Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, nº 20, (2026): e206. https://doi.org/10.36561/20.6 Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC BY 4.0.) https://creativecommons.org/licenses/by/4.0

 

https://doi.org/10.36561/20.6

Estudios

 

Jaume Aurell

Universidad de Navarra, España

saurell@unav.es

ORCID iD: https://orcid.org/0000-0002-1683-0100

 

Recibido: 20/6/2026 - Aceptado: 9/10/2026

 

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Aurel, Jaume. “Las autobiografías de historiadores como género literario y reflexión historiográfica”. Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo, nº 20, (2026): e206. https://doi.org/10.36561/20.6

 

Las autobiografías de historiadores como género literario y reflexión historiográfica

Resumen: Las autobiografías de historiadores constituyen fuentes historiográficas de valor inestimable durante los siglos xx y xxi. Este artículo examina la evolución de estas prácticas autobiográficas y su relación con las transformaciones epistemológicas de la disciplina histórica. A partir del análisis de aproximadamente quinientas autobiografías de historiadores occidentales, se propone una clasificación en seis categorías que revelan la conexión entre las opciones retóricas y literarias de los autobiógrafos y sus posiciones teóricas. El artículo identifica tres períodos generacionales: entreguerras (enfoque humanístico-biográfico), posguerra (egohistoria y monografía) y posteriores a los años setenta (narrativa poética e intervencionista). Se argumenta que estas autobiografías funcionan como laboratorios historiográficos que permiten comprender no solo la formación intelectual de los historiadores, sino también los supuestos epistemológicos que guían la práctica histórica contemporánea. La forma literaria de estas autobiografías refleja transformaciones en los paradigmas historiográficos, haciendo de ellas tanto artefactos académicos como fuentes de historia intelectual.

Palabras clave: autobiografía académica; historia intelectual; historiografía; géneros literarios; narrativa histórica; subjetividad historiadora.

 

Historians’ autobiographies as literary genre and historiographical reflection

Abstract: Historians' autobiographies constitute invaluable historiographical sources during the twentieth and twenty-first centuries. This article examines the evolution of these autobiographical practices and their relationship to the epistemological transformations of historical discipline. Based on the analysis of approximately five hundred autobiographies by Western historians, a classification into six categories is proposed that reveals the connection between autobiographers' rhetorical and literary choices and their theoretical positions. The article identifies three generational periods: interwar era (humanistic-biographical approach), postwar period (ego-history and monograph), and post-1970s (poetic and interventionist narrative). It is argued that these autobiographies function as historiographical laboratories that allow understanding not only the intellectual formation of historians, but also the epistemological assumptions guiding contemporary historical practice. The literary form of these autobiographies reflects transformations in historiographical paradigms, making them both academic artifacts and sources of intellectual history.

Keywords: academic autobiography; intellectual history; historiography; literary genres; historical narrative; historians' subjectivity.

A validade das autobiografias de historiadores enquanto género literário e introspeção historiográfica

Resumo: As autobiografias de historiadores constituem fontes historiográficas de valor inestimável durante os séculos XX e XXI. Este artigo examina a evolução dessas práticas autobiográficas e sua relação com as transformações epistemológicas da disciplina histórica. A partir da análise de aproximadamente quinhentas autobiografias de historiadores ocidentais, propõe-se uma classificação em seis categorias que revelam a conexão entre as escolhas retóricas e literárias dos autobiógrafos e suas posições teóricas. O artigo identifica três períodos geracionais: entre guerras (abordagem humanística-biográfica), pós-guerra (ego-história e monografia) e posteriores aos anos setenta (narrativa poética e intervencionista). Argumenta-se que essas autobiografias funcionam como laboratórios historiográficos que permitem compreender não apenas a formação intelectual dos historiadores, mas também os pressupostos epistemológicos que guiam a prática histórica contemporânea. A forma literária dessas autobiografias reflete transformações nos paradigmas historiográficos, tornando-as tanto artefatos acadêmicos quanto fontes de história intelectual.

Palavras-chave: autobiografia acadêmica; história intelectual; historiografia; gêneros literários; narrativa histórica; subjetividade historiadora.

 

Study the historian before you begin to study the facts

EDWARD H. CARR[1]

 

It is my profound conviction that what we do as historians is to write, in highly displaced, usually unconscious, but nonetheless determined ways,

our inner, personal obsessions

GABRIELLE M. SPIEGEL[2]

 

1.  Introducción

El género de la autobiografía de historiadores proliferó durante los siglos xx y xxi, tomando como modelo algunos precursores clásicos como Giambattista Vico, Edward Gibbon y Henry Adams. En 1983, A. J. P. Taylor afirmó: “Todo historiador debería escribir una autobiografía”[3]. No todos los historiadores siguieron el consejo de Taylor, pero ciertamente muchos de ellos —muchos más de lo que generalmente se cree— han producido textos de escritura de vida que pueden interpretarse desde una perspectiva crítica y, más específicamente, historiográfica.

Asumiendo el interés literario y el potencial teórico de este género, y convencido de que cualquier forma literaria no solo refleja, sino que también forma parte del contenido que representa, en las páginas que siguen ofrezco unas reflexiones sobre el valor de las autobiografías de historiadores no solo como artefactos literarios que propiamente son, sino también como documentos de un interés historiográfico inmenso. Parto de mi propia experiencia de más de dos décadas de análisis de las autobiografías de historiadores, y por tanto no constituyen simplemente un espigueo de los principales beneficios teóricos y prácticos que se siguen de un adecuado acercamiento a estas fuentes privilegiadas de historia intelectual, sino unas conclusiones inductivas tras mi lectura del aproximado medio millar de autobiografías de historiadores en las que he basado mis publicaciones previas.

Comencé preguntándome cómo me había interesado en este peculiar género histórico-literario. La serendipia me condujo al artículo de Robert A. Rosenstone “Confessions of a postmodern (?) historian” (2004),[4] un breve ensayo autobiográfico repleto de paradojas retóricas y giros teóricos. El autor adoptaba una actitud irónica y escéptica ante su propio itinerario intelectual. Me fascinó la posibilidad de recrear el propio recorrido académico sin abandonar la identidad de ciudadano, intelectual, estudioso e historiador.

Posteriormente, un colega me aconsejó la lectura de L’histoire continue (1991), de Georges Duby. Duby describe los principales pasos de la carrera de un historiador —desde sus estudios iniciales hasta la elaboración de su tesis doctoral, el comienzo de su vida docente, la entrada en la esfera pública y, finalmente, su producción historiográfica más madura—. Comprendí entonces el potencial ejemplar de este género y decidí recomendarlo a mis estudiantes de doctorado. Además, pronto advertí que las memorias académicas de Duby formaban parte de un movimiento más amplio de historiadores franceses, coordinado por Pierre Nora y denominado ego-histoire.[5]

Continué leyendo, primero de manera ocasional y luego compulsiva, otras autobiografías de historiadores. Me vino a la memoria la máxima socrática proclamada por Platón: “una vida sin examen no merece ser vivida”[6]. La bibliografía crítica sobre la autobiografía (Philippe Lejeune, Karl J. Weintraub, Paul J. Eakin) y las nuevas teorías sobre la naturaleza narrativa de la operación histórica (Lionel Gossman, Philippe Carrard, Hayden White, entre otros) me mantuvieron reflexionando sobre el subgénero de las autobiografías de historiadores. Como intelectual y ciudadano, el historiador posee una responsabilidad social y pública especial, y debe por tanto examinar no solo la calidad de su trabajo, sino también toda la dimensión ética que lo rodea.

No se trataba únicamente de mi enriquecimiento personal e intelectual a través de estas lecturas. También estaba en juego mi propia formación como historiador, puesto que, como afirmó E. H. Carr en su clásico ¿Qué es la historia?, “me atrevo a creer que el historiador más consciente de su propia situación es también el más capaz de trascenderla”[7] —trascender su propio contexto es precisamente lo que hacen los historiadores que deciden escribir su autobiografía—. A tal propósito, el propio Carr eligió como idea central de su libro la frase: “Estudia al historiador antes de empezar a estudiar los hechos”[8].

Carr confirma que la vida del historiador es inseparable de su obra y, por tanto, es también relevante para las teorías que la nutren. La operación histórica es un ejercicio continuo de realismo, en el que la capacidad de observar la realidad exterior y la conciencia interior deben proceder simultáneamente: lo retrospectivo con lo introspectivo. La percepción de la propia conciencia y subjetividad, y una actitud crítica ante ellas, es condición indispensable para poder discernir y objetivar el pasado. La lectura de autobiografías de historiadores se convierte así en una plataforma para comprender la dinámica del propio trabajo histórico, al tiempo que nos proporciona herramientas epistémicas y éticas indispensables para su práctica.

Casi inconscientemente, mi lectura compulsiva de autobiografías de historiadores me llevó a considerar este subgénero no solo como una oportunidad para mejorar mi formación como historiador, sino también como un género historiográfico específico que merecía ser analizado sistemáticamente, de la misma manera en que lo había hecho con mis propios temas históricos medievales, como la cultura mercantil mediterránea, las crónicas catalanas y las autocoronaciones europeas. Cuando comencé a trabajar esta posibilidad, no podía haber imaginado que el número de autobiografías de historiadores sería tan grande como para exigir una restricción cronológica y geográfica en el análisis. Finalmente decidí concentrarme en autobiografías de historiadores occidentales del siglo xx, principalmente europeos, norteamericanos y australianos. Resultó ser una suposición ingenua que el corpus se reduciría, pues el número de autobiografías que debía considerar no cesó de crecer hasta alcanzar las quinientas.[9]

A medida que los iba analizando, advertí que estos artefactos literario-historiográficos eran originales y relevantes. Su originalidad reside en la capacidad de ciertos historiadores para proceder retrospectivamente (objetivamente) al llevar a cabo un análisis introspectivo (subjetivo) de sus propias vidas. Poseen un talento particular para conectar el contexto general que ha regido sus vidas con su itinerario personal, que solo ellos pueden revelar. Se sitúan en el cruce decisivo entre lo subjetivo y lo objetivo, lo privado y lo público, lo retrospectivo y lo introspectivo. Estas son esferas de las que los historiadores no pueden desvincularse, de modo que las autobiografías de historiadores se convierten no solo en artefactos literarios, sino también en una fuente relevante de historia intelectual —al igual que los diarios, la correspondencia y otros documentos personales— y en un acontecimiento intelectual en sí mismas. Las autobiografías de historiadores revelan tendencias, transformaciones y posibilidades en los supuestos teóricos de la disciplina. Estos textos funcionan como casos de estudio que iluminan evoluciones historiográficas, no como corpus estadísticamente representativo de la práctica histórica total. Su valor reside en mostrar direcciones epistemológicas emergentes, no en pretender ser exhaustivos.

Las autobiografías de historiadores pueden considerarse también artefactos culturales que transmiten las perspectivas teóricas de sus autores. Este enfoque permite determinar lo que las autobiografías de historiadores, y en particular su estilo literario, revelan acerca de las posiciones y compromisos intelectuales de sus autores: desde la actitud autobiográfica tradicional de Marcel Trudel, quien se considera a sí mismo un “documento vivo”[10], hasta el gesto activo e intervencionista de Geoff Eley, que quería que sus reflexiones “tuviesen un papel en la configuración de nuestra comprensión de lo que hacen los historiadores”[11]. Así, las autobiografías de historiadores pueden analizarse no solo como artefactos literarios, sino, más específicamente, como fuentes de conocimiento que transmiten los prismas a través de los cuales los historiadores han configurado e interpretado el pasado. Y esto me lleva a una de las tesis que he defendido siempre: si asumimos que los historiadores se aproximan a su propio pasado del mismo modo que se aproximan al pasado, podemos concluir que las autobiografías de historiadores podrían revelar los supuestos teóricos de sus autores acerca de su profesión y las elecciones historiográficas efectuadas en la articulación de sus vidas.

Desde esta perspectiva, las autobiografías de historiadores se convierten en fuentes privilegiadas de historia intelectual y de indagación historiográfica. Un inmenso potencial teórico emerge cuando académicos cuya formación, actividad profesional e interés personal han consistido en el examen crítico del pasado reflexionan sobre sus propias experiencias. Gabrielle Spiegel, autora de una de las autobiografías más brillantes del género, lo expresa en estos términos: “Es mi profunda convicción que lo que hacemos como historiadores es escribir, de maneras sumamente desplazadas, habitualmente inconscientes, pero no por ello menos determinadas, nuestras obsesiones íntimas y personales”[12].

Así, los historiadores comprenden que el conocimiento histórico está fundamentalmente inspirado por el vínculo entre la experiencia personal y la conciencia del pasado.[13] Cuando los historiadores escriben historia, aspiran a comprender la experiencia del yo, no meramente la del otro; e inversamente, cuando escriben autobiografía, aspiran a comprender la experiencia del otro, no meramente la del yo. Recurren a la autobiografía —al igual que los filósofos a la poesía y los críticos literarios a la historia— para aprender no solo acerca de otras personas y del pasado, sino también acerca de sí mismos y del presente.[14]

Sin duda, la práctica de la autobiografía ayuda a los historiadores a ampliar su perspectiva sobre la experiencia humana. Sheila Fitzpatrick ha reconocido explícitamente que, tras concluir su autobiografía, “mi íntima sensación de logro era más elevada: sentí que, después de toda la angustia, lo que había alcanzado era verdadero, incluso la verdad. Fue una sensación agradable para alguien congénitamente relativista”[15]. Sin embargo, los historiadores no siempre han considerado la autobiografía de esta manera —o lo han hecho con grados variables de entusiasmo—. Este es precisamente uno de mis objetivos al leer autobiografías de historiadores: rastrear la evolución de las diferentes formas de práctica autobiográfica y de adhesión a este género entre los historiadores, y examinar cómo esas diferencias expresan concepciones particulares de la historia, principios, enfoques y prácticas historiográficos.

En un nivel más básico, esos textos literarios sirven también como fuentes de conocimiento acerca de la formación, las posiciones y la ideología que han influido en las elecciones académicas de los historiadores. Mi interés intenta ir más allá y se dirige a la manera en que las autobiografías de historiadores dialogan con el marco crítico del pensamiento académico de su tiempo, proporcionándonos claves para comprender el desarrollo de la historia intelectual en los siglos xx y xxi.

2.  La reticencia autobiográfica de los historiadores: ¿realidad o mito?

La opinión general suele considerar que la supuesta renuencia de los historiadores a practicar la autobiografía se debe a una formación que los impulsa a mantener una distancia crítica respecto a su objeto de estudio. Sin embargo, yo dudé de esta idea desde el inicio de mi interés por este género. En primer lugar, me pregunté si era posible hablar de la “reticencia” de un colectivo profesional que incluye dos de los exponentes más clásicos de la autobiografía en sentido amplio —las memorias de Gibbon y la Educación de Henry Adams— y cuyos miembros más prominentes han publicado ellos mismos autobiografías: Benedetto Croce, Robin Collingwood, Fernand Braudel, Eric Hobsbawm, Georges Duby, Gabrielle M. Spiegel, Natalie Zemon Davis y Robert A. Rosenstone, entre otros. En segundo lugar, a lo largo del proceso de investigación me fui convenciendo cada vez más de mi suposición inicial, al descubrir cientos de autobiografías de historiadores de los siglos xx y xxi —y que siguen publicándose hoy—.

De hecho, es posible que ninguna otra disciplina académica pueda presumir de un número tan elevado de autobiografías escritas por sus profesionales. El deseo de examinar y comprender el pasado —incluso el suyo— ha llevado a los historiadores a adentrarse en la autobiografía, al margen de las dificultades que la práctica de este nuevo género, tan subjetivo, les ha acarreado. Así, la autobiografía se ha convertido en otra práctica historiográfica, en lugar de una forma heterodoxa de representar el pasado. Los historiadores saben que, dado que la autobiografía es una segunda lectura de la experiencia, puede ser más verdadera que la primera —la espontánea— porque añade a la experiencia misma tanto la conciencia como la sofisticación.[16] Las variaciones en la práctica autobiográfica entre los historiadores reflejan transformaciones en los modelos teóricos y los principios metodológicos que están en el núcleo de la disciplina histórica. De este modo, las autobiografías académicas se convierten en fuentes de historia intelectual y académica, así como en fuente de inspiración historiográfica para sus propios autores.

La afirmación de Paul Valéry sobre la naturaleza autobiográfica de la teoría de los académicos —“No hay ninguna teoría que no sea de hecho una parte cuidadosamente disimulada de la propia historia de vida del teórico”[17]— se hace eco de Hayden White, quien postula que siempre existe una conexión entre la forma de un texto histórico y su contenido.[18] Al profundizar en estos textos, comprendí que las opciones retóricas, las formas literarias, los símbolos, las metáforas y, en definitiva, los estilos desarrollados por los historiadores-autobiógrafos iluminan la evolución historiográfica. El poder de la forma —estructura, técnicas narrativas, metáforas— refleja una representación real del contenido. Los desarrollos específicos de la forma reflejan transformaciones en la reconstrucción textual del pasado.

Han existido dos intentos de aproximación sistemática a estas fuentes. El primero, History, Historians, and Autobiography publicado en 2005 por Jeremy Popkin, ofrece un análisis minucioso de un extenso corpus de autobiografías de historiadores y lee las conexiones entre historia y autobiografía sirviéndose de los relatos autobiográficos de historiadores como fuentes para la comprensión histórica —aunque no historiográfica ni literaria—. Yo intenté llevar esta perspectiva un paso más allá en mi Theoretical Perspectives on Historians’ Autobiographies (2016),[19] que argumenta que estos textos autobiográficos pueden ser considerados artefactos académicos que nos permiten negociar las tendencias historiográficas e intelectuales en mayor profundidad, e incluso distinguir diferentes estilos literarios acordes con las tendencias historiográficas de cada autor. Desde una perspectiva más general, estos textos son también artefactos académicos que nos permiten reflexionar sobre las conexiones entre la escritura de vida y los discursos de la historia, como sugiere Rocío G. Davis.[20]

En el mencionado libro y en publicaciones posteriores, especialmente Historians’ Autobiographies as Historiographical Inquiry: A Global Perspective (2024),[21] he propuesto plantear una serie de cuestiones en torno al proceso de la investigación académica y la escritura de la historia: ¿cómo pueden o cómo podrían funcionar las autobiografías en el interior de los discursos cambiantes de la historia? ¿Podemos leer las autobiografías de historiadores como textos académicos? ¿Cómo se convierten en aproximaciones a las transformaciones disciplinares y a los supuestos teóricos de los historiadores? ¿En qué medida podemos afirmar que los campos académicos, los temas y las orientaciones epistemológicas de los historiadores son elegidos autobiográficamente? ¿Existe una agenda personal —y, en consecuencia, una agency— en su compromiso profesional con una temática o campo particular? ¿Pueden percibirse la obra académica de los historiadores y sus autobiografías como actos performativos? ¿En qué medida los estilos literarios reflejan posiciones historiográficas?

Los desarrollos recientes en los estudios culturales sugieren que las prácticas y productos culturales —como los libros de historia— son altamente performativos. Construyen al mismo tiempo que relatan: “el tipo de sujeto representado en la autobiografía cumple una función cultural, y todos ellos presuponen una relación entre el sujeto hablante y el discurso enunciado”[22]. La autobiografía no es simplemente una convención literaria, sino, en sentido más amplio, una actividad cultural.[23] Sin embargo, la cultura no es meramente reflexiva; es también, y sobre todo, performativa: los seres humanos no son esclavos de las categorías culturales, sino que las redefinen continuamente a través de prácticas cotidianas.[24]

Una lectura sistemática de las autobiografías de historiadores se enriquece con una consideración de la producción académica de cada autor, y viceversa. El conocimiento del pasado de los historiadores a través de su propia narrativa personal nos proporciona perspectivas pluridimensionales sobre los procesos y puntos de vista que rigieron la escritura tanto de sus relatos autobiográficos como de sus textos históricos, como continuamente se pone de manifiesto en el Testimonio personal de Fernand Braudel respecto a la elaboración de su Méditerranée. Esos relatos autobiográficos cumplen un importante propósito historiográfico porque también y simultáneamente son proyectos académicos. Podemos así comprender cómo incluso los relatos que se presentan como imparciales están sujetos a las reglas de la narrativa y a las posiciones experienciales y a las decisiones autoriales de sus autores.

Por ello, propongo examinar el impulso histórico que subyace a los historiadores como autores autorreflexivos, para revelar las formas en que su obra es a la vez autobiográfica e historiográfica. Sostengo que no solo buscan situarse en la historia a través de sus textos autobiográficos, sino que su trabajo histórico es su manera de hacerlo. Se sitúan en la historia (dentro de la historia) reescribiéndola. Por esta razón, Pierre Nora pidió a los colaboradores que había seleccionado para sus Essais d’ego-histoire que “explicitasen, historiando, el propio yo, la conexión entre la historia que uno hace y la historia que nos hace”[25]. En definitiva, las autobiografías de historiadores deben contemplarse desde estas dos dimensiones: como artefactos académicos (el relato de una vida vivida en la universidad) y como testimonios valiosos de la evolución historiográfica.

3.  Las autobiografías de historiadores como artefactos académicos

La emergencia y rápida difusión de la autobiografía académica en las últimas décadas valida la idea de que una nueva necesidad del presente abre un nuevo órgano de comprensión del pasado (como son los géneros literarios), tal como había intuido Nietzsche. El incremento de la sofisticación teórica y la creciente complejidad de las formas culturales en el mundo contemporáneo —y, concomitantemente, en el historiográfico— exigen un nuevo género que nos permita comprenderla. Así, la autobiografía académica se ha convertido en un género en sí mismo, definida como:

un texto publicado presentado como un relato veraz de la propia vida del autor, escrito por alguien que ha dedicado una parte significativa de esa vida como miembro profesional de una disciplina académica, y en el que el papel de dicha disciplina académica en la vida del autor resulta evidente, ya sea en el contenido, en la construcción de la narrativa, o en ambos.[26]

De manera más específica, sostengo que la autobiografía se convierte en un laboratorio historiográfico para los historiadores que la practican: su experiencia con la historia fuera de sí mismos los impulsa a explorar su propia historia. Emerge así una nueva forma de aproximarse al pasado y comprenderlo, que complementa las prácticas convencionales de la disciplina. Coincido con la convicción de Ruth Behar de que no es accidental el reciente “deseo que se apoderó de una amplia gama de académicos norteamericanos formados en diversas disciplinas de escribir de formas nuevamente significativas, que rechazaban el anonimato y la autoridad y buscaban en cambio la conexión, la intimidad y la pasión”[27]. Así, la autobiografía ayuda a los historiadores a alcanzar una mejor comprensión del mundo, pues, como sugiere Michael Holroyd, “si la historia […] proporciona la visión de conjunto de lo ocurrido, la autobiografía ofrece la visión a ras de suelo: y es esencial combinar ambas perspectivas en la visión polifacética de la literatura”[28].

Escribir una autobiografía implica trabajar con los propios recuerdos, en el intento de recuperar el pasado. Pero la memoria no es solo un conjunto de datos sobre personas, hechos y eventos reales, sino un proceso más complejo.[29] Roxanne Rimstead afirma que “la memoria puede considerarse como el ‘acto de contemplar y los objetos que genera’, más que como la mera recuperación de los ‘objetos predados de nuestra mirada’”[30]. Cuando recordamos, no solo recuperamos el pasado subjetivamente, sino que lo reformulamos según nuestras circunstancias; lo recreamos de una manera única, como también reconoció Robin Collingwood para los relatos históricos.[31] Asimismo, Mieke Bal explica que “el recuerdo cultural no es meramente algo de lo que uno acontece ser portador, sino algo que uno realmente realiza, aunque en muchos casos tales actos no sean consciente y deliberadamente forjados”[32]. No nos esforzamos por modificar el pasado: el propio acto de recordar es productivo, genera un nuevo objeto que revisa nuestra visión del mundo. Quizá ese impulso presentista, natural al hecho de recordar, sea uno de los factores que han alentado a los historiadores a escribir sus autobiografías.

Esta forma presentista de procesar la memoria es evidente en el proyecto autobiográfico de los historiadores. La manera en que se introduce el sujeto, las metáforas que estructuran la narración, los criterios empleados para la evaluación del yo: todo depende de la intención autorial. La autobiografía puede contemplarse como discurso cultural, como un marco discursivo que en realidad produce el sujeto y, simultáneamente, crea un sistema completo de enunciados que alcanzan y proporcionan sentido dentro de dicho marco. La autobiografía no siempre evalúa ni ofrece explicaciones, sino que construye una versión de la vida de una persona con una coherencia interna que contribuye a la memoria cultural. Stephen Greenblatt señala que “los textos no son meramente culturales en virtud de la referencia al mundo que está más allá de ellos; son culturales en virtud de los valores y contextos sociales que ellos mismos han absorbido con éxito”[33]. No obstante, esta idea debe ser matizada por la intención autorial inherente a la lógica historiográfica de las autobiografías de historiadores, y por la capacidad de los textos autobiográficos de crear también una cultura específica —que, en este caso, posee un fuerte significado historiográfico—.[34]

Así, debemos considerar no solo los contextos sociales, intelectuales e históricos, sino también los “poderes rectores” que operan tras las influencias y elecciones realizadas por los historiadores-autobiógrafos. Analizar esos poderes rectores implica reconocer que la autobiografía contiene o se conecta con otros discursos —familia, derecho, costumbres sociales, ideología, erudición— que los autobiógrafos filtran y aplican a sí mismos, de modo que el texto se convierte en una relación negociada entre el autor y los códigos que forman un discurso histórico continuo.

De hecho, la autobiografía académica, el ámbito literario en el que se insertan las autobiografías de historiadores, es un fenómeno relativamente reciente y sirve como excelente reflejo de la evolución de las humanidades y las ciencias sociales durante la segunda mitad del siglo xx.[35] Las autobiografías de Edward Said, Shirley Lim y Maya Angelou se han convertido en modelos de autobiografías académicas que trabajan cuestiones de cultura, conscientes de su papel en el desarrollo de sus campos y de las ideas en general,[36] y funcionan como “cronistas del momento histórico en el que ha sido nuestro destino inserirnos como pensadores”[37]. Los historiadores-autobiógrafos funcionan de la misma manera, proporcionando información sobre la narrativización de la tarea del intelectual en la esfera pública al utilizar la autobiografía para intervenir en el desarrollo de la historia cultural y, más específicamente, en la evolución historiográfica.

Así, los historiadores-autobiógrafos crean cultura en lugar de meramente reflejarla. Es cierto que algunos críticos, como Susanna Egan, han señalado que los académicos están divorciados de la creación de cultura, que viven en una torre de marfil, alejados de la acción.[38] Sin embargo, el corpus de autobiografías muestra que los historiadores tienen un sólido sentido de su agencia y de la naturaleza y posibilidades de influjo social e intelectual de su trabajo académico.[39] Dos de ellos lo explicitan en las metáforas empleadas en sus títulos: In and Out of the Ivory Tower (1977) de William Langer y You Can’t Be Neutral on a Moving Train (1994) de Howard Zinn. Podemos aproximarnos así a las autobiografías de historiadores como referencia que utiliza la información personal no meramente para situar al escritor en un contexto histórico e informar al lector, sino como herramienta que ilumina la acción intelectual, el desarrollo teórico y las transformaciones culturales del tiempo.

Además, los historiadores se han distinguido entre los académicos por un fuerte sentido de compromiso político, social e ideológico —y tienen sin duda más responsabilidad que otros, dado que su trabajo académico consiste en negociar la realidad del pasado—. Escribir historia implica un compromiso cultural, y los historiadores perciben la autobiografía académica como una forma alternativa de cumplir con su responsabilidad profesional. Desde Heródoto hasta Jean de Joinville y desde Gibbon hasta Hobsbawm, los historiadores como colectivo han sido testigos o incluso participantes de los acontecimientos que relatan.[40] Muchos han desempeñado papeles importantes como intelectuales públicos, lo que fue particularmente intenso y apasionado durante las emergencias nacionales del siglo xix y las experiencias marxistas del xx.

Sin embargo, más allá del compromiso social y cultural de los historiadores, arguyo que las autobiografías de historiadores pueden funcionar como una nueva forma de discurso histórico. Los historiadores utilizan la autobiografía académica como fuente retrospectiva para mejorar la comprensión de las disciplinas que practican. En este sentido, me parece que los historiadores-autobiógrafos, especialmente los de las últimas décadas, reflejan cierto sentido de insatisfacción y frustración con las formas clásicas de desvelar y transmitir el conocimiento del pasado, y están buscando nuevas maneras de representarlo. Ruth Behar lo describe en estos términos:

Sin embargo, si bien existe un acuerdo general en que los viejos paradigmas están agotados, los nuevos paradigmas todavía no han sido consagrados. O, más exactamente, existe una fuerte resistencia a consagrar cualquier paradigma. Parecemos ser un grupo de académicos comprometidos por diversas razones con desmitificar el proceso intelectual, con mostrar cómo sabemos lo que sabemos y hacerlo comprensible a los no iniciados. Lo que buscamos es una nueva epistemología, aunque quizás no usemos esa palabra. […] Pensamos que es totalmente posible hacer investigación rigurosa y ser personales y amigables en nuestro trabajo. […] Somos los exilados de terciopelo de la academia, capaces de realizar cómodamente el trabajo que se espera de nosotros, pero eligiendo en cambio la posición más difícil, la del extraño interior.[41]

Behar describe el impulso psicológico que ha llevado a algunos académicos hacia la autobiografía académica. Como proponen Diane P. Freedman y Olivia Frey, también nos lleva a intentar descifrar las transferencias, traducciones e intersecciones entre la experiencia personal y las prácticas y elecciones disciplinares:

¿Cuáles son las relaciones entre las historias de vida y los temas, enfoques, argumentos, resultados y estilos de escritura de esos investigadores y estudiosos? ¿Cómo interactúan la experiencia personal y las elecciones disciplinares? […] En otras palabras, ¿de qué maneras el yo y la disciplina se funden y se configuran mutuamente? ¿En qué medida el lenguaje, la etnicidad, la raza, la clase, el género, la sexualidad, la religión y/o la geografía, por ejemplo, han influido en las elecciones que realizamos como estudiantes y docentes, académicos y escritores?[42]

Las autobiografías de historiadores pueden también proyectarse hacia otros campos académicos. El corpus de autobiografías de historiadores ilustra lo que Behar ha definido con precisión como “el movimiento para reconocer la voz autobiográfica como una forma legítima de hablar en la academia”[43], y que David Shumway describe como un proceso en el que “los asuntos personales, otrora considerados ajenos al discurso disciplinar, se han convertido en centrales para él”[44]. Tal práctica reflexiva ha permitido a algunos académicos leer las memorias como “piedras de toque culturales para la academia actual”[45].

Así, durante el proceso de investigación sobre las autobiografías de historiadores me han surgido otras preguntas: ¿escriben los historiadores autobiografía para defender su lugar en la sociedad o para explicar, exigir o defender un papel en el desarrollo de las ideas en el siglo xx? ¿Despliegan sus vidas para validar su posición y sus teorías académicas, o simplemente para experimentar con un nuevo tipo de escritura histórica, libre del aparato crítico y las reglas académicas? ¿Es su impulso autobiográfico una confirmación de un desplazamiento en el tradicional pacto autor-lector, antes formulado de manera científica —“esto es verdad y real porque lo estudié”— y que ahora se vuelve más experiencial: “esto es real porque lo viví”?

Mi proyecto intenta redefinir —mediante un enfoque de estudio de casos representativos— el género de la autobiografía académica, y discutirlo en tres contextos complementarios: geográfico, cronológico y disciplinar. Para lograr este objetivo, sitúo las autobiografías de historiadores como artefactos académicos, fuentes de historia intelectual. De este modo, las autobiografías de historiadores se convierten en creaciones literarias con interés en sí mismas como artefactos culturales e intelectuales. Analizo sistemáticamente estas autobiografías, escritas en un arco de aproximadamente cien años (desde la Autobiografía de Benedetto Croce, en 1915, hasta History in the Making de John Elliott, en 2012) y propongo también un tentativo “canon” del desarrollo historiográfico en ese período, un nuevo uso de las fuentes de la teoría crítica autobiográfica, una redefinición de la autobiografía académica y una decodificación de su propósito cultural.

4.  Las autobiografías de historiadores como indagación historiográfica

La interacción entre historia y autobiografía se fue complejizando a medida que los historiadores practicaban la autobiografía y comenzaban a dialogar personalmente con los acontecimientos que previamente habían analizado desde una distancia crítica deliberadamente buscada.[46] Así, la lectura de autobiografías de historiadores incrementa la comprensión no solo de la historia, sino, de manera crucial, de la escritura de la historia. Un enfoque crítico fructífero consiste en leer las autobiografías de historiadores como reconstrucción de la escritura del pasado. A este respecto, Gayatri Spivak utiliza la expresión “worlding” para indicar que nuestra descripción del mundo no es un mero reportaje, sino que la práctica textual contribuye a su singularidad: “Nuestra productividad circunscrita no puede descartarse como una mera llevanza de registros: somos parte de los registros que guardamos”[47].

Cuando eligen la autobiografía para inscribir el pasado, los historiadores son conscientes de que no se trata de una decisión “neutral”. Como explica Fredric Jameson, “los géneros son esencialmente instituciones literarias, o contratos sociales entre un escritor y un público específico, cuya función es especificar el uso apropiado de un artefacto cultural particular”[48]. Dado que los géneros existen como instituciones, funcionan como “horizontes de expectativa” para los lectores, y como “modelos de escritura” para los autores, respectivamente.[49] Los historiadores-autobiógrafos han sido conscientes de que el incremento de la sofisticación teórica y la complejidad del mundo contemporáneo requerían un nuevo género para alcanzar una comprensión más profunda de la cultura moderna.

La práctica de la autobiografía sitúa siempre al historiador en la encrucijada entre la experiencia personal y la colectiva. Sin embargo, algunos críticos, en particular James Olney (1980), Paul John Eakin (1992), Mark Freeman (1993), Gunnthorum Gudmundsdottir (2003) y Jeremy Popkin (2005), han señalado la capacidad de los autobiógrafos formados históricamente para lograr algo más que una conciencia generalizada de la importancia de las circunstancias históricas:

Los historiadores-autobiógrafos deberían ser capaces de ir más allá del mero relato de las circunstancias en las que vivieron. Su formación histórica debería ayudarlos a comprender y explicar cómo surgieron esas circunstancias: en otras palabras, deberían ser capaces de retratar las circunstancias como resultado de acciones humanas y no meramente como condiciones accidentales. […] Los historiadores estarán especialmente capacitados para demostrar, a través de los ejemplos de sus propias vidas, el complejo proceso mediante el cual la experiencia de los acontecimientos y movimientos históricos moldea la personalidad individual.[50]

Uno de los objetivos de mi proyecto es determinar si existe una versión particular del “pacto autobiográfico” para los historiadores que escriben autobiografía, y analizar hasta qué punto “quienes se identifican en su texto como historiadores deben impregnar su narrativa personal de una perspectiva derivada de su formación profesional, y deben esperar que se los evalúe con un estándar de precisión histórica más exigente que el habitual”[51]. A cambio, los historiadores pueden esperar no ser criticados por su incapacidad de escribir de manera tan entretenida como los autores de ficción, como sucede con los altos estándares de Vivir para contarla de Gabriel García Márquez —aunque algunas autobiografías de historiadores son apasionantes narrativas, de gran interés, que se leen de un tirón, especialmente las de Carolyn Steedman, Jill Ker Conway, Gerda Lerner y Carlos Eire—.

Así, a través de la implicación con la forma y la estructura narrativa, las autobiografías de historiadores se adhieren a un estilo más narrativo que científico. Sin embargo, el grado de esta aproximación a un estilo literario y a sus convenciones depende del grado de identificación que cada historiador establece con la práctica narrativa. Al principio, los historiadores se mostraban reacios a ser comparados con novelistas que, en el pasado, a menudo adornaban las verdades con detalles espurios, cuando no abiertamente falsos.[52] Por esa razón, sostengo que los modelos de análisis que los críticos literarios han establecido para las autobiografías deben aplicarse selectivamente a las autobiografías de historiadores, dado que la variedad de estilos historiográficos hace imposible cualquier intento de generalización.

Las vidas de los historiadores nos permiten examinar la evolución y el cambio de la identidad individual y colectiva, las tendencias culturales y los valores sociales hegemónicos, y la manera en que se representan, reproducen y transforman. Como ha explicado Michael Fischer, “los propios marcos autobiográficos no son géneros establecidos: si deseamos utilizarlos para ampliar la teoría social, para comprender los cambios del mundo contemporáneo, debemos estar atentos a los formatos variados y culturalmente diversos que pueden habitar”[53]. En las autobiografías de historiadores encontramos tanto un formato historiográfico específico interno como un contexto cultural externo en permanente transformación.

La naturaleza cambiante de la autobiografía de historiadores durante el siglo xx confirma, como ha sugerido Popkin, que “las autobiografías de historiadores reflejan el desarrollo de sus autores en la escritura de la historia y las distintas tradiciones y tendencias historiográficas”[54]. Los historiadores utilizan diferentes metodologías y estrategias formales para abordar la historia del yo, según las concepciones teóricas de la historia que despliegan como historiadores. Como reconoce Jill Ker Conway, “aunque las categorías teóricas que definen un género pueden ser fijas, sus formas y patrones estilísticos varían profundamente a lo largo del tiempo, y estas variaciones constituyen una especie de historia de la manera en que comprendemos el yo, y de qué aspectos del mismo nos sentimos cómodos discutiendo”[55]. Así, las diferentes formas de la autobiografía del historiador reflejan variados patrones formales y estilísticos y se convierten en fuentes de historia académica e intelectual.

El supuesto de que estos textos son fuentes de historia intelectual nos lleva a indagar cómo los historiadores negocian cuestiones de identidad cultural, social, profesional o intelectual en sus autobiografías: ¿en qué medida están los historiadores condicionados por el contexto intelectual en el que están inmersos? ¿Cuál es la influencia real de las convicciones generales de la generación a la que pertenecen? ¿Están condicionados más por las tendencias intelectuales del tiempo presente o por las tendencias con las que se comprometieron durante su vida académica? ¿Qué tipos de identidades profesionales, académicas, sociales y personales emergen de las autobiografías de historiadores?

Los historiadores a menudo despliegan su autoridad académica para mediar entre el pasado y el presente, dotando a sus autobiografías de una credibilidad adicional. Atentos a la idea weberiana de “la autoridad del eterno ayer”[56], demuestran su convicción de que la escritura personal también construye el pasado, basándose en su conciencia de la dimensión pública de su actividad profesional. Por esto, el itinerario personal de los académicos no es un hecho accidental en su carrera, sino que condiciona su proceso de creación, dado que las experiencias vitales y las preferencias de investigación están intrínsecamente ligadas. Robert Rosenstone tomó conciencia de cuán autobiográfico era su trabajo histórico solo después de haber comenzado a investigar su propia vida y, en particular, la historia de su familia:

Durante dos décadas mi investigación se había centrado en personajes marginales, personas desgarradas entre dos culturas […] Nunca se me ocurrió que mis elecciones podrían estar también relacionadas con mi herencia. Que si uno nace en una familia inmigrante con padres procedentes de dos culturas tan diferentes y conflictivas en sus valores como las de Letonia y Rumanía (la alemana y la latina), una familia en la que los delincuentes, los comunistas y las aventuras extramatrimoniales eran algo ordinario, podría tenderse a interesarse por personajes desgarrados entre los valores y las creencias de mundos distintos.[57]

Esta interacción entre el sujeto (el investigador) y el objeto (el tema) ha sido definida con precisión por bell hooks como “proceso crítico de teorización”[58]. Así, la autobiografía académica se convierte en un artefacto académico en sí misma, cuyos autores proponen una mejor comprensión de su pasado y de su disciplina mediante la reflexión sobre su propia vida. En definitiva, la práctica del acto autobiográfico vincula nuestras nociones sobre los procesos de autoinscripción a nuestra comprensión de las formas en que se produce el conocimiento histórico y cultural.[59]

Al leer estas fuentes, comprendemos que los escritores no solo funcionan como “académicos” comprometidos con la realidad objetiva, sino como “autores” que se proyectan en sus textos, los cuales pueden convertirse en negociaciones de sus personalidades. La “objetividad” ya no es la pregunta esencial, sino que el proceso de la autobiografía misma autoriza al autor como fuente de información válida. El nuevo panorama epistemológico difumina la distinción entre el autor “científico” y el “literario”. De hecho, la propia naturaleza del campo de la historia está siendo revisada porque los historiadores son más conscientes de su condición de autores. Así, la autoría histórica se vincula a un examen más amplio de la historia considerada como forma narrativa, como han subrayado recientemente algunos teóricos de la historia.[60] En este contexto, la validez del académico reside tanto en su posición autorial como en las pruebas documentales presentadas.

Las ideas de Michael Polanyi sobre la naturaleza del conocimiento personal y subjetivo han sido también útiles para mi aproximación a las autobiografías de historiadores. Polanyi argumenta que gran parte del éxito de un científico depende de un conocimiento adquirido mediante la interacción y la serendipia, y que por tanto es muy difícil de articular explícitamente. Polanyi rechazó el ideal del distanciamiento científico, materializado en el título que eligió para su libro: Personal Knowledge. Las dos palabras pueden parecer contradictorias entre sí: se supone que el conocimiento verdadero es impersonal, universalmente establecido, objetivo. Pero él resuelve la aparente contradicción modificando el concepto de conocer.[61]

Polanyi demuestra que la participación personal del científico en el descubrimiento y la validación del conocimiento es una parte indispensable de la ciencia misma.[62] El proceso de “conocer” es un arte en el que la habilidad del conocedor, guiada por el compromiso personal y un sentido apasionado de contacto creciente con la realidad, es una parte lógicamente necesaria. En suma, las autobiografías de historiadores son una de las expresiones más valiosas del rechazo posmoderno al culto tradicional de la historia a la objetividad.

Otra aproximación interesante a la lectura de las autobiografías de historiadores como fuente cultural procede de la psicología, en particular de Erik Erikson, quien sostiene que todo lo que es nuevo y digno de ser dicho tiene un aspecto profundamente personal. Erikson subrayó también la dimensión “presentista” de todo conocimiento o idea nueva, que debe ser significativo para sus contemporáneos.[63]

Sin embargo, quizá la tarea más difícil de mi proyecto ha sido la interpretación de la evolución intelectual de un período reciente. Como afirma Michael Kammen, nuestra cultura contemporánea y viva no puede percibirse en su totalidad porque todavía está en proceso. Así, los contextos culturales históricos también nos obligan a contemplarlos con prudencia y selectividad, puesto que no todos los hechos, tendencias y patrones de significado son igualmente relevantes.[64] Por esa razón, he estructurado las clasificaciones subgenéricas —que detallo en el siguiente apartado— a partir de categorías temáticas y características estilísticas (humanístico, biográfico, egohistórico, monográfico, posmoderno e intervencionista) en lugar de modelos cronológicos rígidos.[65]

Una dificultad epistemológica adicional surgió en el curso de mi investigación sobre las autobiografías de historiadores. ¿Podía liberarme de los paradigmas de mi propia formación, creencias y supuestos teóricos al interpretar las autobiografías de otros historiadores? Al leer esos textos, aprecié la sabiduría de la observación de Jill Ker Conway cuando señala que “la oportunidad mágica de entrar en otra vida es lo que realmente nos lleva a pensar en la nuestra”[66]. Me identifico también con la experiencia de Michael Kammen al leer autobiografías de historiadores:

Buscando el distanciamiento en mi propio trabajo sin esfuerzo autoconsciente, he querido sin embargo saber qué mueve a otros historiadores. He asumido que para encontrar respuestas había que aprender algo sobre sus yos subjetivos como personas tridimensionales. Nunca dudé de que detrás de cada texto histórico hay una persona de carne y hueso repleta de “actitudes” esperando ser descubiertas.[67]

Conocer las experiencias académicas y vitales de mis colegas me llevó a reflexionar sobre mi propio itinerario intelectual e historiográfico. Más allá del amor vocacional por la práctica de la historia, también me encontré experimentando el mismo desarrollo teórico que muchos de los historiadores que analizaba, especialmente los autobiógrafos posmodernos e intervencionistas. En mis años de pregrado, fui formado por profesores que creían en las metodologías históricas marxistas y cuantitativas, y luego, durante mi investigación doctoral, por otros que practicaban la historia de las mentalidades. Sin embargo, poco a poco, fui siendo atraído por las diferentes formas del giro lingüístico y las tendencias posmodernas y posestructuralistas aplicadas a la historia. Esto significó, en mi caso, la adopción de un enfoque posmoderno moderado, una suerte de “tercera vía”: una clara inclinación por el lenguaje narrativo más que estadístico, por los temas culturales más que económicos y sociales, por el reconocimiento de la agencia humana, y por la negociación con las humanidades —en particular la antropología simbólica, la crítica literaria, la filosofía política, la historia del arte y la teología—.[68]

Así, considerando mi clara empatía con los autobiógrafos intervencionistas y posmodernos, ¿cómo podía librarme del peligro de una interpretación simplista de “bueno o malo”? La clave fue la aplicación de una historia intelectual contextualizada, y cuya manifestación más clara ha sido la clasificación de la autobiografía en las seis categorías que desarrollé. Cuando hablo de “historia intelectual contextualizada”, me refiero básicamente a tres modelos metodológicos y teóricos: la escuela de Cambridge sobre historia del pensamiento político (John Pocock, Quentin Skinner), la historia intelectual (Dominick LaCapra, Stephen Kaplan, Martin Jay) y, sobre todo, la obra de los historiadores que desde los años setenta han intentado aplicar la metodología de la historia intelectual a la interpretación de la historia de la historiografía, como Georg G. Iggers, Ernst A. Breisach, Gabrielle M. Spiegel, Hayden V. White, Alun Munslow y Robert A. Rosenstone.

Una aplicación fructífera de estos modelos teóricos me permitiría comprender las autobiografías de historiadores si lograba situarlas en sus contextos culturales e intelectuales. Ello también me protegería de juicios estéticos excesivos, que dividirían los textos en “bien” o “mal” escritos. Estos textos son cruciales por la manera en que entrelazan lo privado y lo público, las experiencias personales y colectivas, la historia individual y la Historia, la formación profesional con el itinerario académico, los supuestos teóricos e ideológicos con los compromisos sociales y políticos, y las creencias religiosas con las decisiones personales. Así, la pregunta clave es si las preocupaciones personales son suficientemente importantes como para merecer nuestra atención y si los patrones significativos que aparecen en el texto nos dicen algo sobre la naturaleza de la historia como disciplina y sobre sus dinámicas intelectuales.

5.  El contenido y la forma: seis categorías de las autobiografías de historiadores

La representación del pasado es siempre más compleja que las categorías que a los historiadores les gusta construir. Las clasificaciones tanto prescriptivas como ingenuas conducen por igual a afirmaciones y contraafirmaciones, y posiblemente a la sensación de que no pueden hacerse generalizaciones útiles. Estoy persuadido, junto a Elisabeth Bruss, de que todos los géneros, modelos, paradigmas y categorías son ficciones, “meros ídolos del mercado crítico”[69]. Sin embargo, también me doy cuenta de que los historiadores necesitamos organizar la realidad del pasado, para proporcionar a la sociedad explicaciones comprensibles y coherentes del pasado. Por eso, al reflexionar sobre aproximadamente quinientas autobiografías analizadas durante las dos últimas décadas, he intentado organizarlas en diferentes categorías, buscando “paradigmas” coherentes de explicación, tal como los teorizó Thomas Kuhn.

Como exige cualquier aproximación a la historia intelectual, parto del supuesto de que estos textos autobiográficos fueron creados en tiempos y condiciones precisos. Asumiendo la idea de que los géneros son realidades flexibles, y de que “un nuevo género es siempre la transformación de uno o varios géneros viejos: por inversión, por desplazamiento, por combinación”[70], examino las características específicas y la evolución genérica de estas autobiografías de historiadores, organizándolas en las categorías literarias formales que me ayudaron a explicar cómo el tiempo en que trabajaron afectó a sus relatos personales y, a su vez, cómo ellos influyeron en sus contextos intelectuales, académicos y culturales.

En un primer momento, decidí utilizar en mi proyecto únicamente autobiografías de formato libro. Sin embargo, tuve que modificar este criterio original al abordar los capítulos sobre las autobiografías egohistóricas e intervencionistas, cuando advertí que el artículo académico era el género deliberada y estratégicamente utilizado por esos historiadores para contar su historia precisamente por su validez académica. Esos historiadores consideran el artículo publicado en una revista académica o en un libro colectivo la forma más lógica de transmitir sus puntos de vista historiográficos mediante relatos autobiográficos —Fernand Braudel fue, una vez más, un precursor cuando publicó sus memorias en el Journal of Modern History en 1972—. Aunque esos ensayos no partieron de un impulso interior, la escritura por encargo se sitúa en el mismo fundamento de ambas categorías.

Tras haber leído y trabajado el corpus, comencé la tarea de categorización. Más allá de las diferencias lógicas en los textos, emergieron algunos paralelismos en sus aspectos formales, como las opciones retóricas, el estilo gramatical, las metáforas y otros recursos literarios empleados, la elección de un modo específico de trama o estructura narrativa, e incluso, en algunos casos, la incorporación de marcadores típicos del discurso académico. Poco a poco, advertí que un análisis sistemático de esas similitudes y diferencias me permitía trazar una interpretación de la evolución de la historiografía contemporánea usando esos textos como fuentes primarias.

Así, las fases cronológicas en las que podían clasificarse esas autobiografías se desarrollaron de manera bastante natural. Pronto descubrí que esta primera categorización cronológica no debía depender de la fecha de publicación de la autobiografía, sino del período en que el historiador fue formado y de la fecha de publicación de sus obras más relevantes. Por ejemplo, Eric Hobsbawm publicó su Interesting Times (2002), cuando tenía ochenta y cinco años, quince años después del Landscape for a Good Woman (1987) de Carolyn Steedman, que la escribió cuando tenía treinta y nueve años. Así, aunque fue escrita mucho antes, la autobiografía experimental de Steedman refleja tendencias literarias e historiográficas más recientes, mientras que la de Hobsbawm expresa su atracción por el marxismo, décadas después de haber sido superado por la historiografía como paradigma dominante. La longevidad de Hobsbawm y su decisión de esperar hasta el final de su carrera antes de publicar sus memorias —una decisión que obviamente no es ingenua ni neutral y que refleja a la perfección su orientación epistemológica científico-social— implicaba un anacronismo con respecto a la autobiografía de Steedman, cuya juventud al escribir su autobiografía nos dice también mucho de sus opciones epistémicas posmodernas. No podía considerar más moderna una autobiografía escrita por un historiador marxista que una autobiografía experimental escrita por una historiadora radical como Steedman, quien concibió su relato en primera persona como un artefacto literario e historiográfico en sí mismo. Así, dado este anacronismo en la tipología textual, no me até a una cronología estricta.

Teniendo en cuenta esas paradojas, han emergido en mi análisis tres períodos generacionales básicos de autobiografías de historiadores: los de entreguerras, los de posguerra y los posteriores a los años setenta. En primer lugar, los historiadores de entreguerras fueron formados en una atmósfera tradicional e interdisciplinar específica, que les proporcionó un sólido sentido de humanismo universal. Dentro de este período, podemos diferenciar el enfoque europeo —donde los autores practicaron una aproximación “humanística” a la autobiografía— y el enfoque norteamericano —historiadores que practicaron una aproximación “biográfica”—. En segundo lugar, los historiadores de posguerra (desde aproximadamente 1945 hasta alrededor de 1970) fueron formados bajo el poderoso paradigma científico-social, que condujo a la historia a la supremacía hegemónica del marxismo, el estructuralismo y el cuantitativismo. Algunos historiadores franceses describieron su evolución académica en la forma de “ego-histoire”; otros, con un aire “monográfico”, enfatizando los compromisos ideológicos tan típicos de esa época. En tercer lugar, después de los años setenta, algunos historiadores concibieron la autobiografía como una forma de experimentar con nuevos caminos en la historiografía (relatos poéticos o posmodernos), y otros, desde finales de siglo, vieron la escritura de vida como una manera de intervenir en el debate historiográfico, presentándose a sí mismos como modelos de transformación epistemológica e innovación metodológica (el modo que decidí llamar “intervencionista”).

Así, las diferentes maneras en que los historiadores han abordado el pasado a lo largo de los siglos xx y xxi —la perspectiva humanística en el período de entreguerras, el marco estructuralista en la posguerra y el aire posmodernista después de los setenta— se plasman en sus autobiografías. Desde el punto de vista de los géneros históricos, el primer grupo de historiadores articuló sus autobiografías como biografías, el segundo como monografías, y el tercero como narrativas individualmente concebidas o creativas. En esos casos fronterizos, aplico el término “transcultural” o “transaccional”, que alude a la fricción crítica creada por la yuxtaposición de dos modelos culturales sistemáticamente diferentes.[71] Sin embargo, las tres tendencias generales pueden percibirse claramente en las autobiografías de historiadores que analizo en mis estudios.

Atribuyo características a estos tres períodos de autobiografías de historiadores a partir de su carácter principal, intención, forma, identidad del autor, género, clasificación de la fuente, interacción con el lector y contenido básico. Así, asigno una intención explicativa y una forma descriptiva a la escritura del período de entreguerras, una intención justificativa y una forma analítica al período de posguerra, y una intención performativa con forma poética a los historiadores que escribieron después de los años setenta. Además, las autobiografías explicativas aspiran al diálogo con el lector, los textos justificativos pretenden instruir al lector, y los performativos implican al lector. Estos textos pueden leerse, en orden: el primero como una biografía; el segundo como una monografía académica; y el tercero como un ejercicio posmoderno de autorrepresentación.

Tabla 1: Estilos autobiográficos de historiadores y rasgos literarios/históricos.

Estilo autobiográfico

Entreguerras: Humanístico-Biográfico

Posguerra: Egohistoria / Monografía

Después de los 70: Posmoderno / Intervencionista

Carácter

Universal-Humanístico

Científico-Estructuralista

Posmoderno-Posestructuralista

Intención

Explicativa

Justificativa

Performativa

Estilo

Descriptivo

Analítico

Poético

Identidad del autor

Personal

Profesional

Actor

Analogía genérica

Biografía

Monografía

Autobiografía

Clasificación fuente

Testimonial

Egohistoria

Egonarrativa

Interacción con el lector

Dialógica

Instructiva

Implicativa

Contenido

Privado/Público

Profesional

Integrador

Trama narrativa

Tragedia

Épica/Drama

Ironía

Audiencia

Intelectuales

Historiadores

General/Académicos

 

Estas categorizaciones nos permiten pensar orgánicamente sobre la manera en que la forma, más que el contenido, organiza, transmite y representa la posición intelectual y cultural particular de cada historiador. Soy consciente, como ha sugerido Michael Fischer, de que “leer unas pocas autobiografías no es una fuente sistemática para la verificación de nueva teoría, pero sí una fuente inapreciable para generar ideas sobre las que basar nuevas formulaciones”[72]. Así, propongo esta taxonomía como una vía productiva de lectura de las autobiografías de historiadores en contexto, para ilustrar cómo los procesos de autorrepresentación reflejan las preocupaciones intelectuales y las formas culturales de su tiempo.

6.  Rasgos específicos de los seis estilos autobiográficos

La generación de entreguerras desplegó dos enfoques autobiográficos diferentes: el humanístico y el biográfico. En general, los autobiógrafos humanísticos y biográficos buscaban explicar, describiendo los acontecimientos de su vida como un modelo intelectual y académico para otros académicos, pero también para una audiencia más general. Construyen sus historias de escritura de vida de manera descriptiva, como si contaran la historia de otro, pero intentando comprender la vida que es su vida. Su estilo es sobrio, elegante, conciso, desapasionado y preciso. De manera más específica, los historiadores europeos “humanísticos”, como Robin Collingwood (An Autobiography), Benedetto Croce (An Autobiography) y Eric Voegelin (Autobiographical Reflections),[73] enfatizan la formación interdisciplinar que recibieron, generalmente vinculada a la herencia clásica y a la tradición literaria y científica europea, e idealizan la atmósfera intelectual de las antiguas universidades. Sin embargo, al otro lado del Atlántico, los historiadores norteamericanos “biográficos”, como Arthur M. Schlesinger (A Life in the Twentieth Century) y William Langer (In and Out of the Ivory Tower), ofrecen una visión general de una vida dedicada a la investigación académica, fusionando esferas privadas y públicas para trazar un retrato completo del que debería ser un intelectual comprometido con la sociedad.

La generación de posguerra también cuenta con dos variantes principales: la egohistórica y la monográfica. Formados en el modelo científico de la investigación histórica, articulan sus autobiografías del mismo modo en que formulan sus textos históricos: despliegan una forma narrativa analítica y evitan mostrar pensamientos y emociones íntimas, concentrándose en cambio en la esfera profesional y pública. Sus textos son itinerarios intelectuales más que revelaciones personales, como ilustran claramente los modelos autobiográficos elegidos para la “egohistoria”: Fernand Braudel (Personal Testimony), Georges Duby (L’histoire continue) y Philippe Ariès (Un historien du dimanche). El otro grupo de posguerra, los “autobiógrafos monográficos”, mantiene la orientación académica, pero también intenta justificar sus opciones políticas e ideológicas, como los cuatro historiadores elegidos como modelos en esta categoría: Felix Gilbert (A European Past), Annie Kriegel (Ce que j’ai cru comprendre), Eric Hobsbawm (Interesting Times) y Richard Pipes (Vixi). De manera más específica, y a diferencia de los de la generación anterior más puramente académicos, conectan sus convicciones políticas con su actividad historiográfica, porque la investigación debe concebirse como un compromiso social y político, en lugar de la “torre de marfil”.

Al igual que en el curso general de la historiografía y otras humanidades y ciencias sociales, las cosas cambiaron radicalmente en la manera de concebir y escribir las autobiografías de historiadores después de los años setenta. Emergió una tercera fase, pero en este caso se abrieron dos caminos muy divergentes: primero, la narrativa autobiográfica poética y, finalmente, la más reciente de todas las categorías, las autobiografías intervencionistas. Mientras que los historiadores autobiográficos poéticos abrazan naturalmente los paradigmas posmodernos sobre la narración y la historiografía experimental, los historiadores autobiográficos intervencionistas siguen la tradición de la autobiografía académica, la de los autobiógrafos humanísticos y egohistóricos.

Los autobiógrafos poéticos como Robert A. Rosenstone (The Man Who Swam into History y Adventures of a Postmodern Historian) y Carlos Eire (Waiting for Snow in Havana) se sitúan a sí mismos como actores en la historia, de modo que se recrean en un acto narrativo. Son el único grupo entre los autobiógrafos historiadores que despliega la ironía. No porque se consideren menos historiadores que los demás, sino por su concepción posmoderna de la historia y la creencia de que las formas experimentales de escribir la historia —la autobiografía entre ellas— pueden también hacerse convencionales entre los colegas. Así, su intención autobiográfica es performativa y estética, más que descriptiva o explicativa y analítica. Estas autobiografías son altamente performativas: aquí, decir algo implica hacer algo. De hecho, las autobiografías construidas por historiadores posmodernos o experimentales como Carolyn Steedman, Carlos Eire o Robert Rosenstone son más imaginativas y reales y revelan, paradójicamente, a menudo más de la naturaleza epistemológica de la escritura de vida, las tendencias historiográficas y la propia naturaleza de la intervención autorial.

La última categoría, la intervencionista, se ha desarrollado en años recientes y puede considerarse una proyección de la egohistoria porque sigue su orientación predominantemente académica. El ejemplo más arquetípico es A Crooked Line de Geoff Eley, un relato exhaustivo del itinerario historiográfico del autor y su conversión del paradigma estadístico marxista de las ciencias sociales al humanístico-antropológico. Este nuevo subgénero autobiográfico ha sido impulsado por la proliferación de obras colectivas dedicadas a un campo específico de la historia o a un grupo específico de historiadores. Los historiadores-autobiógrafos intervencionistas, como Jill Conway, Geoff Eley, William Sewell, Gabrielle Spiegel y Natalie Zemon Davis, confiesan sus radicales virajes historiográficos —básicamente, del modo de explicación moderno-científico-social al modo de narración histórica posmoderno-humanístico— para situarse, más o menos conscientemente, como modelos de evolución historiográfica.

Las formas en que los historiadores han escrito autobiografía reflejan la naturaleza cambiante del panorama teórico de la disciplina histórica durante los siglos xx y xxi. Es evidente que la compleja evolución historiográfica intelectual no puede agotarse dentro de los límites de unas pocas categorías. Sin embargo, esta nueva aproximación crítica a los textos autobiográficos de los historiadores nos proporciona las claves para no solo situar y comprender las transformaciones epistemológicas en la práctica histórica —del modernismo al posmodernismo, del construccionismo al innovacionismo, de la historia objetiva a la historia sujeto-objeto—, sino también para centrarnos en los efectos positivos que esas transformaciones ofrecen a la disciplina y al propio concepto de escritura histórica. Así, este ensayo de clasificación puede ayudar a comprender las diversas formas de autobiografía desarrolladas, las diferentes etapas que ha experimentado la historiografía, y cómo esta evolución ha afectado no solo a la disciplina histórica, sino también a la manera en que la sociedad occidental ha representado el pasado y a su influencia en otras humanidades y ciencias sociales.

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Contribución de los autores (Taxonomía CRediT):

1.  Conceptualización, 2.  Curación de datos, 3. Análisis formal, 4. Adquisición de fondos, 5. Investigación, 6. Metodología, 7. Administración de proyecto, 8. Recursos, 9. Software, 10.  Supervisión, 11.  Validación, 12.  Visualización, 13.  Redacción - borrador original, 14.  Redacción - revisión y edición.

J.A. ha contribuido en: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14.

 

Disponibilidad de datos: El conjunto de datos que apoya los resultados de este estudio no se encuentra disponible.

 

Editor responsable: José Antonio Saravia: jsaravia@correo.um.edu.uy



[1] Edward H. Carr, What is History (Londres: Penguin, 1987), 23.

[2] Gabrielle M. Spiegel, “France for Belgium”, en Why France?: American Historians Reflect on an Enduring Fascination, eds. Laura Lee Downs y Stéphane Gerson (Ithaca: Cornell University Press, 2007), 89.

[3] A. J. P. Taylor, A Personal History (Londres: Hamish Hamilton, 1983), ix.

[4] Robert A. Rosenstone, “Confessions of a postmodern (?) historian”, Rethinking History 8, n°1 (2004): 149-166. https://doi.org/10.1080/13642520410001649787

[5] Pierre Nora, “Présentation”, en Essais d’ego-histoire, ed. Pierre Nora (París: Gallimard, 1987), 1-7.

[6] Platón, Apología, 38a.

[7] Edward H. Carr, What is History (Londres: Penguin, 1987), 53.

[8] Carr, What is History, 23.

[9] Este recorte responde a criterios de accesibilidad lingüística y a la disponibilidad de autobiografías publicadas en inglés, francés y alemán. Un análisis sistemático de autobiografías de historiadores iberoamericanos, publicadas principalmente en español y portugués, constituiría una investigación complementaria de considerable interés.

[10]Marcel Trudel, Memoirs of a Less Travelled Road: A Historian’s Life (Montreal: Véhicule, 2002), 13.

[11]Geoff Eley, A Crooked Line: From Cultural History to the History of Society (Ann Arbor: University of Michigan Press, 2005), xii.

[12]Gabrielle M. Spiegel, “France for Belgium”, en Why France?: American Historians Reflect on an Enduring Fascination, eds. Laura Lee Downs y Stéphane Gerson (Ithaca: Cornell University Press, 2007), 89.

[13]Jeremy D. Popkin, History, Historians & Autobiography (Chicago: The University of Chicago Press, 2005), 75.

[14]Jeremy D. Popkin, “Historians on the Autobiographical Frontier”, American Historical Review 104, n°3 (1999): 748. https://doi.org/10.2307/2650986 ; James Olney, Metaphors of Self: The Meaning of Autobiography (Princeton: Princeton University Press, 1972), 36-37.

[15]Sheila Fitzpatrick, “Can You Write a History of Yourself? Thoughts of a Historian Turned Memoirist”, Griffith Review 33 (2011): 7. https://www.griffithreview.com/articles/can-you-write-a-history-of-yourself/

[16]Georges Gusdorf, “Conditions and Limits of Autobiography”, en Autobiography: Essays Theoretical and Critical, ed. James Olney (Princeton: Princeton University Press, 1980), 38.

[17]Jerome Klinkowitz, Rosenberg, Barthes, Hassan: The Postmodern Habit of Thought (Athens: The University of Georgia Press, 1988), 118. La cita corresponde a Paul Valéry.

[18]Hayden V. White, “Literary Theory and Historical Writing”, en Figural Realism: Studies in the Mimesis Effect (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 1999), 1-27.

[19]Jaume Aurell, Theoretical Perspectives on Historians’ Autobiographies: From Documentation to Intervention (Londres: Routledge, 2016).

[20]Rocío G. Davis, “Introduction: Academic Autobiography and/in the Discourses of History”, Rethinking History 13, n°1 (2009): 3-4. https://doi.org/10.1080/13642520802639546

[21]Jaume Aurell, Historians’ Autobiographies as Historiographical Inquiry: A Global Perspective (Cambridge: Cambridge University Press, 2024).

[22]Betty Bergland, “Postmodernism and the Autobiographical Subject: Reconstructing the ‘Other’”, en Autobiography and Postmodernism, eds. Kathleen Ashley et al. (Amherst: University of Massachusetts Press, 1994), 133.

[23]Albert E. Stone, Autobiographical Occasions and Original Acts (Filadelfia: University of Pennsylvania Press, 1982), 2.

[24]Sarah Maza, “Stories in History: Cultural Narratives in Recent Works in European History”, The American Historical Review 101, n°5 (1996): 1495 y 1501. https://doi.org/10.2307/2170180

[25]Nora, “Présentation”, 7.

[26]Jeremy D. Popkin, “Coordinated Lives: Between Autobiography and Scholarship”, Biography: An Interdisciplinary Quarterly 24, n°4 (2001): 802. https://doi.org/10.1353/bio.2001.0096

[27]Ruth Behar, “Foreword”, en Autobiographical Writing Across the Disciplines: A Reader, eds. Diane P. Freedman y Olivia Frey (Durham: Duke University Press, 2003), xv.

[28]Michael Holroyd, Works on Paper: The Craft of Biography and Autobiography (Londres: Little Brown, 2002), 23.

[29]David C. Rubin, Autobiographical Memory (Cambridge: Cambridge University Press, 1988).

[30]Roxanne Rimstead, Remnants of Nation: On Poverty Narratives by Women (Toronto: University of Toronto Press, 2001), 1-2.

[31]Robin G. Collingwood, The Idea of History (Oxford: Clarendon Press, 1967).

[32]Mieke Bal, “Introduction”, en Acts of Memory: Cultural Recall in the Present, eds. Mieke Bal, Jonathan Crewe y Leo Spitzer (Hanover, NH: University Press of New England, 1999), vii.

[33]Stephen Greenblatt, “Culture”, en Critical Terms for Literary Study, eds. Frank Lentricchia y Thomas McLaughlin (Chicago: The University of Chicago Press, 1990), 227.

[34]Para esta sección me he apropiado de algunos conceptos teóricos del Nuevo Historicismo. Véanse Stephen Greenblatt, “Towards a Poetics of Culture”, en Learning to Curse: Essays in Early Modern Culture (Nueva York: Routledge, 1990), 196-215; y Catherine Gallagher y Stephen Greenblatt, Practicing New Historicism (Chicago: The University of Chicago Press, 2000).

[35]Cynthia G. Franklin, Memoir, Cultural Theory, and the University Today (Athens: University of Georgia Press, 2009), 15.

[36]Edward W. Said, Out of Place: A Memoir (Nueva York: Knopf, 1999); Shirley Geok-lin Lim, Among the White Moon Faces (Nueva York: Feminist Press, 1997); Maya Angelou, The Collected Autobiographies of Maya Angelou (Nueva York: Modern Library, 2004).

[37]Behar, “Foreword”, xvii.

[38]Susanna Egan, Mirror Talk: Genres of Crisis in Contemporary Autobiography (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1999).

[39]Sobre el concepto de “agentividad”, véase David Gary Shaw, “Recovering the Self: Agency after Deconstruction”, en The Sage Handbook of Historical Theory, eds. Nancy Partner y Sara Foot (Londres: Sage, 2013), 474-494.

[40]Jaume Aurell, Authoring the Past: History, Autobiography, and Politics in Medieval Catalonia (Chicago: The University of Chicago Press, 2012), 143-145.

[41]Behar, “Foreword”, xvi-xvii.

[42]Diane P. Freedman y Olivia Frey, “Self/Discipline: An Introduction”, en Autobiographical Writing Across the Disciplines: A Reader, eds. Freedman y Frey (Durham: Duke University Press, 2003), 1-2.

[43]Ruth Behar, “Dare We Say ‘I’? Bringing the Autobiographical Voice into Scholarship”, The Chronicle of Higher Education, 29 de junio de 1994: B1.

[44]David R. Shumway, “The Star System in Literary Studies”, PMLA / Publications of Modern Language Association of America 112, n°1 (1997): 96. https://doi.org/10.2307/463056

[45]Margaret K. Willard-Traub, “Scholarly Autobiography: An Alternative Intellectual Practice”, Feminist Studies 33, n°1 (2007): 188-206; Franklin, Memoir, Cultural Theory, and the University Today, 15.

[46]Karl J. Weintraub, “Autobiography and Historical Consciousness”, Critical Inquiry 1, n°4 (1975): 821-848, https://doi.org/10.1086/447818 ; Carolyn Steedman, “History and Autobiography: Different Pasts”, en Past Tenses (Londres: Rivers Oram Press, 1992), 41-50; Lionel Gossman, “History as (Auto)Biography”, en Autobiography, Historiography, Rhetoric, eds. M. Donaldson-Evans et al. (Ámsterdam: Rodopi, 1994), 103-129; Kate Darian-Smith y Paula Hamilton, Memory and History in Twentieth Century Australia (Melbourne: Oxford University Press, 1994).

[47]Gayatri C. Spivak, “Explanation and Culture: Marginalia”, en In Other Worlds: Essays in Cultural Politics (Nueva York: Methuen, 1987), 105.

[48]Fredric Jameson, The Political Unconscious: Narrative as a Socially Symbolic Act (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1981), 106.

[49]Tzvetan Todorov, “The Origin of Genres”, New Literary History 8, n°1 (1976): 163. https://doi.org/10.2307/468619

[50]Popkin, History, Historians & Autobiography, 60.

[51]Popkin, History, Historians & Autobiography, 61.

[52]Patricia Meyer Spacks, Imagining a Self: Autobiography and Novel in Eighteenth-Century England (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1976), 310.

[53]Michael M. J. Fischer, “Autobiographical Voices (1,2,3) and Mosaic Memory”, en Autobiography and Postmodernism, eds. K. Ashley et al. (Amherst: University of Massachusetts Press, 1994), 125.

[54]Popkin, History, Historians & Autobiography, 85.

[55]Jill K. Conway, When Memory Speaks: Exploring the Art of Autobiography (Nueva York: Vintage Books, 1999), 4.

[56] Max Weber, “Politics as a Vocation” en From Max Weber: Essays in Sociology, eds. H. H. Gerth y C. Wright Mills (Nueva York: Oxford University Press, 1946), 78.

[57]Robert A. Rosenstone, The Man Who Swam into History (Austin: University of Texas Press, 2005), xi-xii.

[58]bell hooks, Teaching to Transgress: Education as the Practice of Freedom (Nueva York: Routledge, 1994), 70.

[59]Raymond Williams, “Culture is Ordinary”, en Resources of Hope: Culture, Democracy, Socialism (Nueva York: Verso, 1989), 3-18.

[60]Ernst A. Breisach, On the Future of History (Chicago: The University of Chicago Press, 2003); Jaume Aurell, La escritura de la memoria (Valencia: Universitat de València, 2005); Alun Munslow, Narrative and History (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2007).

[61]Michael Polanyi, Personal Knowledge: Towards a Post-Critical Philosophy (Chicago: The University of Chicago Press, 1958), vii. Véase también Michael Kammen, In the Past Lane: Historical Perspectives on American Culture (Oxford: Oxford University Press, 1997), 71.

[62]Sobre la literatura académica de ciencias de la ciencia relevante para este proyecto, véanse Michael Polanyi, Personal Knowledge (Chicago, The University of Chicago Press, 1958); Thomas S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions (Chicago, The University of Chicago Press, 1970); Karl R. Popper, Conjectures and Refutations (Londres: Routledge, 1965); Paul Feyerabend, Against Method (Nueva York: New Left Books, 1975); y Ludwik Fleck, Genesis and Development of a Scientific Fact (Chicago, The University of Chicago Press, 1979).

[63]Robert Coles, Erik H. Erikson: The Growth of His Work (Boston: Little, Brown and Company, 1970), 181.

[64]Kammen, In the Past Lane, xi.

[65]Sobre la tendencia presentista de los historiadores, véanse David Lowenthal, The Past is a Foreign Country (Cambridge: Cambridge University Press, 1985); John L. Gaddis, The Landscape of History (Oxford: Oxford University Press, 2002); Gordon S. Wood, The Purpose of the Past (Nueva York: Penguin, 2008).

[66]Conway, When Memory Speaks, 18.

[67]Kammen, In the Past Lane, 4. Esta cita aparece en el capítulo “Personal Identity and the Historian’s Vocation”, 3-74.

[68]He intentado expresar estas ideas, de modo autobiográfico, en Jaume Aurell, “Practicing Theory and Theorizing Practice”, Rethinking History 24, n.º 2 (2020): 229-251. https://doi.org/10.1080/13642529.2020.1810435

[69]Elisabeth W. Bruss, Autobiographical Acts: The Changing Situation of a Literary Genre (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1976), 2. Véase también Anne Firor Scott, Making the Invisible Woman Visible (Urbana: University of Illinois Press, 1984), 372.

[70]Todorov, “The Origin of Genres”, 161.

[71]William Boelhower, Autobiographical Transactions in Modernist America (Udine: Del Bianco Editore, 1992), 19.

[72]Fischer, “Autobiographical Voices”, 92.

[73] Si bien de formación filosófica, Croce, Collingwood y Voegelin trabajaron críticamente sobre la naturaleza de la operación histórica y sus autobiografías funcionan como reflexión sobre la práctica histórica.