzado el siglo XX, la radio y la televisión –y más recientemente la Internet– han ganado un gran protagonismo en la mediación y en el propio desarrollo de los conflictos si se considera la incidencia que tiene en estos la opinión pública. ¿Qué desafíos traen consigo estos nuevos medios de comunicación para el estudio de la guerra?

M.I.T.: Eso implica un desafío fundamental. A mediados o fines de la Primera Guerra Mundial, la imagen comienza a cobrar importancia como medio de propaganda a nivel global. Hay filmes hechos por los beligerantes que incluso se distribuyen en América Latina. Son piezas bastante rústicas. Son imágenes de batallas que, en muchos casos, son representaciones. No son la imagen fiel de momento, sino que se actúa una escena de batalla. Las fotografías también empiezan a circular. Hay exposiciones fotográficas, sobre todo aliadas, que circulan por América Latina. Pero obviamente eso cobra mayor dimensión con la Segunda Guerra Mundial. Allí la radio aparece como un mecanismo importante y la imagen influye mucho más que en la Primera Guerra. La propaganda se vuelve mucho más sofisticada a través de esos medios sonoros y especialmente con la irrupción del cine. Y, en la segunda mitad del siglo XX, el peso que tiene la televisión en esa mediación entre las opiniones públicas y la guerra es clave. Ahí el problema o el desafío es, más allá de lo metodológico, si es lo mismo analizar una fuente escrita que una fuente visual, porque eso ya nos plantea la necesidad de nuevas estrategias y habilidades para su estudio.

También está la cuestión de la disponibilidad, porque no siempre vamos a tener esos registros ni radiofónicos, ni televisivos. Por ejemplo, en el libro que hemos sacado recientemente sobre Malvinas[2] hay un artículo que trabaja sobre el noticiero «60 minutos» –que era el noticiero de la Televisión Pública durante la guerra– y su rol como mediador en la difusión de propaganda. El investigador que se hizo cargo de ese tema (Iván Rey) fue a los archivos de la Televisión Pública que todavía existe y, sin embargo, encontró que no está completa la colección; es decir, que por cuestiones que tienen que ver a veces con descuidos, a veces con cuestiones de censura, no tenemos a nuestra disposición tampoco la totalidad del conjunto de fuentes con las que uno podría reconstruir ese conflicto. Ahí se suma un problema bastante generalizado, no solo para las fuentes audiovisuales, sino también para las escritas, que se relaciona con la política pública de preservación de esa memoria histórica que, en el caso de Argentina, tiene bastante déficit. Uno puede encontrar lagunas importantes de información y aunque sabe de la existencia de fuentes porque las encuentra mencionadas en otras, después las quiere consultar y no están.

Es un desafío enorme, tanto por las nuevas formas de analizar o acercarnos a esos materiales que son muy distintos a los que acostumbramos a trabajar, como a la disponibilidad de esos registros. En ocasiones, a través del estudio de la Primera Guerra Mundial, he encontrado referencias a fuentes audiovisuales de propaganda alemana o aliada que no pude localizar localmente, pues el registro no se ha conservado. A veces se conserva en Europa, en los propios países beligerantes que producen esa propaganda, pero no así en los espacios latinoamericanos por donde circularon.

Pensando en lo esencial de la correspondencia privada o entre líderes para principios del siglo XX, en la actualidad el imperio del email ha generado que ese tipo de fuentes que antes eran s accesibles, ahora no estén al alcance del investigador. La internet ha creado muchos registros inaccesibles e incluso efímeros. Efectivamente, es un desafío el que se plantea para dilucidar cómo vamos a poder reconstruir esos conflictos en el futuro y cómo trabajar con fuentes no tradicionales para el investigador.

M.M.: Los «nuevos estudios de la guerra» han prestado más atención al frente doméstico y por esa vía han otorgado voz a ciertos actores relegados por la historiografía precedente. Así, en el último tiempo han surgido investigaciones que nos permiten conocer, por ejemplo, cómo vivían la guerra los niños o las mujeres. Al respecto nos interesa conocer qué lugar crees que estos sujetos están asumiendo en la actualidad como «actores de la guerra».

M.I.T.: Esta renovación de los estudios de la guerra, de la que hablábamos al principio, con esta historia desde abajo, subalterna, que descubre el frente civil, ha comenzado a darle otra visibilidad a actores históricos que estaban soslayados. El caso de las mujeres es un buen ejemplo. Habitualmente la guerra era vista como una actividad esencialmente masculina y las mujeres no aparecían en el cuadro dentro de lo que se describía como una experiencia de guerra. Y, en realidad, en función del avance de esa historia social y cultural y también de los estudios de género, que son ya más interdisciplinarios, podemos ver que empieza a aparecer la mujer en distintos lugares en la historia de la guerra. Una mujer vista como víctima de la guerra, como quien pierde a sus familiares que van al frente, quien tiene que quedarse a cargo del hogar, quien es víctima de violencia sexual en el marco de conflictos armados, etc. También la mujer en un rol más activo: las mujeres voluntarias o las combatientes. Mujeres que no responden totalmente a ese estereotipo del pacifismo, de la pasividad, sino que son activas y que se comprometen con una causa de manera directa.

Pero también vemos aparecer a la mujer en relación con la guerra en roles más tradicionales como pueden ser los vinculados con la beneficencia, la caridad o la recolección de fondos para las víctimas de los conflictos. Asimismo, uno también las descubre en relación con algunos de los efectos secundarios de la guerra, como es la irrupción de la mujer en la vida pública, reemplazando a la mano de obra que va al frente. A veces estos son fenómenos temporales que se les plantean a muchas sociedades beligerantes en la postguerra: las mujeres tienen que volver al hogar, a su rol natural, pero de manera temporal esas mujeres comienzan a involucrarse en actividades que no estaban pensadas originalmente como propiamente femeninas. En torno a las consecuencias de las dos Guerras Mundiales, las mujeres empiezan a adquirir derechos políticos como uno de los efectos colaterales de esa movilización total para la guerra: las sociedades europeas comienzan a democratizarse y a democratizar el acceso a la política por parte de las mujeres. Algunos trabajos vinculados al estudio de las representaciones analizan el rol que cumple la mujer en la propaganda de guerra, como por ejemplo la encarnación de lo femenino en la imagen de la nación o de la patria.

Entonces, me parece que todos estos nuevos roles empiezan a notarse mucho más, a advertirse mucho más en los trabajos sobre historia de la guerra. La mujer tiene ahora otra presencia. Por lo tanto, este campo que había sido formalmente limitado al análisis de lo más propiamente masculino se empieza a abrir a incorporar a este sujeto histórico.

M.M.: Hablabas de la irrupción de la mujer como sujeto histórico de la guerra y nos preguntábamos cómo ha sido tu experiencia en un campo de estudio que no suele asociarse tradicionalmente a las mujeres.

M.I.T.: En lo que hace a mi experiencia como historiadora de la guerra, en general, cuando uno comenta qué es lo que está investigandoincluso entre historiadores–, a veces tiene como reacción un cierto estupor, una cierta perplejidad, de que una mujer estudie temas que son prácticamente identificados como masculinos. Yo creo que estomás allá de las percepciones sociales y los estereotipos que tienen que ver con las actividades propiamente femeninasestá relacionado con la asociación que estuvo vigente hasta no hace mucho entre la historia de la guerra y la historia militar. De este modo, cuando uno habla de la historia de la guerra, la gente la asimila con la historia de las batallas, entonces suena raro que una mujer se interese por ese tipo de temas. En realidad, probablemente, las mujeres como historiadoras de la guerra tengamos una mayor afinidad electiva con los temas sociales o culturales, pero eso no nos impide ser historiadoras de la guerra. Por la imagen establecida o preestablecida uno se encuentra con esos prejuicios, a pesar de que hay historiadoras como Annette Becker o Johanna Burke que han hecho aportes importantes al estudio de la guerra. Pero todavía me parece que seguimos siendo una minoría, cada vez más visible, que aún tiene que enfrentar esas imágenes o esos prejuicios en cuanto a nuestra asociación con este campo de estudio.

N.A.: Uno de los espacios más importantes para el desarrollo de tus líneas de investigación ha sido el Grupo de Estudios Históricos sobre la Guerra (GEHiGue) que funciona en del Instituto Ravignani. ¿Cómo nació la idea de conformar este grupo? ¿Cómo han trabajado durante estos casi ocho años de actividad ininterrumpida?

M.I.T.: A medida que me fui involucrando en el estudio de la Primera Guerra Mundial y de sus impactos en Argentina, advertí que en otros espacios académicos, tanto en el mundo anglosajón como en el francés, había una mayor institucionalización de la historia de la guerra. En aquellos espacios uno podía y puede encontrar desde revistas académicas hasta centros de estudio especializados, algo difícil de hallar en la Argentina. En general, aquí los estudios sobre la guerra estaban más relegados o dominados por el ámbito de las Fuerzas Armadas, donde sí existían históricamente desde hacía tiempo institutos de investigación sobre estos temas. Sin embargo, en el ámbito universitario había colegas que trabajaban de manera aislada sobre la guerra y los contactos que teníamos eran solo ocasionales y esporádicos. Así nació la idea de crear este grupoel cual se formó gracias al apoyo del Instituto Ravignani que acogió la propuesta– con el fin de consolidar el área de los estudios de la guerra a nivel local. Para ello buscó, desde un principio, una amplia interacción con otros grupos similares para mantenerse actualizado sobre el trabajo que se desarrollaba en otros ámbitos respecto a estos temas.

El grupo ha tenido un rol relevante como espacio para la formación de recursos humanos orientados hacia el estudio de la guerra desde las perspectivas social y cultural. Existen tesistas de postgrado y becarios que están haciendo sus investigaciones en el marco del grupo. Además, se organizan periódicamente reuniones para la discusión de bibliografía que nos ayudan a pensar diferentes procesos bélicos y se desarrollan distintas actividades con académicos e investigadores extranjeros para conocer de qué forma se está trabajando sobre el tema. Durante estos años, se han superado las cincuenta actividades, entre conferencias, workshops, presentaciones de libros, etc. Se trata de estar en contacto y difundir localmente lo que se está investigando sobre la guerra en Europa, en América Latina, en Estados Unidos, en todos aquellos lugares donde podamos tener algún colega que participa de nuestras actividades. En algunos casos, los resultados de esos workshops –en tres casos por lo menos– se volcaron en libros colectivos o en compilaciones, lo que da cuenta de este espíritu colaborativo.

N.A.: Muchas veces estas reflexiones quedan encerradas en ciertos círculos académicos, lo que hace que la historia enseñada no logre incorporar los avances de la disciplina. En tal sentido, nos interesa saber si se han planteado, desde el grupo, cómo incidir en la forma como se enseña la guerra en los cursos de historia. ¿Cómo salir de esa asociación del estudio tradicional de la guerra con lo militar? ¿Han notado que estas nuevas miradas de la historia social y cultural de la guerra están permeando mínimamente en el aula?

M.I.T.: En relación con la proyección en el ámbito educativo, nosotros encontramos que en general, en la currícula universitaria, las guerras ocupan un rol bastante marginal. Por ejemplo, para la carrera de Historia de la Universidad de Buenos Aires, donde yo he sido docente mucho tiempo, son un dato más de otros procesos. No hay un análisis de la guerra per se, como un objeto en sí mismo. Incluso guerras como Malvinas tampoco son un tema en mismo en la currícula universitaria. Hemos estado tratando de dictar seminarios de postgrado o a veces de grado para poder ir difundiendo este tipo de estudios en distintos ámbitos.

Parte del Grupo de Estudios Históricos sobre la Guerra también forma parte del plantel docente de la Maestría en Historia de la Guerra que se dicta en la Escuela Superior de Guerra. Desde allí estamos tratando de establecer un vínculo, un diálogo entre el ámbito civil y militar, entre la historia militar más clásica y la historia social y cultural, y de complementar miradas sobre la guerra.

En lo que refiere a las aulas del secundario y la escuela primaria es un poco más lento el proceso. Me parece que sería una vía interesante para hacer llegar la guerra a las nuevas generaciones, para entenderla más allá del simple acontecimiento y la sucesión de batallas –que son áridas y en general no quedan en el recuerdo del alumno–, de tal forma de que puedan comprenderlas como parte de una vivencia colectiva del pasado.

M.M.: Uno de los temas sobre los que se enfoca tu trabajo es la guerra de Malvinas. De hecho, hace pocos meses has coordinado, junto a Luis Esteban Dalla Fontana, el libro La cuestión Malvinas en la Argentina del siglo XX. Una historia social y cultural (Rosario: Prohistoria, 2020) que recoge un conjunto de artículos relativos a un suceso aún sensible para la sociedad argentina. ¿Qué problemas o dificultades le representa al historiador el estudio de la guerra de Malvinas? ¿Cuál consideras que es el aporte de este libro a la historiografía sobre el tema?

M.I.T.: La guerra de Malvinas, a casi cuarenta años de distancia, sigue siendo un tema sensible, espinoso, controvertido, muy polémico, y eso ha resultado en lecturas a veces antagónicas de la guerra: quienes ven en ella una gesta nacional de manera acrítica y quienes la condenan por haber sido promovida por la última Dictadura militar. Así, encontramos lecturas muy antitéticas, altamente politizadas, que dificultan al historiador hacer un análisis propiamente académico, lo más objetivo dentro de nuestras posibilidades. La historiografía sobre la guerra de Malvinas forma parte de las discusiones sobre política doméstica o política interna de la dictadura, y pierde valor en misma. Incluso si uno mira los manuales escolares, la guerra aparece apenas como una sección muy breve, donde se coloca el énfasis en mostrar este acontecimiento como uno más de los desaciertos del gobierno militar al llevar a una sociedad a una guerra que terminó en derrota. Entonces, queda como un hecho menor en mismo y no se analiza con la profundidad con que pueden ser examinados otros conflictos.

La producción sobre Malvinas es muchísima. Existe numerosa producción testimonial, que para nosotros es muy importante, porque es una fuente que nos permite acceder justamente a las experiencias de los combatientes y de los veteranos. Hay también trabajos de tipo ensayístico, algunos estudios sobre la guerra desde una perspectiva más operacional y estudios de investigación periodística sobre la cuestión diplomática. Pero dentro de lo que es el ámbito de la historiografía propiamente dicha, la historia social y cultural es todavía muy incipiente en lo que hace al estudio de Malvinas. Hay varios trabajos que están empezando por ese camino, que se dedican a recoger la experiencia de guerra tanto de conscriptos, como de oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas que participaron, y analizar cómo estos actores van construyendo y transformando sus identidades en relación con la guerra. Hay trabajos que analizan la prensa, para descubrir cómo determinadas publicaciones se posicionaron frente a la guerra, qué lecturas hicieron, etc.

No obstante, la sociedad civil queda un tanto difusa en los estudios. Existe una idea, herencia de la postguerra, que concibe una sociedad manipulada por la propaganda y por los medios y totalmente inocente; una sociedad que fue engañada en lo que hace al apoyo a la guerra. Así, se pierde de vista el consenso social que efectivamente tuvo la guerra. A veces las sociedades quieren mirar hacia otro lado y olvidarse que le han dado consenso a una causa de la que después descreen. Malvinas tuvo un consenso bastante extendido. Eran pocas las voces que se levantaban para criticar la guerra durante su desarrollo, y la movilización que se dio en torno a ella a veces no está debidamente o, por lo menos, totalmente trabajada. Un poco la idea del libro fue contribuir a analizar, a través de varios estudios de caso, parte de esa movilización social y cultural. La movilización del mundo del deporte durante el conflicto, el rol de las publicaciones infantiles y el estímulo a la identificación con la causa de Malvinas o los estereotipos del enemigo británico construidos desde la prensa son algunas de las temáticas que aborda el trabajo. De este modo, se busca cubrir algunos vacíos que existían en torno al estudio de Malvinas en lo cultural y lo social.

Otra de las cuestiones que intenta resolver el libro, a partir de nuestras propias interrogantes, gira en torno a la masiva movilización de la sociedad durante la guerra. A partir de allí, planteamos una mirada retrospectiva para tratar de rastrear distintos momentos, a lo largo del siglo XX, en que la sociedad hace presente la legitimidad del reclamo soberano sobre las islas. Hay un capítulo, de mi autoría, que tiene que ver con el uso que hace la propaganda alemana en Argentina de la cuestión Malvinas durante la Primera Guerra Mundial para quebrar la solidaridad con los aliados; se trae a colación este irredentismo que hay sobre Malvinas para que la sociedad, si no se alinea con los alemanes, por lo menos no muestre la misma convicción o la misma afinidad con los aliados. Después tenemos otro trabajo que examina la acción intelectual, desde el socialismo hasta la extrema derecha, en torno a la reivindicación de la cuestión Malvinas. Otro que analiza un diario de tirada popular, que sigue saliendo en la actualidad (el diario Crónica) y explica cómo este medio se convirtió en un actor político importante para impulsar la recuperación de las islas y algunas iniciativas vinculadas con ese reclamo.

El libro viene a complementar algunos estudios que se estaban desarrollando y a tratar de reforzar esa línea de análisis social y cultural. Busca ampliar el marco cronológico de análisis para mostrar cómo se fue formando esa causa nacional, a lo largo de los siglos XIX y XX, y cómo eso tuvo un impacto en la movilización posterior.

M.M.: Para cerrar, y pensando en los lectores más jóvenes que podrían tener interés en acercarse a este campo de estudio, ¿cuáles serían los temas y enfoques que te parecen podrían contribuir a potenciar futuras indagaciones en el campo de la historia social y cultural de la guerra?

M.I.T.: Creo que una de las cosas que mencionábamos en algún momento de la entrevista, la historia de las emociones, es una de las vías que puede llegar a servir para acceder a una mirada más social y cultural aplicada a diversos conflictos, no solo a los del siglo XX. Me parece que tiene un potencial importante.

Otra tendencia es la de la historia global. Pensar en términos de interacción entre lo global y lo local es algo que puede iluminar mucho, incluso la perspectiva que nosotros tenemos sobre diversos procesos históricos locales. A veces quedamos demasiado atados a lo que Sebastian Conrad llamaba el «nacionalismo metodológico»,[3] a la idea de pensar los procesos tan centrados en mismos que parecen excepcionales, sin percibir que, en realidad, cuando uno los contrasta con el marco global, o desde una historia comparativa o transnacional, reconoce que existen muchas conexiones y similitudes entre procesos contemporáneos o no tanto. A mí me parece que recobrar esa conexión entre lo local y lo global puede ser muy útil para repensar incluso procesos sobre los cuales ya tenemos ciertos consensos creados en lo que hace a su estudio, pero que nos puede arrojar nueva luz, que nos puede permitir mirarlos desde un ángulo más novedoso.

Y también pensar no solo entre lo global y lo nacional, sino también lo propiamente local, lo más micro, la vinculación entre lo micro y lo macro que también es parte de este giro y que puede ser fundamental para analizar algunos procesos. Al estudiar el tema Malvinas, por ejemplo, no es lo mismo la forma en que se representa la guerra en Buenos Aires que en ciudades cercanas al teatro de la guerra. Si bien están en el continente, desde allí parten y se avituallan las tropas, allí llegan las noticias, y en ese espacio se vive de manera más directa la amenaza de la guerra. Por tanto, son diferentes las experiencias que se dan en un nivel micro, que las que se pueden producir a nivel nacional. Lo mismo pasa con la prensa. Una cosa es lo que reproduce la prensa nacional y otra muy distinta es lo que pasa con la prensa local. Si bien pueden replicar las noticias de los diarios de tirada nacional, a veces tienen también su propio ángulo, su propia preocupación por los impactos locales o las repercusiones en la localidad de esos eventos bélicos.

En suma, estas son tendencias que pueden llegar a ayudarnos a enriquecer el análisis de la historia nacional, siempre poniéndola en diálogo en sus diversas dimensiones con lo local y con lo global, y lo mismo la historia de las emociones. Por ese lado, son novedades que pueden enriquecer el estudio de la guerra. También el estudio de masculinidades en guerra, el rol de las mujeres en la guerra, constituyen una vía de entrada válida para expandir estos estudios entre los investigadores más jóvenes.

 

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Tato, María Inés. “América Latina y los nuevos estudios de la guerra: entrevista a María Inés Tato”. Entrevista por Nicolás Arenas Deleón y Mariana Moraes Medina. Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, nº9, (2021): 251-264.

https://doi.org/10.25185/9.11

 

 

 

El autor es responsable intelectual de la totalidad (100 %) de la investigación que fundamenta este estudio.

Editores responsables Nicolás Arenas Deleón: narenas@miuandes.cl; Mariana Moraes Medina: mmoraes.medina@gmail.com

 

 

 



[1]   Oliver Compagnon y Pierre Purseigle, “Géographies de la mobilisation et territoires de la belligérance durant la Première Guerre mondiale, Annales 71, n° 1 (2016): 37-64.

 

[2]   María Inés Tato y Luis Esteban Dalla Fontana, La cuestión Malvinas en la Argentina del siglo XX. Una historia social y cultural (Rosario: Prohistoria, 2020).

 

[3]          Sebastian Conrad, What is Global History? (Princeton / Oxford: Princeton University Press, 2016).