doi: https://doi.org/10.25185/11.10

Reseña

Laura Cabezas
Universidad de Buenos Aires, Argentina
lau.cabezas@gmail.com
ORCID iD: https://orcid.org/0000-0002-1260-2901

 

Paula Bruno, Alexandra Pita y Marina Alvarado.
Embajadoras culturales. Mujeres latinoamericanas y vida diplomática, 1860-1960. Rosario, Prohistoria ediciones, 2021, 166 pp.

 

Recibido: 11/04/2022 - Aceptado: 13/04/2022

 

Esposas de, extranjeras distinguidas, damas diplomáticas, embajadora de la paz y contestarias, autoras, delegadas y mediadoras culturales, patriotas y hasta feministas, la variedad habla de epítetos y de actividades, pero también de estrategias que las mujeres de la diplomacia performaron en pos de construirse un espacio de actuación en un mundo eminentemente masculino. De esta complejidad de acción que tensiona las normas de género en diversas épocas y en escenarios trasnacionales da cuenta el libro de Paula Bruno, Alexandra Pita y Marina Alvarado, Embajadoras culturales. Mujeres latinoamericanas y vida diplomática, 1860-1960.

Con rigor y sutileza, las autoras reconstruyen las trayectorias y experiencias diplomáticas de nueve mujeres latinoamericanas: en la primera parte, Paula Bruno se ocupa de las argentinas Eduarda Mansilla, Guillermina Oliviera Cézar y Ángela Oliveira Cézar; en la segunda parte, Marina Alvarado se detiene en los recorridos de las chilenas Carmen Bascuñán Valledor, Emilia Herrera y Martínez y Amanda Labarca; y en la tercera y última parte, Alexandra Pita se centra en la chilena Gabriela Mistral y en las mexicanas Palma Guillén Sánchez y Concha Romero. ¿Qué rol ocuparon las “embajadoras culturales” dentro de la historia de los servicios exteriores latinoamericanos? ¿Cómo contribuyeron a forjar lazos y vínculos en el ámbito diplomático internacional? ¿De qué modo consiguieron mediar en asuntos de política? ¿Qué imágenes públicas construyeron y cómo lidiaron con las inevitables transgresiones que trazaban sobre los límites de acción de su género? Estos interrogantes sustentan y guían las tres partes de un libro que, escrito a seis manos, no se muestra fragmentario, sino que, por el contrario, establece líneas de continuidad que invitan al lector o la lectora a acompañar el diálogo entre las autoras y sus temas de investigación.

En este sentido, una de las primeras cosas que llama la atención y aúna el conjunto es el cuidadoso trabajo que se realiza con el archivo diplomático. Fuentes heterogéneas, múltiples y procedentes de diferentes lugarescomo se enlista al final de cada parte, contribuyendo al espíritu transnacional del libro–, se ponen a disposición y se leen de una manera minuciosa: en los resquicios de los documentos privados de ellas, de su familia y descendientes, de sus amistades y contactos, en los testimonios desviados de sus maridos, o en las opulentas secciones sociales de diarios y revistas de diferentes países. Es que, como explica Paula Bruno, si en el orden de lo privado las mujeres aparecen mencionadas con referencias borrosas y resbaladizas, en la prensa, por el contrario, encuentran una sobreexposición como figuras públicas y representantes de sus naciones. Sin embargo, las fronteras de lo público y lo privado se resquebrajan al coincidir las textualidades en la apelación al físico, al buen gusto y habilidades sociales que dejan ver los límites y los alcances de una feminidad hegemónica para cada época. No es casual que el buen desempeño de estas cualidades, advierte también Bruno, hayan sido fundamentales para garantizar el éxito de estas mujeres en tanto mediadoras culturales entre sus tierras natales y otras geografías.

Según Marina Alvarado, la crónica social jugó un papel fundamental en la “salida” de la casa de estas mujeres: por un lado, porquebuena parte de estos textos eran producidos por mujeres en su rudo intento por ser consideradas escritoras; por otro lado, porque les otorgaron voz y cuerpo a damas como Carmen Bascuñán, a quien poco y nada conoceríamos de no ser por este tipo de contenidos”. Esta última reflexión da lugar a un segundo aspecto a considerar, la importancia de relevar problemáticas poco transitadas en apellidos canónicos y, al mismo tiempo, visibilizar nombres olvidados en la historia cultural latinoamericana. De un lado, por ejemplo, nos encontramos con los periplos de Eduarda Mansilla entre Europa, Estados Unidos y Sudamérica, la construcción de un lugar en la escena cultural y literaria parisina –y sus intercambios con Alexandre Dumas y Victor Hugo-, la prevalencia del epíteto en su nominación –“esposa de”, más tarde el de “madre de” Daniel y Eduardo García Mansilla, o incluso el de “sobrina del dictador”– y la potencia de sus reflexiones sobre las costumbres políticas argentinas “tan hombrunas”, en sus propias palabras, que excluían a las mujeres de tomar parte en actos públicos, asistir a los debates del Congreso o a los banquetes diplomáticos. También Gabriela Mistral, otro nombre que no precisa presentación, es seguida de cerca en su continuo itinerario por Europa, Estados Unidos y América Latina, siempre guiado por la inestabilidad económica y las redes de amistad que le sirven de apoyo, exhibiendo otra cara de la diplomacia, una alejada del glamour y la abundancia que la distancia de muchas de sus compañeras de volumen.

Del otro lado, se rescata, por ejemplo, el proyecto pacifista de Ángela Oliveira Cézar, quien no solo ideó la colocación de un Cristo en el límite cordillerano entre Argentina y Chile como símbolo de paz y fraternidad, sino que también fue (y es) un nombre de referencia (borrado) en la historia del pacifismo internacional, como da cuenta la fundación de la Asociación Sud-Americana de Paz Universal en Buenos Aires en 1907, sus viajes a Europa comoembajadora de la paz y la confraternidad sudamericana” y, por supuesto, su nominación al Premio Nobel de la Paz en 1911. La ya mencionada Carmen Bascuñán Valledor, esposa de Alberto Blest Gana, por su parte, es otro ejemplo de invisibilidad, pues no hay mucha información sobre ella aun cuando fue secretaria, asistente y consejera de su marido: una posibleghost writer”, como sugiere Alvarado, de sus libros. La última parte también da cuenta de una “desconocida”, Concha Romero, quien tuvo un papel destacado en la Unión Panamericana en los Estados Unidos y se vinculó profesional y amistosamente con Mistral. Vale aclarar que no es intención de las autoras del libro realizar una simple adición de nombres en el accionar de mujeres en los servicios exteriores, sino mostrar que sus posturas e intervenciones repercutieron en el modo de entender las prácticas culturales diplomáticas en América Latina.

Un tercer aspecto que me gustaría considerar en el trazado del volumen es la centralidad que lo colectivo adquiere al analizar los derroteros de las “embajadoras culturales”: el apellido y la familia, los vínculos de clase, pero también la presencia de las hijas, esposas y empleadas del personal doméstico o las amistades y relaciones de cortesía propias de la sociabilidad que impulsa la vida en otro país. Paula Bruno utiliza el términofamilia diplomática” para definir este carácter grupal que excede el parentesco y que tiene que ver con personas unidas por vínculos de afinidad y cercanía, propiciadas por la convivencia en circuitos y experiencias en ámbitos exteriores. En la misma línea, Marina Alvarado utiliza el concepto de “intradiplomacia” para describir las estrategias de socialización, legitimación y construcción de redes personales e individuales que, muchas veces, involucra al imaginariofemenino”, como pone de manifiesto respecto de Emilia Herrera y la utilización del secreto, la anécdota íntima y el manejo de los afectos en pos de la paz entre Argentina y Chile. Mención especial merece el señalamiento que realiza sobre un hecho poco conocido por la historiografía: se trata del episodio en que Gabriela Mistral es contactada por la Organización de Naciones Unidas para realizar un llamado que sensibilizara a la comunidad mundial en favor de la colecta para los niños pobres organizada por UNICEF. El contacto lo realiza en realidad Amanda Labarca, protagonista del último apartado de la segunda parte, subrayándose así las redes de cooperación entre mujeres vinculadas a la diplomacia. Pero, sin dudas, la última parte del libro es la que mejor expone el armado de una comunidad cultural y diplomática entre mujeres. Centrándose en las figuras de Gabriela Mistral, Palma Guillén Sánchez y Concha Romero, Alexandra Pita reconstruye las experiencias singulares de cada una al mismo tiempo que muestra la necesidad de tejer vínculos afectivos que ayuden en la obtención de trabajos, los cuales en general no garantizaban niveles de vida cómodos. Su mirada va hacia el trasfondo cotidiano de la vida diplomática, pero no se queda ahí, ya que también muestra los diálogos con otras mujeres de la cultura, como Victoria Ocampo, Doris Dana, Consuelo Saleva, Margot Arce, Martha Salotti y Gilda Péndola Gianollo, y otros colectivos de mujeres, como las organizaciones feministas que surgían en los Estados Unidos y América Latina.

En su opción por traspasar la barrera institucional de la diplomacia como objeto de estudio, Embajadoras culturales. Mujeres latinoamericanas y vida diplomática, 1860-1960 se constituye como un libro de referencia ineludible para los estudios culturales en torno al accionar de las mujeres en América Latina. No solo porque se esbozan de forma detallada los mapas territoriales pero también simbólicos que las “embajadoras culturalesconstruyeron y articularon en los servicios internacionales; sino fundamentalmente porque se pone de manifiesto los matices claroscuros de la vida cosmopolita de mujeres que no se conformaron con maternar, ser buenas esposas y sonreír a los invitados de turno. Por el contrario, tomaron la representación del país como un asunto personal, como una conexión social y afectiva y como un vehículo de su propia emancipación.