Artículos
Sombras urbanas. Destrucción y muerte en
el Montevideo del segundo sitio. 1812- 1814
Urban
Shadows. Destruction and death in Montevideo during the Second Siege, 1812—1814
Sombras Urbanas. Destruição e morte no Montevidéu do Segundo Cerco, 1812—1814
William Rey Ashfield
Universidad de la República, Uruguay
ORCID iD: https://orcid.org/0000-0002-3281-0273
Recibido: 1/7/2025 - Aceptado: 18/6/2026
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Rey Ashfield, William. “Sombras urbanas. Destrucción y muerte en el Montevideo del segundo sitio. 1812-
1814”. Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, nº 20,
(2026): e203. https://doi.org/10.25185/20.3
Resumen: La historia del Montevideo sitiado por las fuerzas patriotas, durante el período transcurrido entre 1812 y 1813, no solo ha sido importante por sus consecuencias —el definitivo alejamiento de la corona española del Río de la Plata—, sino por el propio proceso vivido que implicó un fenómeno único en materia de destrucción urbana, tanto en el plano social como material. El tiempo transcurrido, la multiplicidad e importancia de los hechos sucedidos con posterioridad al triunfo patriota, han provocado una pérdida de visibilidad sobre los reales impactos de un proceso que duró algo menos de dos años. Por otra parte, también han sido fragmentarias las miradas historiográficas sobre la dimensión verdaderamente destructiva en términos urbanos y materiales. Algunas fuentes resultan de particular interés para el abordaje de aquellos sucesos, fundamentalmente ciertos textos bajo el formato de diarios personales, que refirieron a sus consecuencias específicas en la vida de la ciudad y, muy en particular, en referencia al marco de destrucción edilicia. Todo ese proceso no impidió, sin embargo, una activa cotidianeidad ajustada a la realidad bélica, así como una enorme resiliencia por parte de la población que lo sobrevivió. El presente trabajo no se propone establecer un diálogo con otras miradas historiográficas acerca de este particular hecho militar y político, sino desarrollar un análisis urbano, socio-territorial y arquitectónico.
Palabras clave: sitio; revolución;
destrucción urbana; arquitectura; muerte.
Abstract: The siege of Montevideo by patriot
forces between 1812 and 1813 is significant not only for its consequences —most
notably the definitive end of Spanish rule in the Río de la Plata— but also for
the unique nature of the siege itself, which brought about extensive social and
material destruction. Over time, the true impact of this episode has become
less visible, often overshadowed by the events that followed the patriot
victory. On the other hand, historiographical perspectives on the truly
destructive dimension in urban and material terms have also been fragmentary. However,
certain sources—particularly personal diaries—offer valuable insight into the
siege’s specific effects on the city’s daily life, especially the architectural
devastation it caused. Despite the hardships, life in Montevideo persisted
under the harsh conditions of war, with the population displaying remarkable
resilience in the face of adversity. The present study does not aim to
establish a dialogue with other historiographical perspectives on this
particular military and political event, but rather to develop an analysis that
is fundamentally urban, socio-territorial, and architectural.
Keywords: siege;
revolution; urban destruction; architecture; death.
Resumo: A
história de Montevidéu sitiada pelas forças patriotas, entre 1812 e 1813, é
relevante não apenas por suas consequências — especialmente o afastamento
definitivo da Coroa espanhola do Rio da Prata —, mas também pelo próprio
processo vivido, que representou um episódio singular de destruição urbana,
tanto no plano social quanto material. Com o passar do tempo, diante da
multiplicidade e da relevância dos acontecimentos posteriores à vitória
patriota, os impactos reais de um processo que durou pouco menos de dois anos
foram progressivamente obscurecidos. Por outro lado, as perspectivas
historiográficas sobre a dimensão verdadeiramente destrutiva em termos urbanos
e materiais também têm sido fragmentárias. Algumas fontes revelam-se
particularmente valiosas para abordar esse episódio, especialmente certos
textos em formato de diário pessoal, que relatam os efeitos específicos do
cerco na vida cotidiana da cidade, com destaque para a dimensão da destruição do
tecido urbano. Apesar de tudo, a rotina da cidade manteve-se ativa dentro das limitações impostas
pela guerra, e a população demonstrou notável resiliência diante das
adversidades. O presente trabalho não pretende estabelecer
um diálogo com outras perspectivas historiográficas sobre este particular
acontecimento militar e político, mas sim desenvolver uma análise
fundamentalmente urbana, socioespacial e arquitetônica.
Palavras-chave: cerco;
revolução; destruição urbana; arquitetura; morte.
La ciudad de Montevideo ha vivido diversos procesos de crisis y decadencia en tiempos de paz, resultado de la acumulación de vicisitudes y desaciertos políticos o económicos, de enfermedades y epidemias sufridas, así como también de la ausencia de infraestructuras urbanas indispensables para una mejor calidad de vida. Estos tiempos y sus procesos derivados han encontrado una buena recepción en el campo de la investigación. Pero hay otros momentos históricos, reducidos y acotados en términos temporales, en los que el estado material, ambiental y social de la ciudad alcanzó deterioros verdaderamente extremos, auténticos umbrales de la vida urbana. Se trata de aquellos tiempos de guerra que pusieron en crisis la materialidad y el significado de la ciudad como territorio político, así como su propia capacidad de cohesión y unidad simbólica para la sociedad de su época.
Distintas preguntas aguardan aún importantes respuestas en relación con hechos sucedidos hacia comienzos del siglo xix, fundamentalmente, desde el particular ángulo de la historia urbana: ¿cuál fue el verdadero impacto social de la invasión inglesa a Montevideo en 1807?[1] ¿cuántos edificios se vieron arruinados y debieron ser demolidos por las acciones militares desarrolladas durante el primer y segundo sitio de los patriotas, después de 1811? ¿cómo convivieron los miedos sociales, las estrategias simbólicas de fortalecimiento colectivo y los diferentes recursos de comunicación utilizados? Pero, por sobre todo, ¿qué fenómenos resultantes de ese tiempo de guerra tuvieron efectos de larga duración histórica en la manera de vivir y sentir la ciudad?[2] Obviamente, no son preguntas de fácil respuesta y es difícil acceder a una detallada cartografía de la destrucción, tanto material como social y psicológica.
Ámbito asolado
Entre los años de 1812 y 1814, Montevideo sufrió uno de sus más agudos procesos de destrucción, que impactó tanto en la realidad edilicia como en el colectivo social. De mayor dimensión y significación pueden resultar aquellos hechos si los contrastamos con el proceso ascendente —en términos económicos, sociales y de infraestructura urbana— que previamente se había iniciado con la instalación del Apostadero Naval en 1776 y la apertura de su puerto al comercio atlántico, que permitió grandes intercambios con distintas ciudades hispanoamericanas y peninsulares, a partir de 1778. Estamos hablando del llamado segundo sitio de Montevideo, que comenzó un año y meses después de la derrota española en Las Piedras. Se trató de un proceso diferente al de sitios anteriores y también posteriores[3], en el cual el colectivo urbano dependió, para sobrevivir, de la resolución de los conflictos y discusiones internas, así como de increíbles estrategias y adaptaciones humanas para enfrentar las peores expresiones de la escasez y el abandono.
Se trató, en definitiva, de un penoso período de casi dos años, en el que las duras estrategias de la guerra no evitaron apelar a lo festivo, homenajeando triunfos militares, estableciendo proclamas políticas y celebrando diversas fiestas religiosas y civiles; contracara indispensable de la dura cotidianidad. En este sentido, importa señalar que la ciudad se vio afectada por profundos estados de decaimiento y escepticismo general, al tiempo que supo desarrollar instancias de júbilo absolutamente necesarias para su entereza moral colectiva.
A efectos de abordar este momento de nuestra historia urbana, son varias las fuentes que se utilizarán. Sin embargo, nos concentraremos en los textos escritos por Francisco Acuña de Figueroa[4], poeta e intelectual, adherido a la posición de los realistas que controlaban el recinto amurallado, y el Pbro. Bartolomé Doroteo Muñoz, figura destacada del pensamiento científico en el contexto platense[5], quien alentaba el camino revolucionario. Ambos autores redactaron sus diarios desde territorios enfrentados: la ciudad sitiada, por un lado; el campo sitiador[6], por otro. Las características personales y su compromiso con las causas en juego —un americano inclinado a la defensa de la corona española y un español a favor de la revolución americana— así como su vocación y estilo narrativo —el de Acuña de Figueroa escrito en verso y el de Muñoz centrado en la emisión sucinta de noticias, cargadas siempre de opiniones y adjetivación— fueron un estímulo para confrontar estas dos miradas del escenario bélico. Además de sus datos específicos, se intenta, fundamentalmente, entender e interpretar sus diferentes —aunque a veces también análogas— visiones acerca del ámbito físico, social y simbólico de la ciudad.
Si el texto de Muñoz expone la realidad de extramuros, por ubicarse en los aledaños del Montevideo fortificado, el diario de Francisco Acuña de Figueroa responde a una mirada interior, en la que la narrativa se centra en las vivencias de aquel casco colonial bajo los duros efectos del cañón. No obstante, ambos relatan múltiples sucesos ocurridos en el escenario del bando contrario, exponiendo así sus apreciaciones personales sobre la totalidad del paisaje de guerra.
El presente artículo se centrará, sobre todo, en los impactos que la guerra tuvo en el contexto de la plaza sitiada, por considerar que aquel era entonces el núcleo fundamental y más representativo en términos urbanos, así como el sector que alcanzó los peores resultados en materia de asedio. A pesar de ello, no se soslaya la dimensión traumática que tuvo la separación del área rebelde respecto del casco amanzanado, y atiende, especialmente aquel hiato territorial que configuró el área de extramuros como interregno de confrontación y división, tanto política como familiar.
Miedos en la ciudad-alcázar
Es posible fijar el inicio de ese segundo sitio a comienzos del mes de octubre de 1812[7]. Este es el momento en el que las autoridades españolas perciben la presencia de José Eugenio Culta, jefe artiguista que conforma la avanzada enemiga, quien se aproxima al casco amurallado y se detiene en las proximidades del Cerrito[8]. Esta presencia es comunicada y expuesta por las autoridades de la ciudad como la acción propia de un bárbaro acompañado de indios salvajes que habían comenzado a asolar los territorios ocupados. Aun cuando Acuña se despega de estas versiones y las relativiza en su texto, confirma igualmente que ellas ya están instaladas en el imaginario ciudadano: “A este caudillo y su gente / El vulgo absorto designa / Cual fantasma asolada / Qué forja la fantasía / Mucho el terror exagera / No poco inventa la intriga / Mas el que imparcial escribe, / Vulgaridades evita”[9].
Con más espíritu detallista, acerca de estas versiones que circularon en Montevideo, Bartolomé Muñoz aclara en el comienzo de su diario: “Los enemigos q.e siempre daban otro semblante a las noticias favorables p.a hacerlas dudar quando menos, al instante dixeron q.e algunos ladrones unidos con los Indios charrúas eran los q.e habían entrado á Pintado, árobar”[10].
La cuestión indígena tiene múltiples ribetes y consideraciones dentro del contexto de la guerra, provocando temores aun dentro del campo patriota cuando se fue materializando su cercanía. Bartolomé Muñoz reconoce que se trata de grupos aliados y realiza igualmente esta lacónica descripción en su texto del 18 de julio de 1813: “Llegaron oi los Indios charrúas: fue preciso acampar a 3. leguas de distancia p.r su conducta incibil aunq.e su Gefe caciquillo D.n Man. Artigas mui tratable”[11].
Pero la construcción de los miedos no solo promovió un continuo estado de inseguridad como resultado de las estrategias de comunicación establecidas, sino que produjo, en determinados momentos, situaciones de verdadero descontrol dentro de la plaza.
Un hecho documentado[12], sucedido durante los primeros días de octubre de 1812, es elocuente de esta afectación: instaló cierta histeria colectiva dentro del recinto amurallado. Un hombre irrumpió en una de las pulperías de Montevideo gritando que los revolucionarios habían ingresado a la ciudad “matando y degollando”, hecho que motivó una rápida respuesta de los parroquianos que salieron a la calle gritando “viva España” y “viva el rey”, buscando contagiar así al resto del colectivo y exigiendo a todos los que encontraban a su paso la incondicional adhesión a la causa realista. Este incidente generó tumulto, así como la acometida de quienes no adherían al griterío de las consignas; el resultado de este particular acontecimiento fue la muerte de un granadero, cifra a la que Acuña de Figueroa agrega dos muertos más[13].
También vale señalar aquellos miedos instalados por las propias autoridades españolas en el conjunto de la población sitiada, al establecer penas a quienes no portasen la documentación durante la noche o saliesen del área amurallada sin los permisos necesarios[14].
A estas tensiones deben sumarse los recuerdos del primer sitio de Montevideo, durante el año 1811 y parte del 1812, en el que muchos pobladores cuya residencia se establecía en extramuros perdieron gran parte de sus bienes bajo los efectos de la ocupación patriota. La ciudad amurallada debía transformarse ahora en una suerte de reducto defensivo, en un alcázar aparentemente seguro al que era necesario trasladarse con la mayor cantidad de bienes, como forma de no repetir la experiencia antes vivida.
Es interesante comprobar que la metáfora —y el propio término alcázar— fue la que utilizó Acuña de Figueroa para referirse a la ciudad en su “Exordio preliminar” escrito en el año 1814, una vez producida la caída de Montevideo en manos de los patriotas y ya instalado él en Río de Janeiro:
El fantástico espanto por doquiera / Se difunde y aumenta; y pavoridos / En desorden repliéganse á la plaza / De la extensa campaña los vecinos / Cual tímida bandada de palomas / Cayendo en nuevos riesgos, á un alcázar / Se acoge en tropel buscando asilo, / De esta suerte las míseras familias / Por temor, por lealtad y fanatismo, / En ciega confusión al pueblo y ansiosas / Emigran con sus muebles y sus hijos[15].
Este fenómeno es importante en lo que respecta a lo urbano, sobre todo por la incapacidad de la ciudad de recibir a casi tres mil nuevas personas —este es el estimado de la población incorporada, según Acuña de Figueroa— que ingresaron con muchos de sus bienes y que ahora debían encontrar su lugar dentro del área urbana. Este rápido aumento demográfico —de tomarse el dato aportado por el mencionado autor, daría lugar a un crecimiento del 20 % respecto del total de pobladores— será causa de problemas de localización y de adecuado afincamiento en zonas libres de bombardeo. Poco a poco surgirían problemas como la falta de alimentos, escasez de auxilios para enfermos, insuficiente asistencia a huérfanos, incapacidad de dar sepultura, generación de múltiples focos de infección, entre otros.
Respecto de lo primero, la llegada de estos nuevos pobladores debió resolverse de distintas maneras en términos habitacionales. Algunos de ellos fueron acogidos en casa de parientes o conocidos, aunque estos debieron ser los menos. Otros ocuparían parte de la acotada oferta de alquiler de cuartos en casas consolidadas, fenómeno frecuente en la ciudad colonial; pero también fue una opción real la ocupación de algunos terrenos libres que demandarían precarias construcciones nuevas[16] y que marcarían la realidad de un nuevo paisaje de informalidad. Esta sorpresiva densificación aumentó de inmediato el número de conflictos entre los pobladores, particularmente en el marco de la más común convivencia cotidiana, lo que incrementó las tensiones provenientes de la propia guerra.
Bajo esa impronta de temores instalados, precariedad material y asistencial, así como una dominante influencia del clima conflictivo, es que deberíamos imaginar parte de aquel paisaje social. La realidad de lo destruido por efecto directo de la guerra hizo todavía más angustiante la atmósfera urbana de aquel Montevideo.
Cartografía de la destrucción
El territorio bélico que se iba construyendo en el imaginario colectivo era bastante más extenso que el de la geografía específica del sitio. Si bien este era el origen de las mayores penurias y dificultades derivadas de la guerra[17], también era claro para muchos ciudadanos que Montevideo constituía un escenario dependiente del resultado en otros frentes de la lucha regional y en el lejano territorio peninsular. Bien podemos hablar entonces de una reducida cartografía de la destrucción —aquella que se vivía de forma directa, dentro y fuera de la propia ciudad— y otra más amplia, de escala continental y dimensión atlántica, que también era sentida y seguida por gran parte de la población urbana.
La primera se ubicaba en el propio escenario de intramuros, así como en los espacios colindantes y otras zonas como La Aguada, Cordón, Arroyo Seco, Cerro; la segunda, en cambio, se construía en el marco de lo escriturario —cartas, mensajes, informaciones secretas— y en la propia prensa: La Gaceta de Montevideo dentro del recinto y La Gaceta de Buenos Aires en el área de extramuros[18].
Tal como vimos, la ciudad era el ámbito propicio para la construcción de los miedos, al tiempo que el espacio donde efectivamente se producían las mayores destrucciones y afectaciones materiales. Los impactos sobre la ciudad expandida, es decir, aquellos sitios bajo relativo control rebelde eran, en cambio, en el plano material, mucho menos consistentes y destructores. Esto se debe a que las acciones realistas en esos territorios seguían la exclusiva lógica de la guerra de guerrillas —acciones repentinas que buscaban provocar bajas y tomar prisioneros, robos de alimentos y ganado, afectaciones circunstanciales en pos de ganar tiempo hasta la llegada de supuestos refuerzos peninsulares—, lo que generaba deterioros muy parciales y dispersos en el stock edilicio. Los impactos directos provocados por la artillería del recinto eran, dada la distancia a los objetivos enemigos, algo más débiles todavía[19]; sin embargo, más efectivas fueron ciertas acciones derivadas de la artillería naval sobre las instalaciones de los patriotas en tierra[20].
Dentro de la ciudad es posible identificar sectores particularmente expuestos a las acciones del mortero rebelde, sobre todo en el período posterior al mes de setiembre y primeros días de octubre de 1813. Hasta ese momento, los efectos destructivos habían sido relativos, al tiempo que se mantenía una suerte de paridad de fuerzas entre ambos bandos. Pero a partir de esa fecha, cambiará significativamente tal relación por los alcances del bombardeo patriota sobre el intramuros, lo que dio inicio a una asimetría militar cada vez mayor a su favor[21]. Este proceso se hizo muy significativo y costoso en vidas humanas y heridos, pero también en lo referente a la destrucción edilicia[22], que resultó muy dañada. Importa reparar en este último aspecto, hasta ahora poco analizado.
El alcance de los nuevos morteros fabricados en Buenos Aires era mayor y sus efectos sobre el área urbanizada fueron cada vez más intensos. También importa, en materia de arquitectura militar, la construcción de una batería rebelde que enfrentó al recinto y desde donde se produjeron los más destructivos fuegos patriotas, a partir de setiembre de ese año. Muñoz refirió, sin más, a que tal batería estaría enfrentada al portón de la plaza[23], pero Acuña de Figueroa acerca otra información en su diario: “Construida la explanada en bajo sitio, / Do[nde] se hallaba la antigua de morteros, / Desde allí su cañón de alto calibre/ Puede seguro molestar al Pueblo”[24].
Figura 1. Esquema planimétrico que ubica la batería 25 de Mayo en el vértice de la figura geométrica, sobre el terreno dominado por los sitiadores. La imagen expone el alcance de la artillería patriota en dos momentos diferentes: la zona delimitada como más oscura muestra el impacto limitado de los primeros ataques rebeldes. El segundo arco de circunferencia, mayor en tamaño y tonalidad más clara, expone la más eficiente proyección de la artillería a partir de los morteros llegados de Buenos Aires, en 1813. Fotografía realizada sobre base cartográfica de Carlos Pérez Montero, ubicada en su publicación La calle 18 de Julio, Montevideo, Pág. 132. La graficación agregada le pertenece al autor del artículo.
Si tomamos en cuenta ambos datos es posible pensar que esta batería se ubicaba en el mismo lugar —o en extrema proximidad— que la que ya existió allí durante el primer sitio en Arroyo Seco[25]. Sin embargo, el plano expuesto por Carlos Pérez Montero[26] identifica esta batería a una relativa distancia de la anterior; una ubicación más certera nos aporta el propio Muñoz, pero esta vez en el plano conformado por él mismo en el año 1813, en donde la identificó con la letra “L” y señaló en las referencias que se trata de la batería 25 de Mayo, fecha que según su diario fue la de la inauguración[27]. No obstante, bien pudo confundir Acuña de Figueroa el lugar exacto del sitio, dada su apreciación visual desde la lejanía del recinto. Independientemente de esto, es real que el alcance de los morteros patriotas parecía ahora mucho más eficiente que hasta entonces, con importantes consecuencias destructivas en la arquitectura civil. Se trataba de piezas de artillería con un alcance de más de 1500 toesas[28], es decir, algo menos de 3 km[29]. Si esto fue efectivamente así, toda la península urbana estaría bajo fuego, aun cuando se puedan distinguir zonas más afectadas que otras (ver figura 1). También sabemos que esa batería estaba en una hondonada, lo que la hacía invisible para el contrataque realista desde el mar[30].
Figura 2. Plano del segundo sitio de Montevideo por el ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata, levantado en 1813 por el ciudadano Bartolomé de Muñoz. Archivo Museo Histórico Nacional.
Importa, en particular, analizar el conjunto de afectaciones directas sobre la ciudad, producido a partir de la puesta en funcionamiento de aquella batería, intentando una planimetría de la destrucción dentro del recinto urbano. Se identifica, así, como ciertas zonas que inicialmente estaban a resguardo de la muralla empezaban ahora a ser el blanco de las nuevas bombas. La cercanía a la plaza Matriz y a gran parte del entorno del antiguo puerto ya no era segura; se volvió necesario realojar familias que estaban muy expuestas en aquellas manzanas y asentarlas más próximas al sudoeste, es decir, cercanas al mar[31]. Es de recordar que el área norte y noreste era, precisamente, la zona más consolidada de la ciudad, con mayor densidad poblacional, además de ubicarse también las familias de mayor antigüedad y capacidad económica que ahora se veían fuertemente asediadas.
Aun así, el frente de la bahía quedó rápidamente afectado por la acción de las balas rebeldes, hecho corroborado el 29 de julio de 1813, cuando se registró el alcance de una de ellas sobre el Fuerte de San José, ubicado en el extremo noroeste de la península de Montevideo. Es de recordar que la actividad portuaria era esencial para la resistencia de la ciudad, tanto en lo que hace al ingreso de alimentos como al de soldados y pertrechos (ver figura 2). La llegada de tropas de auxilio provenientes de Cádiz[32] en apoyo de los realistas, ocurrida en fecha 12 de agosto del mismo año, impuso la necesidad de fijar un nuevo sitio de desembarco por estar menos expuesto a los morteros: la playa del Baño de los Padres, más al oeste del viejo muelle existente. Aun así, los riesgos no desaparecieron, porque, tal como lo muestra la Figura 2, el alcance de la artillería producida en Buenos Aires era bastante mayor.
Las casas y construcciones ubicadas hacia el norte de la ciudad y en cercanía a la muralla fueron, entonces, las más dañadas: “En las calles primeras, oh cuan triste / Se encuentra la ciudad, cuán solitaria! / El horror de la guerra allí las ruinas / Con silencio elocuente bien declaran”[33].
Varias son las citas al respecto, pero destacan ciertos casos puntuales como el de una carpintería o el de una herrería ubicada posiblemente sobre la actual calle Cerrito: “Frente a lo de Giró terrible bomba / De un herrero destruye el techo y la fragua”[34]. Parecía esta una cita propia del discurso ilustrado, que observa la destrucción de la industria como uno de los peores males de la guerra.
El mayor número de muertes y heridas letales
se produjeron por efecto de las bombas en las mismas calles y en las cubiertas
de las casas. La tirantearía de madera y tejuelas, en azoteas y entrepisos eran
inútiles para los efectos lapidarios del mortero: “Los tirantes que las bombas / Al reventar levantaban, / Y los escombros
formaban / Tremenda lluvia al caer”[35]. La seguridad del techo
promovió, precisamente, que muchas familias debiesen alojarse en las
construcciones militares conocidas como “bóvedas”, de cubierta a prueba de
artillería, a pesar de estar más cerca del fuego enemigo. “En un cuadro lastimoso / Ver cien familias
vagando, / Y azoradas emigrando / Al confín de la ciudad. / En las bóvedas cien
otras, / Y otras cientos se aglomeran, / Porque allí
se consideran / Libres de fatalidad”[36].
Un particular experimento de blindaje para aportar resistencia a la cubierta de su construcción —lugar donde alojaría sus más preciados y costosos bienes— es el que realiza José Batlle y Carreó, a fin de acolchonar —mediante una compleja asociación de tirantes de madera, algodón y cueros— su propia azotea. Nada de esto fue suficiente, una de las bombas la atravesó, igualmente, salvándose su dueño “casi de milagro”[37].
Disfunciones urbanas
En paralelo, la vida urbana se iba ajustando de manera acelerada a las distintas transformaciones impuestas por la realidad. Comenzó así el cambio de lugar de muchas funciones tradicionales por razones de seguridad, fenómeno que debió sumarse a las decepciones y tristezas de la guerra.
La iglesia Matriz debió interrumpir su servicio a los fieles, en un tiempo en que los pobladores eran “de misa diaria”[38], puesto que varias bombas habían alcanzado al edificio religioso, aunque sin mayores daños hasta entonces. También otros templos de la ciudad, como la iglesia de San Francisco, vieron resentidas sus actividades litúrgicas por estar demasiado expuestos al fuego; por tanto, se trasladó la misa a zonas más alejadas y libres de los morteros; la Casa de Ejercicios, la plaza del Fuerte de San José y la capilla del hospital de Caridad serán, desde entonces, los nuevos escenarios para el rezo, la confesión y la homilía. Esta indiscriminada acción bélica sobre los espacios propios de la vida civil fue motivo de duros juicios por parte de Acuña de Figueroa contra los patriotas, crítica significativa si consideramos el alto compromiso religioso de aquella sociedad.
El cambio tecnológico de la artillería rebelde también exigió relocalizaciones de otras actividades y servicios, particularmente de hospitales y ciertos depósitos, así como el resguardo de algunos regimientos: “Del Parque de Ingenieros al Teatro / De Lorca el Regimiento hoy se traslada; / Y aun allí de las bombas no está libre, / Pues más lejos también alguna alcanza”. Esto nos dice Acuña de Figueroa en su diario[39]. Puntos tan alejados como el Cuartel de Dragones, en el extremo sudoeste de la ciudad habían recibido algunos impactos de artillería rebelde; sin embargo, los puestos militares como este no parecieron recibir órdenes de traslado.
Otras actividades tradicionales como el
teatro, ajustadas al edificio de la Casa de Comedias, debieron servir entonces
para alentar el ánimo general, al tiempo que apoyar financieramente la guerra o
bien a programas sociales conexos. En este sentido, nos ilustra Acuña: “Los cómicos dieron ayer, generosos, /
Comedia suntuosa do el pueblo acudió, / En pro de los restos del cuerpo de
Albuera / Que en fiero naufragio el cielo libró. / Quijano al Gobierno, en
nombre de aquellos, / Hoy todo el producto le vino a ofertar; / Logrando con esto
la fiel compañía / De humana y patriota el lauro a la par”[40].
Tal como vemos, la ciudad vivió bajo sostenidos cambios y temores, así como demandas de traslados que hablan de angustias sociales, sumadas a la muerte y las profundas heridas de muchos pobladores incapacitados para su continuidad en la vida activa.
Forma parte del paisaje el traslado permanente de familias que iban de un sitio a otro buscando evitar el efecto de los morteros; baúles con pertenencias diversas, muebles, animales de cría, eran todos elementos que se trasladaban a diario en las calles, como parte de la imagen cotidiana de la ciudad. Las construcciones provisorias, con base en el mimbre, restos de madera y otros desechos eran cada vez más numerosos y ocupaban los espacios baldíos o libres, a medida que aumentaba el proceso destructivo y el éxito de las acciones rebeldes.
Hasta setiembre de 1813, las incursiones en el antiguo ejido y en la zona del Cordón por parte de los realistas que buscaban alimentos e intentaban mantener alejado al enemigo habían sido frecuentes. El llamado Cristo del Cordón[41] parecía amojonar el extremo territorial de dichas operaciones hacia el este. Con un cierto grado de humor, que Acuña introdujo en sus versos, describió una de estas incursiones realistas a esa zona: “Así, en inacción segura / La gente que hoy ha salido, / En el campo ha recogido / No lauros, sino verdura”[42]. A partir del mes señalado, los realistas estuvieron cada vez más encerrados en el recinto. Dos espacios fueron, básicamente, los que quedaron bajo su control: el casco amurallado y la fortaleza del Cerro de Montevideo, donde se mantenía todavía una guardia importante que debía defender y controlar el ganado, criado en sus inmediaciones, reservado para alimentar a la población sitiada y a su tropa. Si bien el frente de mar permanecía bajo su absoluto control —fenómeno que le permitía unir y comunicar esos dos territorios de dominio—, poco faltaba para el final de esa hegemonía náutica y, por tanto, para el advenimiento de la definitiva derrota.
Escasez, enfermedad y caridad
La escasez de alimentos, problema que
acompañó buena parte de la temporalidad del conflicto, resultó uno de los nodos
más complejos a resolver por la gobernación española, cercada inicialmente por
tierra, aunque aún no por mar. La captura de ganado enemigo, la incursión a
territorios alejados de Montevideo en donde poder proveerse y la llegada de
alimentos secos —arroz, fariña, porotos, tasajo—, a través de los barcos
mercantes de bandera española, inglesa o portuguesa que arribaban al puerto, constituyeron
las pocas soluciones al abastecimiento alimentario. Algunas imágenes que
ilustran la escasez se vuelven verdaderamente dramáticas en el texto de Acuña:
“De acelgas por gran favor, / Se
consigue un tanto cuanto / De las que en el Campo Santo / Cultiva el
enterrador; / De repugnancia y horror / Ver en sus raíces insectos, / De un
cráneo despojos yertos”[43].
Varios meses después —el 24 de noviembre de 1813— Muñoz señaló, de acuerdo a
información de un granadero pasado al campo de los rebeldes, que: “Solo fariña, arroz y escaso mal pan, había
en la plaza. Fue preciso tirar toda la carne salada q[u].e
infestaba”[44].
Entre las imágenes más tristes de la
pobreza social, se destaca la de los alimentos recién llegados al puerto,
expuestos a los ojos de los sectores sin ingresos, cada vez más incapaces de
acceder a ellos. Concomitantemente, se alude a la constante especulación que se
produjo en materia de precios por exceso de la demanda concentrada en pocas
familias que buscaban cubrir la imprevisible escasez. En este sentido, fueron
varias las referencias en el diario de Muñoz a la dificultad de alimentarse dentro
de la plaza, tal como la nota que realizó el 21 de noviembre de 1813: “vinieron dos negros pas.dos
de la Plaza que ponderando las miserias de pobreza, peste y hambre decía q.ehasta las agallas de los peces
comían”[45].
En relación con el agua potable, la situación no fue menos compleja, aunque sí más reducida en tiempo. Durante los meses del verano —diciembre de 1812 a marzo de 1813— su falta se hizo sentir hasta alcanzar niveles realmente acuciantes. Los pozos de intramuros, prácticamente secos, y los de La Aguada, en disputa, orientaban la esperanza de la población hacia la lluvia[46]. Se imponen entonces el control y la ración, así como el uso del agua de mar para el lavado y riego.
En particular, la guerra por el control del agua llevó a estrategias inhumanas. En más de una oportunidad, los patriotas cegaron distintos pozos de La Aguada, mediante el arrojo de escombros y animales muertos, tal como lo narra Acuña de Figueroa: “La adversa gente en la Aguada / Estuvo anoche empleada / con afán; / Con escombros y animales, / Colmando los manantiales / Que allí están / Los nuestros el día emplearon / Y en limpiarlos se atarearon / con ardor /Más aunque mundificada /Conserva el agua abombada, / Mal sabor”[47].
En tal situación —alimentaria y de acceso
al agua—, asociada a las heridas de guerra y a las inevitables infecciones, así
como a la llegada de contingentes de soldados ya afectados por la dura travesía
atlántica, las enfermedades y epidemias no se hicieron esperar. La situación en
los hospitales llegó al límite de su ocupación, y se debió constituir espacios
de atención también en iglesias y otros espacios de uso público. Durante el
período de verano de 1813, el estado sanitario llegó a su peor momento: “Crece infausta diezmando á
los heridos, / De la ardiente estación la furia ingrata / Y la fiebre y gangrena,
reunidas, / Son ministros altivos de la Parca”[48].
El escorbuto llegó desde el mar, con sus afectaciones físicas en el rostro de los enfermos. Las descripciones parecen apelar a la idea de verdaderos espectros que caminaban por la ciudad: “Heridos de escorbuto cien enfermos / Contemplo más allá, que divagando / Cual sombras macilentas, lentamente / Se bambolean con incierto paso. / Oh que horribles están!… La vista hundida, / Y sanguinoso el prominente labio, / Los dientes enseñando, y las encías, / Que parece sonrisa lo que es llanto!”[49].
A este dramático panorama le acompañó también una alta mortalidad infantil. Afectados “los párvulos más que los mayores” por la fiebre dominante, tal como lo narran algunos testimonios anónimos[50], los niños fueron también víctimas directas de los morteros, y se pudo identificar durante el sitio un alto número de muertos en esa franja etaria.
Las acciones caritativas de algunos
vecinos que intentaron aliviar las penas de los más pobres jugaron un papel
considerable en la baja de las tensiones internas. Igualmente, aunque ya
enmarcados dentro de la labor de la iglesia, hay nombres de clérigos que fueron
destacados por su compromiso con la situación y, especialmente, con la pobreza.
Entre los primeros cita Acuña a algunos actores del patriciado como Antonio San
Vicente y Justo Ortega, relevantes figuras del comercio local: “Allí nueve onzas de oro sacrifican… / Y de
la carne fresca nueve cuartos / Distribuyen a míseras familias”[51].
Entre los actores de la iglesia, un lugar
especial se asigna a “un lego del seráfico convento”, —es decir, franciscano— a
quien identifica como “ángel protector de la indigencia”. Se trata de Fray Juan
de Ascalza, un actor fundamental en la tarea social que: “con piedad heroica, infatigable, / Forma una suscripción, que él
recolecta, / Y en pro de cien familias que socorre, / Se humilla, se desvive,
llora y ruega”[52].
Con relación a los pobres e indigentes, Acuña hace referencia a números que varían a lo largo de su desarrollo. Sin embargo, este autor estima, de manera concreta y por primera vez, en cien las familias de mayor indigencia —aunque podría tratarse de un cálculo algo optimista—, familias que verdaderamente estaban condenadas “al ayuno” por efecto del “precio exorbitante de los víveres”[53]. En otras citas referidas a la labor del lego, las cifras de los pobres asistidos llegaban hasta tres mil. Lo explica por el encierro dentro del recinto: muchos núcleos familiares que antes vivían en zona de extramuros, con buen acceso a los alimentos y razonable nivel de vida para la época, ahora, sin sustento, debían mendigar.
El destaque público de las acciones de caridad jugaron su papel en la promoción tanto individual como familiar de los donantes. Bajo la profunda creencia de que “ganar el cielo” dependía, en parte importante, de las acciones personales realizadas en vida, la caridad no era un servicio menor. Era esta, por cierto, la única respuesta a un estado social que carecía del real apoyo del gobernador y del cabildo, aun cuando las políticas ilustradas enunciadas por Carlos iii habían hecho fuerte alusión a que el Estado debía jugar un papel mucho más protagónico con relación a la pobreza[54]. En este sentido, fueron varias las familias patricias —más allá de las pocas que nombra Acuña de Figueroa de forma específica— que participaron de las acciones de caridad.
Con relación a Fray José Ascalza, el
texto parece ubicarlo en el lugar del héroe comprometido con la causa social,
al menos desde una mirada laica; pero, también, Acuña lo subraya desde una
comprensión católica, en tanto figura digna de un alto cargo eclesial: “Es el lego el agente más activo, / Cuya inmensa
piedad y fiel manejo, / Merecía la mitra de un Obispo”[55].
Rituales de muerte y alegría
A lo largo de aquellos veintidós meses que duró el sitio, la ciudad parecía acostumbrarse a una sistemática convivencia con la muerte. Esta se hacía sentir a través de muy distintas formas y expresiones, afectaba todos los sentidos. La muerte directa, resultado de ver y vivir los impactos de las bombas arrojadas al interior del recinto, era un fenómeno traumático, al tiempo que una insoportable carga de estrés para personas de cualquier edad. Sin duda, se trataba de la peor manera de vivir y sentir la muerte, pero apenas más resistible eran el olor continuo de lo pútrido, la visualización de sucesivos enterramientos y el tañido de las campanas luctuosas que imponían una fúnebre atmósfera sonora.
Una misma calle podía ser el escenario de
más de tres funerales en un mismo día, a veces diferenciados drásticamente por
la condición social del muerto. Las exequias del alférez de fragata Tomás Ruiz,
con su correspondiente mortaja, tuvieron lugar en la iglesia de San Francisco y
resultaron muy elocuentes en este sentido[56]; la salva de cañón se
sumaba al tañido de campanas por tratarse de un militar. Otras, en cambio, eran
más humildes, prácticamente anónimas. Pero en todos los casos, las campanas
eran la manifestación recurrente de un triste y desolado paisaje urbano.
En el diario de Acuña de Figueroa, algunas
escenas cotidianas evocan el recuerdo de ciertas imágenes medievales asociadas
a la muerte: “Causando horror a la
vista, / Sacarlos a qué refresquen. / Por docenas y apiñados, / En
carretillas, parecen / Cadáveres que llevarán / Á la mansión de la muerte /
En torno a las calles giran / Hasta el portón, donde a veces / Se ve disminuir
la carga / Por los que muertos descienden”[57].
Otras evocaciones de la muerte repararon
más en las consecuencias adversas del porvenir de la familia, particularmente
de las viudas incapacitadas para encontrar trabajos dignos en aquella
estructura social de tiempos coloniales: “Reparo la ciudad, triste, enlutada / Clamar sobre la sangre de sus
hijos / En hondos ayes de dolor y rabia. / Allí
gimiendo, la consorte mira / Que el caro esposo con herida infausta /
Sangriento desfallece, abandonando / Su tierna prole a la mendiguez amarga”[58].
Expresiones de alegría podían contrastar, en cambio, con el ambiente espiritual reinante en la plaza, aun cuando fuese necesario encontrar atmósferas alternativas. Sin embargo, la sociedad montevideana de aquellos primeros años del siglo xix, al igual que la del xviii, era todavía muy barroca en sus usos y costumbres, así como en su alta capacidad para admitir la convivencia de expresiones contrastantes[59]. La fiesta podía, perfectamente, preceder o suceder al ritual de la muerte, siempre que se buscara su adecuado entorno espacial y temporal. De hecho, las motivaciones para la alegría y la celebración surgían, muchas veces, de manera casi espontánea. También, y más allá de los distintos sucesos vividos, determinados rituales eran planificados con anticipación y ningún hecho luctuoso debía impedirlos o postergarlos, aunque sí podía obligar a ajustes de fuerza mayor. Algunos ejemplos merecen análisis.
La jura de la Constitución de Cádiz
encontró, en los inicios del sitio[60], un amplio respaldo
oficial y popular. Contó con la participación del gobernador, cabildantes,
personalidades del clero, militares y pobladores en general. La celebración se
realizó con toda la pompa necesaria: actos celebratorios públicos, solemne tedeum después de misa,
representación de obras teatrales, iluminaciones y bailes oficiales de los
cuerpos militares urbanos. Eran los primeros tiempos del sitio y aún no se
sentían los peores efectos de la artillería rebelde sobre la ciudad; sí había,
en cambio, algunas acciones militares en las cercanías del recinto. Entre los
rebeldes surgieron críticas solapadas a este acto, estos difundieron que
Vigodet supuestamente no había asistido a los festejos de la Constitución —hecho
no probado—, tal como lo expresa Muñoz en su diario: “Ese día —24 de setiembre— se hizo en Montev.° la publicación solemne de la Constitución
Española con aparato de 3 tablados, Reyes de armas, oidores con Garnacha, Cavildo & p.ro no asistió el Cap.n
G.ral Vigodet. Salvas, 3
días lumin.s”[61].
El carnaval, quizá la fiesta más popular, no perdió espacio en la ciudad sitiada, aun con algunas restricciones como la imposibilidad de usar agua dulce —sustituida por la de mar—, así como la absoluta prohibición de arrojar huevos. Un 28 de febrero fue el primer día de esas fiestas en el Montevideo de 1813:
Con anuncios de gritos, y algazara, / Hoy es Carnaval el primer día; / Pues el pueblo, cual niño caprichoso, / Con un juguete su aflicción olvida.[62] El uso de las máscaras acompaña, a su vez, al festín nocturno, generando un micro-espacio de olvido a la muerte, no sin ciertas cargas de agresividad y frenesí: Jugóse á Carnaval por la mañana, / Y hasta la noche con furor grosero, / Quedando por memoria de estos días/ Cuatro desnarigados y seis tuertos[63].
La fiesta religiosa adquiría especial
consideración, ya que era reconocida y respetada por ambas partes en pugna. Se
trataba de una suerte de pequeño armisticio tácito que garantizaba horas o días
de paz. Así, el jueves santo permitía la ritualización del espacio público y la
tranquila visita a las tres iglesias del recinto: “Hoy jueves santo no salen / Los campeones, porque fuera / Profanación
de tal día / Los furores de la guerra. / El muro y los enemigos / Guardaron
igual prudencia / Y pudo tranquilo el pueblo / Gozar la devota fiesta”[64].
El sábado 23 de octubre de 1813 se celebró la vuelta de la custodia con el Santísimo Sacramento a la iglesia Matriz, de la que había sido retirada y guardada en una vivienda cercana al Fuerte de San José[65]. El acto ceremonial pareció coincidir con un impasse en el bombardeo a la ciudad y con una lluvia necesaria para alimentar cisternas y pozos resecos. Se trató de un verdadero respiro emocional para la población.
En el caso de la noche del 24 de diciembre de 1813, previa a la Navidad, la ansiedad por festejar en las calles llevó a varios grupos a pasear con “guitarras y zambombas”; celebraron con alegría la fecha. Lo mismo sucedió en el bando patriota, que canceló todo ataque al recinto. La siguiente fecha de Pascua se repitió con la misma tranquilidad necesaria.
El 1.º de mayo, fiesta de los santos patronos en Montevideo, pudo ser, en cambio, una celebración apreciada de distinto modo por las dos partes enfrentadas. Ese día se producía, hasta entonces, el recurrente paseo del estandarte real por las calles, con presencia de autoridades civiles y eclesiásticas. El estandarte constituía una imagen en directa relación con la monarquía. La Constitución de Cádiz abolió tal ceremonial, que desde ese mismo año de 1813 quedó restringido en Montevideo a un festejo dedicado exclusivamente al recuerdo de San Felipe y Santiago. Desde el campo sitiador no hubo ninguna referencia a este festejo, lo que hace suponer que empezaba a perder valor y sentido para los revolucionarios.
Las celebratorias militares tuvieron una condición particular, si bien fueron escasas para las tropas del recinto, no por eso estuvieron ausentes. La llegada de las tropas peninsulares en apoyo de la plaza fue festejada con cantos, gritos y desfile[66].
Pero hubo también fiestas de alta
frivolidad en medio del desastre, generadoras de resentimiento en distintos
sectores de la sociedad. A ellas se refieren ambos diarios, pero con particular
encono lo vemos en Acuña de Figueroa: “Las
familias que gozan / Fortuna, y sus halagos, / El contraste presentan / Con
tertulias, convites y saraos. / Allí en leda abundancia, / El público quebranto
/ No se advierte, y sofoca / Al fiero Marte, el bullicioso Baco”[67].
La tristeza dominante exigió al humor y a la risa, a la fiesta y a la música, a la celebración y a la gracia espiritual un obligado lugar en el espacio de la ciudad. Era la contracara necesaria e inevitable para poder sostener un asedio que resultaría demasiado largo y desgarrador.
Colofón
El segundo sitio terminó con la derrota española, luego de la batalla naval que aniquiló su principal vía de abastecimiento. La defensa del frente fluvial se volvió imposible, y los españoles quedaron absolutamente aislados dentro de la ciudad. Se perdía entonces ese paisaje de esperanza que representaba el azul del mar, por donde podrían haber llegado los grandes refuerzos peninsulares.
Acordada y efectuada la entrega de Montevideo por parte de los españoles, las tropas realistas debieron abandonar la ciudad por el portón de San Juan, puerta urbana propia de las actividades de servicio, mientras que las tropas victoriosas de los patriotas ingresaron por su entrada principal: el portón de San Pedro. Era esta una simbólica fotografía de la derrota hispana en la Banda Oriental.
Los años que siguieron no resultaron ajenos al conflicto y a las tensiones, fundamentalmente las establecidas entre orientales y argentinos, aunque también entre artiguistas y peninsulares que permanecieron en la ciudad después de la derrota. Durante el período en que Montevideo estuvo bajo el mando de Fernando de Otorgués, lugarteniente de Artigas, la vida en la ciudad conoció episodios propios de una realidad cargada de resentimientos y también de temores, sobre todo para aquellos españoles que resultaron sospechosos de defender la monarquía.
Destruida materialmente y afectada en su vida social, la ciudad distaba mucho de lo que había sido a finales del siglo xviii y comienzos del xix, antes de las invasiones inglesas. El propio Artigas prácticamente no se acercó durante el período de mayor esplendor político, y residió en Purificación por razones de orden geopolítico. Este hecho no es menor en cuanto a su crisis de significación como entidad urbana, aun cuando Montevideo fuera por entonces la ciudad más poblada de la provincia. Pero el grado de destrucción material marcaba una pérdida de centralidad fundamental dentro del territorio, así como definía el peor momento de su historia.
Hay, sin embargo, un componente geográfico vital en el mantenimiento de su relevancia territorial, así como en la futura recuperación de su dimensión simbólica: la bahía natural y su puerto, pequeño, pero aún eficiente. Este fue el eje de un posterior y sostenido crecimiento urbano, aun cuando la actividad portuaria hubiera decrecido durante el corto período artiguista
Los tiempos que vendrán, signados por el dominio luso-brasileño, operarán de manera acelerada en la reconstrucción de la ciudad, así como en la formalidad de su estructura política. El proceso específico de reconstrucción urbana, decisivo en la futura consolidación de Montevideo como capital de la república, exige todavía una investigación detenida.
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Ribeiro, Ana. Los muy fieles. La lealtad y el territorio platense. Montevideo: Planeta, 2013.
Contribución de los autores (Taxonomía CRediT):
1. Conceptualización, 2. Curación de datos, 3. Análisis formal, 4. Adquisición de fondos, 5. Investigación, 6. Metodología, 7. Administración de proyecto, 8. Recursos, 9. Software, 10. Supervisión, 11. Validación, 12. Visualización, 13. Redacción - borrador original, 14. Redacción - revisión y edición.
WRA ha contribuido en: 1, 5, 13, 14.
Disponibilidad de datos: El conjunto de datos que apoya los resultados de este estudio no se encuentra disponible.
Editor responsable: José Antonio Saravia: jsaravia@correo.um.edu.uy
[1] Una relativa aproximación a este tema
puede verse en nuestro texto sobre el proyecto de Tomás Toribio para la Casa de
Misericordia de Montevideo. William Rey Ashfield, “Arquitectura ilustrada en el
Río de la Plata: el proyecto para una Casa de Misericordia en Montevideo”, Humanidades: revista de la Universidad
de Montevideo 6,
(2006): 59-68, https://revistas.um.edu.uy/index.php/revistahumanidades/article/view/106
[2] Resultan excepcionales algunos estudios cercanos en el tiempo, como el de Fernando Aguerre Core, Los últimos españoles, que dedica un capítulo entero —titulado “El drama de la guerra”— al impacto del primer y segundo sitio de Montevideo, con interesantes apreciaciones sobre el estado material de la ciudad. Fernando Aguerre Core, Los últimos españoles: autonomía y lealtad a la Corona en el Montevideo insurgente (1802-1815), (Montevideo: Linardi y Risso, 2012), 155-188.
[3] Deben tenerse en cuenta, en lo previo, la corta presencia de los ingleses frente a la plaza de Montevideo en 1807 y el primer sitio de los patriotas de 1811 a 1812, ambos más cortos en duración que al referido. En años posteriores debe considerarse el sitio de la llamada Guerra Grande que, aunque más largo en tiempo, no significó para la ciudad —al menos en materia de destrucción edilicia— resultados tan devastadores como el comprendido entre 1812 y 1814.
[4] Se trata de un texto que permaneció inédito durante los tiempos coloniales y fue publicado en los años ya entrados de la independencia. Acuña realizó, sin duda, varios ajustes a aquellos primeros versos, dado que su posición en favor del realismo no parecía adecuada a una publicación de tiempos republicanos. Sin embargo, bueno es destacar que, si bien matiza posiciones con cambios evidentes que incluyen el reconocimiento a diversos jefes revolucionarios —fundamentalmente de origen oriental— y ciertas críticas al oficialismo español, es posible reconocer su favoritismo por la corona española, propio de aquellos momentos. Francisco Acuña de Figueroa, Diario histórico del sitio de Montevideo en los años 1812, 1813 y 1814, https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/42969
[5] El texto de Francisco Acuña de Figueroa se titula Diario histórico del sitio de Montevideo en los años 1812, 1813 y 1814, mientras que el del Pbro. Bartolomé D. Muñoz se conoce como Diario del segundo sitio de Montevideo. Bartolomé Muñoz, “Diario del segundo sitio de Montevideo. Llevado por el Pbro. Bartolomé Muñoz”, Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay 21, (1954): 169-227.
[6] No se han dejado fuera de este análisis, aunque deben considerarse como fuentes algo menores para el propósito del artículo, la Gaceta de Montevideo, publicación que bajo la dirección de Fray Cirilo de Alameda expone un extremo partidismo en favor de los realistas, además de eludir casi siempre los sucesos propios de la ciudad, subrayando la importancia de las noticias provenientes de una España en guerra con Napoleón, y la Gaceta de Buenos Aires, órgano que también expone una importante insuficiencia informativa, así como una declarada toma de partido en bien de la causa emancipadora frente a los hechos referidos. Ambas publicaciones, por su propio rol propagandístico, carecen de una interesante reflexión como la que sí se advierte en los mencionados diarios de Muñoz y Acuña de Figueroa, aun cuando ambos expresen sus posturas personales en torno al conflicto. Existen, por supuesto, otras fuentes, de tipo epistolar, entre distintos integrantes de las familias ubicadas a ambos lados de los territorios en pugna, que bien podrían agregar importantes datos y vivencias de carácter social y cultural en torno a la ciudad, pero estas no han sido abordadas para el presente artículo y, por tanto, constituyen un corpus que, a futuro, será necesario explorar.
[7] Es bueno recordar, sin embargo, que el proceso de militarización de la ciudad había empezado un mes antes, cuando G. de Vigodet dispuso movilizar a los vecinos. Fue el 20 de julio de 1812 cuando se dictó el bando correspondiente. Ver Comisión Nacional Archivo Artigas, Archivo Artigas, vol. 7, (Montevideo: A. Monteverde, 1966), 41-43.
[8] Es interesante comprobar que una de nuestras fuentes centrales para el artículo —el Diario de Acuña de Figueroa— comienza su narrativa el día 1 de octubre de 1812. Sin embargo, el texto de Muñoz se retrotrae al 30 de agosto como inicio del suyo y realiza interesantes apreciaciones sobre los preparativos del sitio y el estado de ánimo que se vivía por entonces en los territorios próximos a la ciudad.
[9] Francisco Acuña de Figueroa, Diario histórico, 25, t. I. Es posible que este texto en particular haya sufrido variaciones a partir de su publicación, ajustándose a los tiempos de un nuevo período republicano, tal como se dijo antes.
[10] Muñoz, “Diario del segundo sitio”, 169. Otros comentarios
análogos sobre este tipo de versiones instaladas en la ciudad pueden registrarse
en las fechas de 29 de setiembre de 1812 y 3 de octubre de 1813.
[11] Muñoz, “Diario del segundo sitio”, 192.
[12] Se trata de lo recogido en “Fragmentos del expediente relacionado con las actuaciones a que dio lugar la muerte del granadero del Regimiento de Infantería de Buenos Aires Manuel Félix, 10 de octubre a 4 de diciembre de 1812”, en Comisión Nacional Archivo Artigas, Archivo Artigas, vol. 7, (Montevideo: A. Monteverde, 1966), 55. Este suceso lo hemos tomado del texto del investigador Dr. Fernando Aguerre, ya antes citado. Aguerre Core, Los últimos españoles, 71.
[13] También en el diario de Acuña de Figueroa se lo registra en fecha 10 de octubre de 1812. Acuña de Figueroa, Diario histórico, 31, t. I.
[14] Se trata del mantenimiento de lo dispuesto en el bando ya citado de G. de Vigodet de fecha 20 de julio de 1812.
[15] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 19, t. I.
[16] Respecto de las familias procedentes de extramuros, dice Acuña: “Sólo infaustas miserias les ofrece / Y un triste porvenir el cruel destino / Bajo chozas de mimbres, o de pieles, como aves expulsadas de sus nidos, / Familias numerosas e indigentes / Se aglomeran en torno del recinto”. Acuña de Figueroa, Diario histórico, 44, t. I.
[17] En ese período hubo momentos particularmente extremos para Montevideo. Al respecto nos dice el investigador Arturo Ariel Bentancur: “El año 1813 fue en su totalidad, paradigmático de ese estado de cosas. La penuria y la escasez lo cruzaron por permanecer la ciudad sitiada, en continuo empeoramiento, con epidemias y hambrunas. El tráfico marítimo fue mínimo y, por primera vez, las banderas portuguesas superaron a las españolas en la nómina de barcos entrados (al puerto). Arturo Ariel Bentancur Bentancur, Una perspectiva histórica del vecino platense: el puerto de Montevideo en la época colonial. Ponencia presentada en el Simposio Internacional Porto do Río Grande: historia y cultura portuaria (Rio Grande 13-15 de noviembre de 2008) Portal de periódicos científicos. Universidad Federal de Río Grande. Río Grande, 2008, 44.
[18] La primera de esas dos cartografías, y particularmente la de intramuros, es la que nos interesa identificar y delimitar en este texto.
[19] En el diario de Acuña de Figueroa se realizan continuas referencias a los bajos o nulos efectos de la artillería española sobre los rebeldes: “A media noche el Bombillo / Sale, y diez granadas lanza / Como el desquite, ó venganza, / En nombre de la ciudad. / Oh qué ineficaz desquite! / Perdidas serán, por cierto, / Granadas en campo abierto/ Y en la ciega oscuridad”. Acuña de Figueroa, Diario histórico, 332, t. I.
[20] Nos referimos a aquellas instalaciones rebeldes en proximidad a la bahía, como lo era el llamado Caserío de los Negros y tantas otras construcciones bajo su control en el área de la Aguada y Arroyo Seco. Las operativas navales permitieron durante un tiempo debilitar mayores avances de los patriotas, realizando destrucciones importantes en esos puntos.
[21] En el diario de Bartolomé Muñoz, con fecha 22 de agosto de 1813, se da cuenta de la llegada de una nueva tecnología de morteros: “mañana llegarán los morteros Tupamaro y Mangoré, fabricados por el s. d. Angel Monasterio p.a Bombas de 12. pulgadas, celebramos con brindis y poesías.” Muñoz, “Diario del segundo sitio”, 196.
[22] Se trata de un plano trabajado por el investigador arquitecto Carlos Pérez Montero, sobre otro, fechado en diciembre de 1813 y ejecutado con propósitos militares.
[23] Textualmente indica: “El 18 dio o.rn nt.r° Gen.l p.a construir esta noche dos baterías, una directa al Portón otra a las cañoneras”. Muñoz, “Diario del segundo sitio”, 188.
[24] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 72, t. II.
[25] Esta batería se construyó en un lugar marcado por la presencia de médanos, algo cercana a la panadería de Antonio Pérez, en el Arroyo Seco.
[27] Tanto Acuña como Muñoz hacen referencia a la inauguración de la nueva artillería en la fecha histórica de la revolución de Mayo, en Buenos Aires. No es de extrañar que se llamara con ese nombre a la batería.
[28] Antigua medida francesa de longitud, equivalente a 1,949 metros. El alcance de la artillería era entonces de unos 2925 metros de distancia, aproximadamente.
[29] Muñoz hace referencia a este alcance de los morteros en fecha 25 de agosto: “Se probaron los morteros con feliz resultado y extraordin.° alcance de más de 1500 toesas”. Muñoz, “Diario del segundo sitio”, 196.
[30] “Estando la contraria batería / Invisible en un bajo y resguardada / Los muros y bajeles en silencio / Ni un solo tiro de cañón descargan”. Acuña de Figueroa, Diario histórico, 330, t. I.
[31] Nos dice al respecto Acuña en fecha 14 de setiembre de 1813: “Temiendo el vecindario una sorpresa / (Y esta vez el recelo no le engaña) / En los barrios distantes, casi todos / De las fatales bombas se resguardan”. Acuña de Figueroa, Diario histórico, 329-330, t. I.
[32] “Resuena el pueblo con salvas, / Con repiques y cohetes, / Al convoy que desde Cádiz / Con tropas de auxilio viene”. Acuña de Figueroa, Diario histórico, 303, t. I.
[34] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 330, t. I.
[35] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 331, t. I.
[36] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 332, t. I.
[37] “Memorias de Don José Batlle y Carreó”, Revista Histórica, tomo VII, citado en Fernando Aguerre, Los últimos españoles, 172.
[38] Múltiples objetos de valor fueron trasladados de la Matriz a casa de algunos particulares, tal como lo narra Muñoz en su diario, por noticias que habían llegado hasta el campo sitiador.
[39] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 334, t. I.
[40] Con “El cuerpo de Albuera”, Acuña hace referencia al regimiento militar del mismo nombre que al llegar a Maldonado en el navío San Salvador naufragó la noche del 1.o de setiembre de 1812, del que se salvaron cien hombres, así como treinta integrantes de la tripulación y algunos pasajeros. Juan Quijano, actor importante en el Montevideo colonial fue quien entregó lo recaudado esa noche: 724 pesos fuertes. Acuña de Figueroa, Diario histórico, 29-30, t. I.
[41] Ubicado en las proximidades del actual edificio central de la Universidad de la República.
[42] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 298, t. I.
[43] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 136, t. I.
[46] “Aún del agua nos priva / La hueste sitiadora; / Y el cielo ensordecido á nuestra queja, / las benéficas lluvias nos aleja”. Acuña de Figueroa, Diario histórico, 132, t. I.
[47] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 145, t. I.
[48] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 134, t. I.
[49] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 222, t. I.
[50] Ver “Carta enviada de Montevideo por un sugeto fidedigno a un amigo corresponsal suyo, Montevideo, 27 de enero de 1813,” Comisión Nacional Archivo Artigas, Archivo Artigas, vol. 10, (Montevideo: A. Monteverde, 1970), 340.
[51] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 156, t. I.
[52] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 211, t. I.
[53] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 210-211, t. I.
[54] Fue intención de la política real de Carlos iii, competir con algunas órdenes religiosas —fundamentalmente con los jesuitas— en materia de caridad y asistencia a la pobreza. Ya durante su reinado en Nápoles había creado el llamado “Real Albergo dei Poveri”, materializando un gigantesco edificio que no llegaría a cumplir, prácticamente, con el propósito buscado.
[55] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 88, t. II.
[56] “Hoy el valiente Ruiz ha sucumbido, / Y en pomposas exequias el Gobierno / Ha dado á su memoria honores dignos”. Acuña de Figueroa, Diario histórico, 105, t. II.
[57] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 30, t. II.
[58] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 127, t. I.
[59] Al respecto, ver José Pedro Barrán, Historia de la sensibilidad en Uruguay (Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 2014). En una interesante línea de abordaje de lo festivo y celebratorio bajo claves de permanencia barroca ver Pablo Fucé, El poder de lo efímero: historia del ceremonial español en Montevideo 1730-1808 (Montevideo: Linardi y Risso, 2014). También, William Rey Ashfield, “Proclamatio barroca en Montevideo. Permanencias de la escenificación festiva colonial en las proclamaciones de Carlos IV y Fernando VII.” Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo 13, (2013): 179-202. https://revistas.um.edu.uy/index.php/revistahumanidades/article/view/35
[60] La Constitución fue jurada el 27 de setiembre de 1812, se había publicado antes, el 24 del mismo mes.
[62] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 174, t. I.
[63] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 178, t. I.
[64] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 212, t. I.
[65] Se trataba de la casa de Zacarías Pereyra, lugar donde se había celebrado misa en tiempos del mayor ataque de artillería sobre el área norte de la ciudad.
[66] Ana Ribeiro afirma, en este sentido, “Cada una de esas ceremonias era un acto de afirmación de la autoridad de un rey ausente, recreado y legitimado por – y en- el ceremonial”. Ana Ribeiro, Los muy fieles. La lealtad y el territorio rioplatense, (Montevideo: Planeta, 2013), 78.
[67] Acuña de Figueroa, Diario histórico, 26, t. II.